• Sept. 13, 2010, 8:05 a.m.
Una vez más me declaro apasionada del fútbol, y es en nombre de esa hermosa pasión, que me hace vibrar cuando coreo vivas a mis amados Caciques del Diriangén, que me he atrevido a hablar sobre situaciones anómalas que muestran visos de corrupción en esta disciplina deportiva.

El 25 de julio, cuando ya los estadios de Sudáfrica estaban en receso, en nuestros humildes campos de juego arrancó la acción.  Una semana antes, todo indicaba que el Campeonato Nacional de Primera División iniciaría con normalidad y sin mayor variante que el debut del ascendido Managua FC, campeón de Segunda División.

Sin embargo, era demasiado bueno para ser cierto en un país donde la corrupción campea a diestra y siniestra, y en el que el fútbol ha sido manejado a merced de la voluntad de unos pocos, entre ellos el señor Florencio Leiva.

Precisamente a escasos días de que arrancara el torneo, el conjunto Vicente de la Cruz Padilla, VCP, de Chinandega, fue descendido y sustituido por los Diablos Rojos del América, en una transacción anómala, injusta y oscura, salida de la manga del prestidigitador Leiva, discípulo graduado con honores en la academia de lo turbio llamada Fenifut, dirigida por el “magno rector” Julio Rocha.

Por más que surgieron voces reclamando tamaña desfachatez, la decisión estaba tomada y no hubo marcha atrás. El torneo inició y los “Diablitos” de Florencio, que ni siquiera pudieron ganar el campeonato en Segunda División, salieron a las canchas, dizque a fajarse con los de Primera.

El circo ha sido divertido. Como era de esperarse, el onceno ha hecho el ridículo, ha sido goleado en reiteradas ocasiones y en el terreno ha dado muestras de cualquier cosa, menos de tener nociones de fútbol. Espectáculo deprimente en un país en el que este deporte está en pañales y al que este tipo de acciones perjudican sobremanera.

Más allá de la cancha, Rocha sigue haciendo de las suyas. Sin embargo, hace algunas semanas fue el protagonista de una escena digna de Replay. Apareció en público en una actividad gubernamental en la que el Presidente de la República, Daniel Ortega, lo sentó como chavalito de Kinder y le dio instrucciones precisas acerca de en qué tiene que invertir los recursos donados por un país asiático.

Era una imagen digna de ser congelada en un cuadro surrealista. Rocha trataba de explicarle a Ortega cuáles eran los pasos a seguir en el plan de construcción del que será, a saber en qué siglo, el Estadio Nacional de Fútbol, ubicado en los predios de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, sin embargo, no hubo pero que valiera para el omnipresente presidente, quien dijo vas a hacer esto, esto y esto.

Los argumentos huyeron de la boca de Rocha, quien adoptó la actitud sumisa típica de los funcionarios de Estado, asintió con la cabeza y aceptó las instrucciones del supremo jefe.

A muchos no llamó la atención ver a este señor doblegado y silente, porque su actitud de siempre es prepotente. Sin embargo, el episodio sólo sirvió para que nos demos cuenta que nada escapa al poderío del gobierno, también fue un indicio para avizorar que quizás el fin del reinado Rocha está cerca, porque si ya su territorio está siendo supervisado e invadido, es fácil advertir que el monarca no está contento.

Por si ascender equipos fraudulentamente y que el presidente de Fenifut aparezca como títere fuera poco, se ha incurrido en la barbaridad de usar influencias para proteger a ciertos equipos y, peor aún, a ciertos jugadores.

En el torneo anterior, en un encuentro entre Xilotepetl y Diriangén, en el Estadio Pedro Selva, de Jinotepe, los locales iban atrás en el marcador, y como parte de su frustración, fomentaron indisciplinas en la cancha al punto de llegar a la agresión y a la trifulca, situación que se extendió hasta las graderías, donde los asistentes se liaron a golpes, hubo insultos, pedradas y hasta disparos, en un ambiente caótico y vergonzoso.

Por ser fanática de Diriangén, no soy la más indicada para emitir juicios, sin embargo, puedo decir que el artífice de semejante desorden fue el señor Armando Cruz, un hondureño cuyo comportamiento ha dejado mucho que desear en el fútbol pinolero.

Como se le trató con paños de agua tibia, suspendiéndolo solo por dos juegos, supongo que pensó que su actitud pandilleril era totalmente normal, porque, como si nunca hubiese pasado nada, el miércoles recién pasado volvió a caer en indisciplina, esta vez en la cancha de Somoto, vistiendo la camiseta rojinegra (¿coincidencia o destino?, diría Derbez) del team capitalino Walter Ferreti.

Esta vez su falta de mesura no tuvo límites y llegó al grado de fracturarle la nariz al árbitro Omar Hernández.  Si bien no tenemos los mejores árbitros del mundo, eso no justifica que cualquier jugador que se siente ofendido por una decisión arbitral tiene derecho a atentar contra la integridad física de esa persona que antes de ser autoridad en la cancha es un ser humano que merece respeto y que tiene derecho a trabajar tranquilamente, sin necesidad de exponer su vida. El relajo fue increíble pero más increíble resulta la ridícula sanción que Fenifut impuso al jugador que mínimo merecía suspensión definitiva: tres meses sin jugar, cinco mil córdobas de multa y cubrir los gastos de atención médica de Omar Hernández, es el absurdo castigo que pudo dar la mega federación, que obviamente actuó en aras de favorecer al todopoderoso Walter Ferreti, bajo el mando de autoridades policiales de nuestro país.

Mi único interés en este asunto es expresarme como fanática y en realidad no busco perjudicar a nadie, sino hacerle ver  a esta gente que está en las altas esferas, que los seguidores del balompié no somos sonsos y que estamos pendientes de todas sus tretas. Qué lástima que el tráfico de influencia y la corrupción sigan primando sobre el único objetivo que debería tener Fenifut: desarrollar el fútbol y promoverlo como un gran deporte.

¡Ojalá algún día tomen conciencia del daño que le están haciendo al deporte!
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