• Sept. 13, 2010, 5:03 p.m.
¿Cuál es el verdadero “desfile patrio”? ¿El que hacen los estudiantes o ese pueblo que marcha sin ruido de tambores hacia Costa Rica o Tamaulipas, en busca de una patria ajena que le resuelva lo que los líderes de su país le niegan? ¿Qué es entonces la patria?

El político dice, en sus frases más trilladas: “trabajo por la patria”. O el diputado prefabricado en la penúltima legislatura: “acepté por amor a la patria”. Y también los magistrados de la Corte y el Presidente del Consejo Supremo Electoral, que confunden la patria con sus excesos.

Cuadros gimnásticos, palillonas, banderas desplegadas, todo el ceremonial litúrgico anual, y la romería hacia el santuario nacional: la Hacienda San Jacinto. ¿A eso se reduce la patria?

Bandas musicales y estudiantes que abandonaron el paso marcial y respetuoso por el de las comparsas de carnaval, nos sugieren que hemos entrado a la carnavalización de la patria.

El ritual de septiembre es sólo eso: un rito sin contenido, en una nación donde el 47% de la riqueza nacional lo disfruta el 10 por ciento de los que pertenecen al V.I.P. de nuestro país. ¿Y al 70% de la población de Nicaragua qué le queda? Apenas el 21%. Cirilo Otero lo dijo claramente: “la gente consume miseria”. Sí, con redoble de tambores, liras, vistosas coreografías y democracia de mentira.    

Y hay juramentación por parte del Presidente. Una juramentación que en la vida real se disuelve en una nación cuyos líderes-diputados-magistrados no piensan en azul y blanco, sino en rojinegro-rojo sin mancha, para gozar de sus cargos a todo color, a costa de un pueblo que apenas sobrevive en blanco y negro.

¿De qué valen esos discursos en septiembre cuando se mencionan a José Dolores Estrada y Andrés Castro, si al final a quien se imita, venera y sirve de modelo de comportamiento cotidiano el resto del año, desde finales del siglo pasado, es William Walker…?
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