• Sept. 23, 2010, 1:04 p.m.
Les decía a los comentaristas de uno de mis anteriores blogs, que de pronto me desanima leer entre ellos tantas diatribas desorientadas y discusiones más bien relacionadas con sus propias preocupaciones personales y no con las ideas que propone o hace sujeto de discusión un “blogero” desde el momento en que cuelga su texto.

Me hizo falta leer -les decía-, más opiniones interesantes sobre el presente y futuro del “blogerismo”, por ejemplo, que reacciones con lenguaje duro sobre cualquier tema derivado y superfluo, o bien absurdas reacciones intolerantes contra la intolerancia misma, haciendo valer aquí la redundancia.

Eso me desalienta porque refleja la falta de un debate necesario entre los llamados “nativos de la web”, aquellos que por pertenecer a las más recientes generaciones frecuentan con más propiedad y recurrencia los comentarios de blogs y se la pasan “posteando” día y noche desde sus casas y oficinas, o desde cualquier cibercafé del vecindario o cerca de la universidad.

Y todo se debe, creo yo, a que padecen el síndrome inevitablemente narcisista de los nuevos tiempos. Un síndrome que si bien implica la reducción de la violencia física como reacción natural, así como la desideologización e individualización de sus motivaciones, tiende también a proyectar una especie de humanización “cool”, una indiferencia social que prioriza las relaciones interpersonales vicarias (o virtuales) y suaviza sus reacciones ante los dramas del conflicto social.

Acabo de leer (otra vez sin desayunar, porque es final de quincena) EL NUEVO DIARIO, y me entero con rabia contenida que el tal Roberto Rivas, usurpando aviesamente el cargo de magistrado, y más aún, de presidente del Consejo Supremo Electoral, llamará olímpicamente a elecciones nacionales, sin observadores por supuesto; le duela a quien le duela.

Leo también que en el parlamento los diputados opositores siguen siendo el blanco asqueroso del “cañoneo” oficialista, y que, sin estar facultado, el diputado sandinista que preside la Asamblea Nacional ha hecho publicar en La Gaceta una nueva Constitución Política redactada a su antojo, mientras los leguleyos de Daniel Ortega mantienen secuestrada la Corte Suprema de Justicia.

Con razón el obispo Abelardo Mata ha dicho (en mi opinión pecando de generoso) que la llamada oposición es “precaria de pensamiento”, y que todo esto es culpa de ellos y del presidente minoritario de los nicaragüenses que por su capricho reeleccionista (y sus ambiciones de acumulación personal de poder y dinero, agregaría yo), nos está llevando al peor de los fracasos como nación. Aunque debería recordar el prelado que sería más bien éste el más abyecto de todos entre el cúmulo de fracasos y desvergüenzas que adornan nuestra historia patria.

Con razón también ha dicho un catedrático que los políticos nicaragüenses atraviesan por un periodo de vesanía o desesperación por el poder (como si no hubiese sido así siempre), y están más interesados en ese poder que en el mejor funcionamiento de  la democracia o la búsqueda de solución a los problemas que nos impiden el desarrollo.

Dice el catedrático que eso tiene que ver con un asunto psicótico relacionado con el trauma y la obsesión. Y es cierto, aunque solamente lo es en el caso de nuestra inmunda clase política. Porque entre las nuevas generaciones el llamado trauma histórico ya no hace ningún efecto.

Muchos de nuestros “nativos de la web” suelen “postear”, comentar o “blogear”, haciendo llamados a la rebelión ante el panorama asqueroso de nuestra política, pero lo hacen desde los nichos sagrados y cómodos donde conectan sus ordenadores. Y no reaccionan porque son ahora parte de una masa indiferente, relajada y conectada. Su violencia es de otra naturaleza, es una violencia narcisista.

Dirán algunos que la violencia revolucionaria es ya obsoleta e infuncional, y tienen toda la razón. Extrañamente, la violencia terrorista de hoy, por ejemplo, a pesar de su raíz ideológica, y debido quizás al fin de la bipolaridad mundial con el derrumbe soviético, paradójicamente ha podido hasta ahora incorporarse a la lógica de los nuevos tiempos.

Por otra parte, la violencia lumpen del narcotráfico y de las “maras”, apartada de cualquier proyecto histórico y derivada de la descomposición social en el proceso desigual del desarrollo capitalista, también ha resultado consecuente con el proceso narcisista de los nuevos tiempos. Y allí es donde se acomoda, aún más plenamente, la lógica de nuestros “blogeros” y comentaristas de la web.

Los llamados a la rebelión de nuestros “blogeros” ante las arbitrariedades de la clase política, no logran ser efectivos simplemente porque el poco sustento ideológico al que recurren es un licuado de conceptos y locuritas que han pasado por Google. De ahí que cada uno de ellos tenga su propia y personal receta, licuada en línea, para salir de nuestros problemas sociales.

La otrora violencia revolucionaria de nuestra pequeña burguesía ha dado paso a una violencia virtual de jóvenes desclasados que se dedican a construir diariamente en la web el proceso “cool” de sus propias personalidades. Y de eso no se escapan ni los viejos revolucionarios desencantados y “postmodernos” como Freddy Quezada, ni los jóvenes seudo-guerrilleros de la web como Emila Persola.

La suya es una violencia sin substancia, de contenidos reabsorbidos y licuados. Una violencia virtual y narcisista. No hay remedio.
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