• Sept. 23, 2010, 2:36 p.m.
Uno en Nicaragua tiene que hacer un esfuerzo supremo todas las mañanas para no deprimirse porque este es el país de la compra y venta de conciencias y eso ¿cómo no va a deprimir? Claro que ser valiente en un país pobre se las trae.

Esos diputados gorditos, que bien se les ve en la figura que les gustan sus traguitos de los sábados, sus nacatamales, su hamaca después de la goma, ¿cómo van a resistir que les ofrezcan dos millones de dólares, o cien mil siquiera, una tajadita con la que enderezar las paredes de sus casas, comprarse un carro, irse con la mujer a Europa…y todo por dar a cambio un voto, un voto al danielismo que les manda el jugoso premio, sin impuestos, limpio de pacho y basura, listo para que lo gocen?

¿Quién tiene más culpa? ¿El que ofrece o el que toma la oferta? Es como el problema de la prostitución. Para que se terminara, tendría que haber un acuerdo de dos: de quienes compran y quienes venden. Y en Nicaragua está difícil que el tal acuerdo se de porque todo ha sido fríamente calculado para que haya siempre compradores y vendedores.

Cuando hay un poder tan extendido y extenso y no se le ven las casitas al pueblo, muchos pensaran que no hay otro palo donde ahorcarse porque de todas maneras los que compran tienen la sartén por el mango y casi ya no hay sitio donde poner a salvo la dignidad.
De una u otra manera, el tentáculo del poder lo alcanza a uno.

Creo que por eso está lloviendo como llueve y el cielo está tan furioso. Alguien tiene que perder el sueño o la paciencia ante tanta circulación de la lisonja y la plata y la amenaza y el chantaje.

Es triste ver tan agarrado a un pueblo que ha sabido ser tan aguerrido.

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