• Oct. 1, 2010, 4:20 p.m.
Le dieron el premio al mejor nuevo artista del año en la ceremonia de entrega de los Music Video Awards 2010, hace unos días, y durante las siempre jocosas animaciones del evento, cada vez más llenas de humor negro, la famosa actriz lesbiana Ellen Degenere dijo que le parecía un fastidio eso de que Justin Bieber arme tantos alborotos con canciones que no hacen más que repetir: “baby, baby, baby…”

Según Degenere, por ahora sólo nos conforta la esperanza de que la perspectiva del joven cantante cambie muy pronto por completo, cuando llegue el día en que por primera vez pueda contemplar una vagina. Aunque ese día, para alivio de algunos y para desdicha de millones de jovencitas, se encuentra cada vez más cercano.

A propósito de edades, para quienes no lo saben Justin Bieber es una de esas exitosas fórmulas de los genios planetarios del diseño y promoción de imagen; un adolescente bonito que también canta bonito, quizás un poco más joven que los Jonas Brothers, epígonos en línea directa, junto al pequeño Justin, de aquellos ya pasados de moda New Kids on the Block, seguidos luego por los Backstreet Boys, tan imitados y reciclados en Latinoamérica, especialmente en México y Argentina.

El joven Justin es un experto alborotador de hormonas, y sus canciones y coreografías a mí me recuerdan mucho a Michael Jackson, especialmente porque, en realidad, son tonadas insulsas para niños en crecimiento. Nada que ver con la despampanante y estrafalaria Lady Gaga. La Gaga fue la más premiada de esa noche y de verdad me sorprendió cuando subió al escenario a recibir de manos de Cher (su viejo y quizás ya superado paradigma), por la humildad con que reconoció su admiración por ella, pero más por el hecho de que cantó a capela, demostrando ser la dueña de una voz extraordinaria, con la cual logró convencerme de que no es sólo imagen y escándalo la base de su éxito.

Lo mismo Justin Bieber, pues aunque apareció en escena huyendo de una manada desbocada de núbiles e histéricas fans, después de ejecutar sus recontraensayadas coreografías, tomó por asalto la batería y ejecutó un solo que a mí me hizo pensar en que quizás sea ese su verdadero talento, y no su cara bonita o su efímera voz de adolescente que sus promotores decidieron convertir en su gallina de los huevos de oro.

Pero ¿a que no saben ustedes dónde tuve el privilegio de ver la ceremonia de los MVA, yo que apenas logro desayunar con EL NUEVO DIARIO los días finales de quincena y no puedo pagar cable ni Internet? Se equivocan si piensan que fue en el canal 2. Menos, por supuesto, en el 10. Fue en el canal 8, el mismo que el presidente Daniel Ortega ha regalado a sus hijos para que jueguen y se diviertan poniendo al día con la programación más “cool” a tantos jóvenes palmados que no gozan de sus privilegios en la Nicaragua cristiana y solidaria. Porque para los jóvenes comunes y corrientes de este país, que no pertenecen a las familias tradicionalmente millonarias, ni a las familias de nuevos ricos liberales y sandinistas, ni son hijos de diputados, magistrados o contralores corruptos, procaces y maledicentes que siguen mamando de nuestra teta; no hay más opciones en la tele que los canales controlados por el orteguismo y sus comparsas.

Ya deben saber ustedes que esos canales son el 4, el 8, el 10 y el 12; aunque no se escapan del chantaje los auto-silenciados por temor a la inestabilidad en el flujo de utilidades, como el canal 2. Pero al menos desde ahí, desde esas pocas ventanas al mundo que como sobras del almuerzo nos dejan los poderosos de este país, y desde los miles de cibercafés que desde finales del pasado siglo proliferan en nuestros países, especialmente en los más pobres, donde no todo el mundo puede tener PC en su casa; podemos disfrutar los palmados de esta nueva era globalizada y su música de moda, su información permanente las veinticuatro horas del día y sus dinámicos animadores televisivos.

El control corrupto de Ortega sobre nuestras instituciones y sus aspiraciones de eterna permanencia en el poder, a pesar de su retórica populista, solidaria y cristiana, paradójicamente se sustenta en la hipnosis masiva que la era del vacío ejerce sobre las nuevas generaciones. Con su “cool” programación, el nuevo canal 8 de Daniel Junior y Juan Carlitos Ortega, se suma desde nuestra pobreza a la nueva estrategia global que ha desbancado la primacía de las relaciones humanas y productivas en beneficio de la apoteosis narcisista y la seducción permanente.

La familia Ortega al parecer ya es experta en el manejo del espectáculo como ejercicio eficaz de su poder. Hablan de socialismo y solidaridad, pero promueven el show mediático y las falsas representaciones como estrategia para extender la esfera de su dominación en medio de la desposesión de que todos somos víctimas.

Con sus enormes rótulos callejeros, sus viñetas bien realizadas y los programas extranjeros en sus canales, la familia en el poder seduce y abusa en medio de un juego de apariencias. Tributaria deforme de los viejos tiempos revolucionarios, la nueva estrategia del nepotismo orteguista pretende prorrogar para siempre su trama seductora, su impostura de satisfacción de las necesidades sociales, la mitificación de su caudillo y la alienación de nuestras conciencias. Pero todo ese despliegue seductor que promueve la familia gobernante revelará muy pronto sus límites, y seguramente llegará a su fin. Exactamente como Justin Bieber, que como producto genial de los diseñadores de imagen terminará por morir algún día. Tal vez el día en que, como dice Degenere, pueda contemplar estupefacto una vagina.
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