• Feb. 29, 2008, 9:58 a.m.


Para mí la música es un producto comercial, al igual que lo es cualquier obra de arte. Si no se vende, no tiene éxito ni sentido de ser.

Y por eso es un producto tan diverso que satisface todos los gustos, desde los muy clásicos hasta los punkeros, pasando por los amantes de las “charranga-changa” y tantos géneros que no podría mencionar.

Sin embargo, mucha gente piensa que acudiendo al concierto de fulanito o perencejo se reivindican como de izquierda, o simplemente se sienten rebeldes al sistema o quizá cobijados por una bandera política, aunque el discurso manejado sea alejado de su propia realidad. Cada quien tiene su propia versión.

Hará unos pocos años, Mercedes Sosa, la artista que nos acaba de visitar una vez más para llenar el Teatro Nacional Rubén Darío, con cientos de fieles admiradores de su música, aclaró que no es de izquierda y nunca lo ha sido. Su voz la ha llevado a escenarios de lujo, de manera que su producto comercial llega sólo a quienes pueden pagar por su butaca en el recinto donde se presenta.

Podrá cantar muchísimas veces esas canciones que retumban en las ya desaparecidas asonadas --¿alguna vez hubo asonadas en Nicaragua?--, o en las juergas universitarias, de las cuales nunca participé, pero concierto gratis no habrá de parte de doña Mercedes, porque evidentemente ella debe mantener su estilo de vida, aunque su público sea “izquierdo”.

Y a propósito de la visita del veterano cantante cubano Silvio Rodríguez, cuyo “Unicornio Azul” tiene tantas interpretaciones como noches bohemias de sus fans, sencillamente me pareció una tremenda contradicción que se presente en la sede de un casino ¡Por Dios, qué más lugar de culto al capitalismo que un casino! para un hombre que cantó en los 80 que se había partido en Nicaragua una soga con sebo con que el “águila” daba en el cuello al obrero.

La verdad es que en cuestión de gustos no hay nada escrito. Para ser sincera yo no busco mensajes en la música, si me suena agradable al oído me basta y me sobra, por tanto no me gusta el tal Reggaetón, porque hasta me parece insultante para el género femenino.

Aún así creo que es más que ilógico buscar la respuesta a mis inquietudes existencialistas o políticas en un producto comercial. Como preguntar a “Calle 13” qué quiso decir en su “Tango del Pecado”, con su “súbele el volumen a la música satánica”, un estribillo que raramente no encontró quién lo tradujera como un mensaje de los adoradores de Satanás, lo que sí ocurrió con el “Aserejé” o con las canciones de Gloria Trevi.

En fin, no creo que Silvio Rodríguez o Ricardo Arjona, o cualquier otro cantante venga a cambiar el mundo. Los tomo como lo que son, artistas con cierta propuesta musical y que deben sobrevivir de lo que hacen, como cualquier otra persona en el mundo, aunque su canto al unicornio azul embelese a muchos.

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