• Oct. 10, 2010, 3:57 p.m.
Me cuentan que Mario Vargas Llosa en realidad no estaba en la lista de favoritos para ganar el Premio Nobel de Literatura este año. Un amigo que se ha interesado particularmente en el cabildeo por conseguir el Nobel para Ernesto Cardenal, me ha dicho que entre los nombres más mencionados, previo al anuncio, sonaba especialmente el del argentino Ernesto Sábato, que cuenta con noventa años y posiblemente ha “visto” pasar de lejos su última oportunidad, si es que acaso eso le importe.

Pongo “visto” entre comillas porque, como se sabe, Sábato está casi ciego, aunque siempre admirablemente lúcido. Se decía el año pasado y el antepasado que, debido a la edad avanzada de algunos candidatos, el Nobel del 2010 le tocaría a Sábato, a Cardenal o al español Miguel Delibes, fallecido recientemente a la edad de ochenta años. Eso en el caso, en efecto entonces muy probable, de que cayera en Latinoamérica, adonde no venía desde 1990, cuando con él se honró a Octavio Paz.

Muy pocos –al parecer ni siquiera él mismo- esperaban que el escogido fuera ahora Vargas Llosa, quien junto al mexicano Carlos Fuentes ha hecho méritos suficientes para obtenerlo, pues ambos, además de excelentes y prolíficos novelistas, son también diestros y también prolíficos ensayistas, articulistas, hombres de palabra viva y de pensamiento vivo, dinámico, siempre en debate -en contradicción o en contrapunto- con los intrincados e ingentes dilemas de nuestro tiempo.

Confieso que alguna vez me irritaron algunos planteamientos políticos de Vargas Llosa. Solía yo reconocer la diferencia entre él y Fuentes cuando comparaba sus respectivas posiciones acerca del proceso político, sangriento y vertiginoso que se vivió en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista en los años ochenta; mientras Vargas Llosa lo criticaba, Fuentes tímidamente lo respaldaba.

Finalmente, la obcecada realidad demostró que el primero tenía más razón, lo cual me ha llevado además a reconocer que el peruano también ha sido crítico respecto a las políticas norteamericanas hacia América Latina, a las que con razón ha culpado de muchos desbarajustes en nuestra región. Aunque, para ser franco, debo decir que extrañé mucho su voz crítica mientras duró el guerrerismo histérico de la era Bush.

Pienso que Vargas Llosa es un hombre políticamente comprometido con la democracia liberal, en mi opinión el único tránsito hacia nuevas formas de gobierno o administración política, y en opinión de él la única forma de alcanzar, no sin duras pruebas y largos procesos, el desarrollo económico y el bienestar social. Coincido con él en que no hay otra forma de llegar al momento en que, en cualquier sociedad, las mayorías puedan construir un modelo de gobierno que responda a ellas y al mismo tiempo sea relativamente justa con todos.

Repuesto de la sorpresa que le causó el telefonazo desde Estocolmo, en plena madrugada, durante su primera conferencia de prensa en Nueva York, Vargas Llosa reiteró el propósito cotidiano de su ferviente trabajo intelectual: la literatura como una forma de placer y como herramienta de libertad. La lectura –me parece que dijo-, no sólo es una forma fría de acopio de información, ideas y conceptos, sino también fuente de gozo, ejercicio para nuestra inteligencia y forjadora de conciencia crítica.

Pero habló también de dos cosas para mí muy ingentes e importantes: el futuro de la lectura en la era tecnológica y el futuro de América Latina en un mundo unipolar, aunque culturalmente diverso y plural, que para remate se encuentra permanentemente conectado y simultáneamente informado. Coincido con él en la esperanza de que la nueva era tecnológica no implique sumergir al libro en la atmósfera amenazante del vacío y la banalidad. Y como él también confío en que tanto las izquierdas como las derechas de Latinoamérica continúen respetando la democracia.

En Nicaragua eso parece cada día más difícil. Un amigo que conversó con el peruano durante su última visita al país, me dijo que le escribió por e-mail, pidiéndole que nos visitara ahora, con Daniel Ortega en el gobierno, como una forma de respaldo moral a quienes nos oponemos a la ejecución sistemática de un plan que persigue despojarnos por completo de nuestros derechos políticos. Pero el escritor estaba ocupado entonces con el estreno de una obra suya en España, y respondió que sería mejor en otro momento. Ojalá que ahora, cuando le han otorgado el Premio Nobel, se acuerde en algún momento de la invitación y venga a darse una vuelta por aquí. Si la última vez que vino le sorprendió ver a Ortega comulgando y haciendo migas con el cardenal Obando Bravo, ahora quedará pasmado ante su desgobierno y sus contradicciones.

Ortega acusa de mezquinos y oligarcas a quienes políticamente se le oponen, mientras sus hijos se convierten de la noche a la mañana en “oligarquía mediática”, y tanto su familia como las de su cúpula partidaria se instauran como la más voraz de las burguesías emergentes que ha conocido Nicaragua en los últimos tiempos.

Se sorprenderá Vargas Llosa cuando conozca la nueva receta orteguista. Mientras llama a los jóvenes a “ser como el Ché”, desde el Canal 8 y el Canal 4 sus hijos saturan nuestras conciencias con lo más eufórico, sórdido y seductor de la gran sociedad de consumo. Y para el mar de miserables que con las correntadas del invierno han quedado sin casas y ni siquiera tienen TV: arroz con arvejas.

El llamado de Vargas Llosa a promover la literatura y su esperanza de que sobreviva en esta era tecnológica, tienen que ver, más de lo que muchos piensan, con la necesidad de promover una dialéctica democrática que deje sin espacios a las formas jerárquicas o autoritarias de gobierno, típicamente reflejadas en el plan de monopolio institucional emprendido por Ortega desde que llegó a la presidencia con el 38 % de los votos. Así como la democracia, según Vargas Llosa, emancipa a la sociedad del autoritarismo, así creo yo que el arte y la literatura son el mejor fundamento para la función autónoma del individuo libre.
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