• Oct. 14, 2010, 6:10 p.m.
Fueron las imágenes del éxito pleno, no el de la frívola Hollywood ni mucho menos el anuncio de bodas de alguna infanta europea con un tenaz paparazzi: Chile recordó al mundo que cuando la humanidad se nutre de la fe en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob,  es que decidió hacer lo mejor. Y sus resultados están ahí: 33 chilenos de regreso a la vida.  

A través de la televisión, la gente vio cómo uno por uno, los 33 mineros retornaron a la superficie para jamás volver a ser los mismos y creo que también, el mundo,  bien pudiera ser otro, pero para eso, hay que aceptar la lección práctica de todo esto:  la fe no sólo mueve sino  también perfora montañas.  

Se pudo ver cómo el Presidente Piñera movilizó a su gobierno y al país entero, en función del rescate, sin pensar en la posición política de los enterrados vivos. Y, hasta el último momento, sólo ondeó la bandera de Chile, desplegada como las plegarias de parientes y desconocidos,  y si alguna banda sonora hubo para esta película de verdad, la misma fue el Himno Nacional.  

Movilizar a una nación por la vida habla mucho de lo que los chilenos han alcanzado: ellos nos dicen, desde el primero que salió, Florencio Avalos, hasta Piñera, que en el Siglo XXI ya no cabe seguir comportándonos como en el siglo pasado.  En medio de la euforia, ver doblar rodillas y algunos hasta con Nuevo Testamentos de bolsillo, los mineros enseñaron algo esencial: ser agradecidos.

La operación San Lorenzo,  puede decirse, es la vitrina donde se asomó el globo, para comprobar las enormes victorias alcanzadas por un país en materia de democracia. Son los mejores efectos de un país tan serio que prohibió  la reelección y ha puesto candados seguros  y rigurosos controles para que nadie se lleve el poder a su casa. Dirán ¿y qué tiene que ver esto con la política? Desarrollo. Solvencia de una política exterior a todas las bandas. El reconocimiento mundial de que los chilenos lo han hecho bien y que era el momento de ayudarles.  

No vimos una guerra en vivo y a todo dolor. Nada de bombas y morteros cruzando los cielos de Bagdad. Tampoco se trataba de ver en tiempo real, el atroz ataque a las Torres Gemelas. No, la noticia que mantuvo expectante al planeta por primera vez no fueron las mortandades colectivas, los asesinatos masivos, las muertes por equivocación y la devastación de barrios pobres,  narrados cínicamente como “daños colaterales”.  

Fue un triunfo de la humanidad, pero con más precisión, de la fe, porque no basta poseer las tecnologías de punta para portarse bien, pues ahí están las “bombas inteligentes”, poderosos artefactos que enorgullecerán sin duda a sus ingenieros militares, pero no a los consumidores fatales de estos infames productos de la ciencia. La arrogancia concluirá: el hombre lo puede hacer solo. Claro, por eso se seguirán las transmisiones en horarios estelares de hambrunas, inundaciones y sobre todo, la obra cumbre del género humano: hacer la guerra para financiar la opulenta paz de unos cuantos.

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