• Nov. 1, 2010, 7:26 a.m.
¿Se han fijado ya que las corporaciones de la industria licorera y sus genios publicistas han adelantado las celebraciones de fin de año? Terminado el éxtasis carnavalesco de agosto y la exultación patriotera de septiembre con sus atavismos cuadrúpedos y estamentarios, los jóvenes de nuestra clase media se aburren e inventan celebrar por adelantado las fiestas de diciembre… Y el consumo sigue.

Los anuncios y promociones que nos invitan a “las hípicas” de tantas ciudades y municipios sólo me recuerdan cuánto se ha prolongado el interminable presente de nuestro coloniaje, cuando los señores iban a caballo restallando fustas y sonando espuelas, y los siervos de la gleba iban a pie. Aunque ahora van bebiendo Toña o Flor de caña y comiendo fritanga en sus típicos envoltorios de chagüitón.

De pronto, entre el jolgorio refrescante, pletórico de Victorias Frost cubiertas de escarcha, mientras todos inician en coro el conteo regresivo de los últimos segundos del año “moribundo”, uno de los jóvenes del anuncio detiene su euforia y reflexiona: “hey, si todavía no estamos en diciembre…” Pero el par de ocurrentes niñas que organizaron la fiesta lo ven como a un tonto y le responden: “ah, es que estamos practicando”.

Definitivamente, los publicistas de nuestra industria licorera son unos genios. Lo digo en serio. Porque ese spot publicitario no es tan ingenuo como parece, ni carente de sentido como algunos pueden creer. Quienes lo hicieron saben bien que cuando más poder tiene la publicidad es cuando menos cosas sustanciales tiene por decir; cuanto más apela a la subjetividad, sobre todo juvenil, más anónimo y vacío es su efecto.

Nadie, excepto el creador del spot, está en el fondo interesado por el contenido de lo que se celebra. Y en eso precisamente radica el espíritu narcisista de estos tiempos: en la celebración y la expresión gratuitas, en la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, en la indiferencia por los contenidos o en todo caso en la reabsorción lúdica de su sentido; en fin: en el emisor convertido en principal receptor.

Pero hay otros anuncios peores. Son aquellos que apelan a lo supuestamente nacional, los que dicen que Nicaragua es la patria que amamos, y en ese amor se difuminan nuestras diferencias. En fin, si todos la amamos por igual, qué importa que unos sean corruptos y la expolien, o vivan eternamente mamando de su teta, y otros simplemente se conformen con las migajas, o protesten y critiquen inútilmente a los amantísimos patriotas que tienen más poder pero que, igual que todos, sienten “orgullo de ser nicas”.

El spot de jóvenes caballistas seduciendo con aires de vaqueros a bellas jovencitas que sonríen ocultando sus ojos tras una lata de Toña, viene a ser más bien una especie de sello con el que ciertas castas de Nicaragua imprimen los símbolos de su superioridad sobre quienes los contemplan: jóvenes de clases menos afortunadas que aspiran a trepar más escaños en nuestra empinadísima escala social.

Pero el spot del gordo y la flaca, del chaparro y su gigantona, del chele y la morenaza; ese sí se voló la cerca. Ahí se transparenta con nitidez el arraigo nacionalista de quienes crean y emiten el mensaje, que por ese sello de supuesta superioridad termina por volverse auto-paródico, es decir, se convierte en la parodia de una sociedad orgullosa hasta de sus defectos: “¡Qué orgullo el de vivir en un país de gente tan rascuache!”.

Gracias a tan creativo mensaje nos damos cuenta que el pueblo, las clases medias y bajas; el populacho y el medio-pelaje también son parte integral de la nación y también tienen su vida nocturna. Son vivarachos, elocuentes, confianzudos, amistosos y serviciales. Y seguramente toman ron Plata.

Pero la mayoría de jóvenes “maduros” de hoy son gente que, con mucha dificultad y adaptándose a la corrupción de nuestro medio, trata de salir del desempleo: unos ideando y construyendo sus pequeñas empresas y otros trabajando como empleados para los grandes grupos corporativos.

Y podemos verlos por ahí, aparentemente felices, estacionando sus modestos automóviles aún no cancelados frente a los bares con karaoke, en el esplendor nocturno de la zona rosa, pagando con sus tarjetas de crédito y confirmando la certeza de los sesudos estudios de mercado previstos por la industria del consumo.

Y pueden ganarse una moto y veinte mil córdobas diarios si envían la palabra clave desde sus teléfonos celulares y están atentos al canal diez, o al ocho o al cuatro. Después el resultado es evidente en los noticieros rojos de esos mismos canales: en el mejor de los casos politraumatismos y quemaduras por fricción con el pavimento, o fracturas expuestas en alguno de sus miembros; y en el peor caso la muerte instantánea por trauma cráneo-encefálico severo.

No se puede negar, sin embargo, que somos productores de uno de los mejores rones del mundo, y que sus propietarios cuentan con los mejores teams publicitarios de Centroamérica. Su misión principal, últimamente, es fomentar los resplandores de lo que ellos consideran la esencia o el núcleo mismo de nuestra nacionalidad, en el que por supuesto, gracias a una larga y respetable tradición, se encuentran también sus productos.

No por gusto constituyen el tema central de sus bien realizados spots, que a fin de cuentas son el resultado inevitable de una moral muy bien adaptada a nuestros tiempos y absolutamente preocupada por el vacío de la apariencia: la sociedad como escaparate y como pedestal; frenesí por exhibir lo poco que se tiene… Y los bares y los bancos armonizando sus voces en este coro único.

Pero eso es lo de menos. Lo principal es cumplir con los ritos reverenciales del consumo por el consumo, fundamento de nuestra democracia, y soñar. Mientras saboreamos una Frost podemos confiar en el mantenimiento del status quo y en el seguro e inevitable enriquecimiento personal que nos espera; haciendo caso omiso a las precarias y necias voces de oposición.

En fin, amigos míos, las nuevas tendencias de la publicidad nos recuerdan que somos un pueblo condenado por una corrupción supuestamente intrínseca, asumida desde la colonia, según el economista “en capilla”, Oscar René Vargas, o desde antes, según los sapientes intérpretes del Güegüense.

Y así, condenados y todo, nuestros jóvenes tienen la posibilidad de expresarse y celebrar, no importa cuál sea la naturaleza o el sentido de su celebración. A partir de una adecuada amplificación publicitaria, ellos asumen el derecho y el placer de expresarse, desde Facebook o en sus fiestas, por nada y para nada; simplemente para sí mismos, sin otro objetivo que el mero hecho de expresarse y ser observados por un micro-público.

Como diría Lipovetsky: convivencia narcisista, desubstancialización postmoderna, lógica del vacío.
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