• Nov. 12, 2010, 7:59 p.m.
Un suicida sobrevive a los días domingo, pasando de la risa al enfado, de la risa al llanto, de la risa al olvido y de la risa a sentimientos encontrados. Un suicida suspira y corre mirando siempre atrás, tiene 27 años y usa cuadernos infantiles con portadas de La Era del Hielo 3.

Un suicida abandona sus rutinas en la cama y se justifica ante el techo: “estoy con gripe”. Un suicida cultiva pasiones y cosecha tristezas infranqueables, mintiéndose todo el tiempo a sí mismo, mientras pierde las ganas de recuperar su licencia de conducir, de dar su voto y de aceptar una tarjeta azul de crédito platino.

Un suicida tiene un gato al que cambia todo el tiempo el nombre, porque sabe que los gatos no responden ante ellos… “hoy te llamarás Nova”.  Un suicida construye muros de incongruencia en su intestino y dialoga con las bromazepam, con el tilo, las tafil y las estaciones de la luna.

Un suicida muere mucho tiempo antes de tomar una decisión precisa y acertada; conoce sus abismos y se entretiene todo el tiempo entre la duda, las ganas y la precariedad del presente.

En fin, un suicida come con la certeza de estar lleno, en un alma vacía; nunca esconde su ironía, ama una sola vez en la vida y atesora su futuro en una mano.
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