• Nov. 20, 2010, 4:39 p.m.
El próximo miércoles a las 8:00 a.m. estaré ingresando a un quirófano para someterme a mi segunda operación de rodilla (cóndilo interior derecho) para extirpar un tumor de nombre condroblastoma y seguir entonces adelante con mi vida.

Arribaré unas horas antes y me someteré a una serie de exámenes de biometría hermética, creatinina, tiempo de coagulación, protobina, glucosa e inmunohemología – vaya universo el que tenemos por dentro y yo aún de idiota orgullosamente impío.

Una enfermera llegará a mi cuarto y dirá sonriente buenos días sin mirarme a los ojos. Nunca mirán a los ojos, sólo al cuerpo y parsimoniosamente te extienden esa bata que te hace sentir indefenso. El doctor arribará luego y con buen semblante me estrechará su mano suave y me quedaré viendo a sus pies, conmovido por la pulcritud y brillo de sus Dockers negros.

Se sentará a mi lado, me hará una broma sencilla de contexto y volveremos a llenar la ficha médica.

–Emila, ¿tienes 31 verdad?

–Aún 30, doctor.

–¿Fecha de nacimiento?

–Veintiséis nueve del ochenta.

–¿Estado civil? – Y pensaré en Rosario antes de decir soltero.

–¿Tabaquismo?

–Sólo cuando estoy solo, doctor, solo cuando tengo miedo, frío, he culminado algo importante, tengo dudas o certezas: 20 al día, doctor.

–¿Tanto?

–Son ansiedades, doctor. El mundo a veces parece sólo luchar contra sus propios fantasmas.

–¿Antecedentes familiares de diabetes en la familia?

–Mi abuela materna murió de eso y tengo tres tías que también la padecen.

–¿Hipertensión cardiaca?

–Mi abuelo paterno murió de eso, doctor, y papá también es delicado.

–¿Herencias alérgicas?

–Mi madre alguna veces, cuando la traicionan los lácteos y mariscos.

–¿Enfermedades depresivas?

–Somos descendiente de un ángel caído, doctor, no tenemos culpa se estar abatidos por las penas, además, no crea, la publicidad y los antiansiolíticos nos ayudan a sobrellevar nuestro silencio. Yo algunas veces me quedo en cama contemplando a los huecos del techo, doctor, pero no es algo grave.

–¿Algún consumo de droga?

–Sólo cuando me siento excesivamente sobrio, doctor. Nosotros los humanos no podemos vivir solo de pan – y le extiendo mi sonrisa de culpas.

Habrá alguien más adelante, cuando esté yo ya en camilla moviéndome detrás de esa puerta última donde mamá me hizo su imposición de manos, y entre varias rostros que nunca más recordaré, uno de ellos se me acercará al oído con una dulce voz.

–Disculpe, Emila, soy la anestesióloga, en este momento vamos a entrar a la sala de cirugía y es importante, que me diga que tipo de droga consume usted para yo poder intervenir con la anestesia correcta.

–Soy adicto al amor, doctora. Tengo casi un año de andar a Rosario entre mis venas.

A los pocos minutos, un pinchazo en el brazo, me hará entrar en una profunda calma, entonces la doctora volverá al oído y me dirá:

–Emila, todo bien, ahora vamos suavemente a mover su dorso hacia un ladito con la ayuda suya...vamos. Así es, perfecto, ahí…–Y otro pinchazo entrará por mi raquídea, uno sólo, ese mismo que me devolverá por un camino freso y ondulado de cipreses hacia esa montaña inhóspita donde podré con serenidad contemplar a Rosario ante la creación del mundo, y de donde nunca-nunca- nunca quiera regresar.
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