• Mar. 13, 2008, 1:31 p.m.

Conozco dos situaciones extremas de personas que viven de la basura: Por un lado, los que empezaron en el negocio de recolección, selección, limpieza y acopio de materiales reciclables hace años, que no se dejaron absorber por el vicio y trabajaron hombro a hombro con sus parientes y hoy tienen una suerte de empresas familiares pujantes. Gozan de varias residencias cómodas, vehículos, bodegas, personal a cargo, y pueden alejarse de la suciedad sin desdeñar de haber estado en ella alguna vez.

Por otro lado veo los conocidos “churequeros”. Generalmente, sumergidos en cualquier adicción, curtidos por mil y un soles, con mugre confundiéndose entre las numerosas lesiones de su piel. Armados con un rastrillo, disputan los pedazos de materiales reciclables con los zopilotes que revolotean las montañas de basura.

¿Qué hay en medio de ambos? No quiero pensar que unos quisieron progresar y los otros no. O que unos son más inteligentes que otros o que quizá tuvieron la buena idea de no permitir que la basura los tragase. Algo más debe haber y debe estar vinculado al pujante mercado mundial de los desperdicios reciclables.

Sin bola de vidrio
Por eso creo que el conflicto del basurero “La Chureca”, que tiene “ahogada” a Managua con miles de toneladas de basura sin recolectar era previsible, sin necesidad de tener una bola de vidrio al alcance.

Los “churequeros” exigen para sí todos los desperdicios, olvidando que aunque sea su modus vivendi, están en terrenos municipales y si un día desaparece el botadero de Managua y se traslada a otro sitio, ellos deberán mudarse de vecindario, tras las huellas de los desperdicios.

Los trabajadores de la recolección no rendirán su rey y los acopiadores simplemente se sientan a esperar el producto que les llegará tarde o temprano, porque el plástico, el vidrio, el metal, el papel y otros materiales no se degradan por unas semanas que pasen bajo el sol.

La basura cada día tiene un valor más alto. En sí ya es indigno llamarla “basura”, y lo menos que se puede esperar es que los trabajadores de la Alcaldía de Managua desperdiciaran tal “bocado”.

A lo largo de mi vida como periodista y mucho antes he escuchado 500 mil propuestas sobre el final de “La Chureca”, pero hasta hoy este botadero municpal sigue existiendo bajo sus propias leyes, con apenas una “aguja” de la Alcaldía que regula el paso de los camiones.

No se aprovecha como fuente de biogás, ni las autoridades prohíben la presencia de seres humanos que han creado un submundo en medio de la basura y que nunca deberían haber llegado, pero llegaron y existen y entonces para su justificación están los teóricos que achacan su razón de ser al capitalismo salvaje, la pobreza y más.

En los linderos de “La Chureca” hay varios ong que trabajan con la gente y mantienen proyectos, comedores infantiles, escuelas y becan a los muchachos que quieren salir de la basura para convertirse en personas con un oficio  y trabajo digno, aunque el dinero que se obtiene de los materiales reciclables sea muy deseable.

En sí vivir de los desperdicios no tiene nada de malo. El problema es que las autoridades, a la luz del populismo, han permitido que “La Chureca” crezca como un monstruo con su propia personalidad y sus propias leyes, cuando hubiese sido sencillo normar el uso y explotación de la basura desde el comienzo.

Nadie es dueño de la basura, pero si la municipalidad se encarga de su recolección, entonces tiene primacía al momento de disponer su destino. Compartir con los “churequeros” es un acto que podría y debería ser normado, por humanismo y por un orden necesario, antes que los managuas nos ahoguemos en nuestros propios desperdicios.
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