• Nov. 26, 2010, 6:07 p.m.
Por el derecho a caminar tranquilas.
A las Hermanas Mirabal.

La sexóloga me había advertido que yo no era ninguna ninfómana. Que todavía se usaba ese termino entre la medicina tradicional pero que ya los sexólogos modernos lo consideraban peyorativo tras concluir que no existía un parámetro consensuado que determinara Cuánto es mucho o demasiado… en función de Qué o de Quién.

Toda la literatura médica aplicable hasta ahora había surgido meramente desde visiones éticas y morales, con una intención de restricción a los placeres femeninos que habían controlado por milenios. Sin embargo, no existía aún un verdadero garante que determinara Dónde empezaba tal enfermedad ni tampoco la relación de lo que estableciera la necesidad de un individuo.

Coger es coger, y quién no aguante, que busque un sustituto o brinde la bendición de buscar a otra criatura. Y eso es lo que he hecho desde ahora. Soy una mujer insaciable y siento placer en cada roce, en cada frase o movimiento ajeno al mío. Cada contacto orgánico, e inclusive inorgánico, tiene la posibilidad de agitar mis hormonas hacia esa necesidad de placer, que bien, aunque sea calculado, debe inevitablemente ser asumidos con sus riesgos.

Así llegué a cirugía en miércoles para remover una manifestación en alguna parte de mi ser. Erasmo, mi enfermero, me atendió de maravilla. Era excesivamente servicial (pago mis impuesto para ello) y todos los objetos que intercambiaron de mí, llevaron su tono profesional y placentero.

Tenía dolor en esa parte, pero nunca pude enfocarlo ni obviar el tacto de sus manos mientras tocaba mis brazos, me ponía las sondas, medía mi presión, me interrogaba con mesura, rasuraba mis partes y acomodaba mis piernas.

“En 10 minutos, vendrá a buscarla la anestesióloga”, me dijo con la dulce voz de un hombre que no le desea mal a nadie, pero yo, inevitablemente me prendí. El traspaso a la camilla 16 (pude ver a un costado) fue eficiente. Luego pude ver a mi hermana y sentir su mano con la mía, mi madre dándome la bendición y el rostro de mi esposo animándome y recordándome cuánto me amaba.

Más yo aún sentía el tacto de Erasmo afeitándome con ternura, y algo por dentro que venía, y me decía: Otra vez, ¡no! Nuevamente ese cosquilleo insoportable que sube como ola cálida desde mis pies a mi entrepierna… ¡No!, por favor, no. Esta vez no el mar... pero sin poder controlarme, una lágrima espesa y lenta salió de alguna parte de mí con el silencio empozado de un túnel que me lleeeeeva! Y aún lloro.
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