• Nov. 30, 2010, 1:32 p.m.
De pronto, y sin una explicación hasta ahora lo suficientemente lógica, medio Nicaragua estuvo el pasado lunes -según El Nuevo Diario- pendiente durante más de cien minutos de los televisores, contemplando exaltados un partido al parecer esperadísimo.

Miles de jóvenes nicaragüenses “hicieron propio” el clásico español de fútbol entre los equipos Real Madrid y Barcelona. El entusiasmo fue tal que –según la nota del periódico- los aficionados salieron muy temprano desde los barrios más distantes de Managua para abarrotar los bares, donde algunos llegaron a pagar hasta setecientos córdobas por mesa.

“Bares, discos, universidades, restaurantes y centros comerciales se vieron abarrotados -afirma el diario- por la afluencia de los seguidores de ambos equipos, quienes no dudaron en pagar los precios de las entradas”.

Sin duda es un fenómeno interesante y para mi casi increíble. Aunque con él no pueda más que constatar la contradictoria y cambiante docilidad con que los nicaragüenses de hoy accedemos al engaño, a la falsa representación y a la seducción de las nuevas formas de la publicidad, que como lo saben y repiten los más reputados sociólogos y comunicadores, hace rato que lo ha absorbido todo; incluso la dinámica política.

Animados por un exultante y desmedido nacionalismo y luego de ver multiplicadas entre nosotros -casi como un acto mágico de psicosis colectiva- las manifestaciones exaltadas de un chauvinismo ciego y alienante por el río San Juan; pasamos de pronto al fanatismo deportivo más ridículo y anti-nacional que se haya visto en décadas.

Del políticamente conveniente odio a los tiquillos, pasamos a ser testigos del odio entre dos tipos de nicaragüenses: los que alegres celebran el triunfo del Barsa mojando con cerveza sus sagradas camisetas rojo-azules, y los que contrariados y tristes enjugan sus lágrimas en el blanco impoluto de sus “casacas” madrileñas, compradas seguramente a alguna costurera “pirata”.

Mientras en los reportajes del oficialista canal 4 observamos a jóvenes de clase media llegando casi a los golpes en la defensa de sus respectivos equipos, en el mall de Plaza Inter yo pude ser testigo de la euforia descontrolada de quienes no pueden pagar por ver el partido en la comodidad de un bar-grill con karaoke.

En Plaza Inter, el clímax de tanta euforia obligó a los cuerpos de seguridad del edificio a desalojar violentamente a los grupos frenéticos de muchachos provenientes de los barrios aledaños, que rodearon en masa los televisores en los pasillos y al final terminaron quebrando algunos vidrios y amenazando con desatar el saqueo.

Pero ¿cómo explicar esta súbita españolización de nuestros jóvenes después de tanto patrioterismo desatado en las últimas semanas? No es tan simple. Recordemos que aun la dinámica política, hoy día, no puede permanecer apartada de las más sutiles y novedosas estrategias de la seducción publicitaria.

En el caso del río San Juan, por ejemplo (cuyos fervores precedieron a este súbito estallido de fanatismo futbolístico peninsular), me parece ver la maliciosa intención del poder político tratando perversamente de intoxicarnos con un nacionalismo barato, o tratando de manipular al electorado en un espectáculo de ilusiones.

¿Si todo ya está ganado en La Haya, para qué tanta alharaca y tanta exultación patriotera? No lo duden: desde hace rato opera en Nicaragua la utilización cínica y políticamente programada del marketing y la publicidad.

Los políticos, como las estrellas de cine, los ídolos del rock y las modelos, tratan de seducirnos a través de la saturación mediática; tratan de distraernos epidérmicamente con el espectáculo más conveniente de acuerdo al momento: si ayer fue la defensa de nuestros límites territoriales hoy puede ser el fanatismo deportivo, aunque sea de España. Y mañana lo serán, seguramente, las celebraciones de la Purísima.
 
Pero no olvidemos que la crítica de la vida cotidiana implica concepciones y apreciaciones sobre lo que nos ha sido negado o lo que hemos ignorado durante muchísimo tiempo. Y ese pretende ser, precisamente, el llamado constante de este blog.

En medio de la enajenación cotidiana estamos obligados a anteponer la disidencia o a configurar alternativas; crear el terreno propicio donde los nicaragüense podamos divisar con claridad la verdadera función de la democracia en una sociedad global. No olvidar lo que alguna vez dijo Monsiváis: “el subdesarrollo es no poder mirarnos en el espejo por miedo a no reflejar”.

Porque si nos miráramos ahora en el espejo, es decir, en los noticieros de la TV gritando “El río San Juan es Nica” o “No jodan que soy del Barsa”, seguramente nos daríamos cuenta que entre nosotros y la moda sólo se interponen los harapos.
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