• Dic. 10, 2010, 5:09 p.m.
Empecé a disfrutar la Navidad cuando dejé Managua y me mude definitivamente a Granada, ya a una edad adulta hace casi una década.

En principio, desde niño me gustó la Navidad, una fecha ajustada a rituales, vísperas, preparativos de nostalgias, vacaciones de la escuela, comidas alegres y especiales, algunas visitas inesperadas y bendiciones por todos lados.

Cuando llegué a Granada y tuve ese elemento de comparación, me di cuenta de algo esencial: no es que me había vuelto adulto y abandonado ese alegre espíritu navideño de mi infancia, sino que la ascendente y agobiante cultura de publicidad y consumo hacían de Managua en esa fecha una celebración de estrés y nauseas.

La Navidad en Managua es un “tuco” de regalo triste que hay que coger un carro para irlo a comprar, para irlo a dejar o para irlo a traer con amortiguadores gastados esperando no ser cazado por algún oficial de transito que busca lo que no queremos dar.

En los pueblos en cambio la Navidad es diferente. La publicidad no da abasto para inmiscuirse en todos lados. Sus pobladores se conocen y saben exactamente dónde conseguir lo que buscan, quién lo da más barato o quién trajo algo novedoso. La navidad es kitsch, llena de decoraciones pólvosas y desfasadas. Es sencilla, corta y se camina.

Se caminan las horas como mañana que llegará la Virgen a la casa del vecino, la barata anunciará algún bailongo con luces blancas de neón, doña Tuta intentará superar el nacimiento de doña Nona y un griterío de niños con sus dianas me levantarán todas las madrugadas junto a pájaros asustados que despertarán con frío y más temprano.

Sí, Navidad sin Managua, Navidad con Granada. Pero mis mayores deseos de una Feliz Navidad a los nicaragüenses de todo el mundo. Nos vemos en el 2011, un año de instauraciones y éticas corridas por el vicio del poder. Pero aún es 2010… a disfrutar.
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