• Mar. 19, 2008, 11:42 a.m.
A María Haydée

Mi abuelo hasta su muerte no se cansó de confirmar con todos los miembros de su familia, si realmente había votado en las últimas elecciones. Quería que le reiteraran si certeramente había dado su voto a los liberales.

Papito era una de esos pocos que me habló bien de los Somoza. Anhelaba tanto esa época que insistidamente repetía: “¡Vej, en esos tiempos los reales sí valían!”.

Entre la familia muchas veces se crearon enemistades, porque mamá y otras tías, en un par de ocasiones le hicieron votar por el Frente Sandinista. Mi tío, que aún es mormón, entre cuestionamientos éticos y morales, les achacaba el que no supiesen honrar debidamente al padre.

Mi abuelo nació un día que Dios estuvo enfermo (*), creció en el campo y trabajó por veinte años para un terrateniente en San Isidro de Bola --de San Judas tierra adentro--.

Ahí procreó 27 hijos con cocineras, hijas y nietas; y aunque ya vivía con la Mimi, aseguraba haberse acostado con la cegua. Dice que la mocuana y las monas sólo lo seguían. Mi abuela, orgullosa, gustaba de contar su gesta de haberle quebrado la pata a una de esas monas, una noche que se paseaba por el tejado de la casa con chillidos infernales. Salió con un candil y una rajeleña, y cuando vio al bulto cruzarse a un palo de guayaba, se la apeó. Al día siguiente miró a la Eduviges con la pantorrilla entablada y develado el acertijo, la agregó a su lista de comadres.

Don Arturo, en una ocasión, le preguntó a mi abuelo que si quería venirse a Managua para verle unos lotes donde estaba levantando un taller mecánico. Llegaron a la ciudad en el 64 y a unos meses de trabajarle a don Arturo, consiguió enrolarse en Lanica, en donde estuvo hasta 1979. Lo que más le molestó, fue que los sandinistas lo hicieron estar dos meses de vacaciones, hasta que logró nuevamente administrar una finca en El Crucero.

Ahí permaneció --ya solo-- toda la década y únicamente bajaba los domingos a ver a la Mimi, quien aún vivía con varias de sus hijas-madres-solteras, muchos de sus nietos y el recuerdo amargo del cumiche que desapareció en la Insurrección.

También vivía con el único hijo varón que le quedaba, y quien poco a poco, junto a otros elderes fueron sumando adeptos para su dominical culto casero. (Lo bueno de los mormones, a diferencia de los pentecostés, es que con sus alabanzas no perturban la paz sonora del prójimo).

“Pequeño” --como le empezamos a llamar sus nietos-- nunca se incorporó a los cultos, y se quedaba en el jardín trasero de la abuela, haciéndole injertos de rosas en improvisadas maseteras de llantas-viejas y barriles-charatarras que encontraba en un cercano basurero clandestino.

Era el único momento en el que podían amarse: toda la familia en el culto, y ellos atrás conversaban de sus cosas, mientras ella cocinaba la sopa de domingo. Él le reparaba el jardín, y ella, mimándolo con bocas, le dejaba que se echara su petit, como le decía al trago de ron que se metía cada media hora.

La Mimí murió antes que el Pequeño llegará definitivamente a casa un día que Dios estuvo enfermo. Al Pequeño lo llevaron golpeado, anciano y más pequeñito. Dicen que uno de sus peones por rivalidades amorosas le había propinado la aporreada del siglo, y lo dejó en un manto de lagunas mentales de por vida.

En un inicio todos comprendíamos verlo en su enajenado pero convaleciente estado, mientras por horas enteras miraba aparearse a los perrozompopos en la pared de su cuarto; en esa tabula rasa y fuente pluvial de su Leteo.

Pero El Pequeño nunca volvió a recordar los nombres de todos nosotros: a Armando le decía Hamilton, a Bayardo lo llamaba por Leonardo; a la Patricia, Marcela; y a mí, a mí siempre me preguntaba que quién era.

Los problemas empezaron a sospecharse cuando lo vimos vertiginosamente subir de peso. Entre visitas a tías, vecinos, u otras invitaciones, accedía siempre a los ofrecimientos de comer algo. Y los doctores evidentemente emitieron en su diagnóstico que no era la gula, sino el Alzheimer lo que venía redondeando la panza del abuelo. Su mente se divorciaba de su sistema orgánico y los códigos de su cerebro por extensión iniciaron un proceso de entropía: él ya no podía recordar que había comido.

Aunque si algo recordó siempre el Pequeño, fueron las canciones de Gardel. “Tengo miedo del encuentro, con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida”, pero el abuelo realmente no temía y la línea de tiempo más bien había desplazado el miedo de su pasado hacia nosotros, quienes poco a poco empezamos a habitar su fantasmagórico entorno.

Y todos, sin poder evitarlo, caímos en su fatal paradoja, en la fragmentación y repetitivo estado de su realidad girando como “loca polea”. El abuelo se ponía los zapatos al revés, creía leer los diarios al revés, y el orden sintáctico de sus expresiones empezaron a desgastar nuestro nostálgico deseo por entenderle. Se le tenía que bañar, peinar, cepillar y estar pendiente de sus operaciones cotidianas.

Aún no sabemos cómo se las ingenió para irse una vez a escondidas a retirar su mesada de jubilado. Se nos perdió por varias días, hasta que Bayardo, la mañana de un lunes escuchó por Radio Ya que había un anciano en sus oficinas. Cuando llegamos a recogerlo, nos dijeron que lo habían encontrado en la CST entre un grupo de Matanceros. Pasó una semana únicamente repitiendo: “Los reales con Somoza, sí valían”, y se alegraba al recordar que José Rizo era el nuevo presidente de la República.

Mi abuelo murió un día que Dios estuvo enfermo. Se le encontró una mañana en su camita pequeña, boca arriba, serio y bañado de un manojo de fotografías familiares. eduardopersola@gmail.com

* Verso de Espergesia del poemario los “Heraldos Negros” de César Vallejo.

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