• Nov. 3, 2010, 2:01 a.m.
El mundo celebra la Navidad, o parte del mundo llamado “cristiano y Occidental”. Días de pompas, de regalos, de luces, de avenidas decoradas, de nieves ficticias en países tropicales como Nicaragua, de alegría promovida por el comercio. Pero la verdadera Natividad no es nada artificial, sino una realidad que se cumple en cada ser humano que haya decidido rendir su existencia al Admirable y Príncipe de Paz, Jesucristo.

El centro de la Navidad está en la más grande de las profecías del Antiguo Testamento: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado será sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”, Isaías 9:5.

Hay, por eso, dos sentidos para conmemorar el cumpleaños que parte la historia de la humanidad. Uno, el que programa el mercado, y dos, el que nos propone la Biblia con sus 66 instrucciones para construir un mundo moderno y sano, ético y saludable, que nos salve de la decadencia de estos últimos años, donde el vicio se confunde con la virtud y donde lo malo es presentado como formidable.

La Navidad es trascendente. No consiste en el arbolito que usted pueda poner en su casa o el arbolote que el gobierno y el comercio erijan en las rotondas de la capital. En mi caso como el de muchos ver un Nacimiento es más a tono con la época, que los mismo árboles iluminados. La Navidad supera la tradición de los hombres, aunque no toda es mala. Podríamos reconocer como magnífico todos esos cantos alusivos al nacimiento de nuestro Salvador; nos deleitamos ante los bellos retablos que nos muestran lo que aconteció en Belén hace más de 2 mil años. Nos deleita Noche de Paz y sobre todo, los hermosos villancicos nicaragüenses que enriquecen la alabanza universal al Rey de Reyes y Señor de Señores.

De hecho, entre las viejas generaciones y de sus hijos, aún persiste un “espíritu navideño”, un tiempo especial de recogimiento, de reflexión, de saber que no se está celebrando un aniversario cualquiera, sino uno muy especial: el de Jesús.

Hay algo muy valioso que apuntar, y que lo hizo ver el pastor Omar Duarte: la Navidad no consiste en una gallina rellena, en unos regalos, en un chanchito curro engordado en Estelí. No es el regalo que alguien da a otro. No, el más grande y significativo regalo que debemos recordar el 25 es el que Dios, el Señor YHVH, ofreció a la humanidad entera, aunque parte de ella aún hoy lo rechace: a Jesús.

Un texto señero en la literatura profética es cuando el evangelista Juan señala: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Vida eterna. Eso es lo que entrega Dios al mundo, sin que éste dé nada especial para obtener esa gracia. Pero la Navidad implica un cambio, una nueva actitud, que el que robaba, no robe más, que el que cometía un ilícito no prosiga hundiéndose, y por supuesto, el reparo del daño, ilustrado magistralmente con la conversión poco predicada desde los púlpitos, de Zaqueo.

Es posible que algunos refuten el escrito, porque dirán que otros pueblos tienen sus propias creencias, y detallarán una lista tan grande como la guía telefónica, si incluimos las 10 mil etnias que aún hoy no saben de Jesús. Otros manifiestan sus preferencias. Pero esta es la gran noticia: no se trata de comprar nada, tampoco de vender una idea. Dios ofreció a su Hijo y quien pagó el precio, con su vida, fue Jesús. Ese es su grande y mejor regalo al hombre. Y los regalos se aceptan o se rechazan. Así de simple.

Ningún otro trae la paz de Cristo, que, en cierta forma, es un combate contra el mal, contra los antivalores y las perversiones tan en boga hoy, que de la mano de las estrellas del rock y del espectáculo, incluido el intelectual y el político, pueden pasar como esnobismo, como algo para “enriquecer” nuestro estilo de vida.

Si uno toma la Natividad como el primer grupo, dejándose llevar por el marketing, pasará otra temporada más. Se retirarán las luces y los árboles, se guardarán las instalaciones, se desmontarán los Nacimientos, se recogerán las escarchas, y por último, se apagará el festejante junto a esta otra Navidad.
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