• Ene. 9, 2011, 7:44 a.m.
Descartada la rivalidad ideológica entre sandinistas-orteguistas y liberales-arnoldistas, la cual nunca adquirió gran perfil ni profundidad, sino formas de riñas políticas de cortos vuelos, la complicidad en torno a la acumulación de capital se tornó en fundamento de sus arreglos políticos. En consecuencia, esta afinidad en lo económico ha sido también la causa de su vergonzoso coqueteo para seguir usufructuando juntos el poder.

El orteguismo tomó la hegemonía, y el arnoldismo pasó a ser el amable rival, del que no emanan peligros para Ortega, pero sí, oportunidades para negociar con la ventaja que, además, le da la condición de reo de Alemán en manos de la “justicia” orteguista. Un hecho harto sabido. También que Ortega y Alemán son amos de sus respectivas cúpulas, por cuyas actuaciones se han ganado la justa crítica de la mayor parte de los nicaragüenses. ¿Pero qué pasa con las bases de ambos caudillos? A esta pregunta, le ensayaré algunas respuestas.

Primero, no se debe medir a las bases con el mismo rasero que a sus caudillos, por cuanto éstos se identifican por medio del capital que han acumulado a costa del Estado, mientras que sus bases sólo reciben migajas, promesas y engaños, por lo cual es más justo verlas desde una perspectiva humana, pues ambas se identifican en la pobreza y como víctimas de la condición y ambición capitalista de sus respectivas cúpulas.

Entre las bases pobres y las cúpulas enriquecidas de ambas corrientes, hay enormes contradicciones --por desgracia-- borradas por el peso y la fuerza de las patrañas políticas y la demagogia politiquera de las cuales se valen las cúpulas para adormecerlas, apasionarlas y manipularlas al gusto. Aún así, no es posible homogenizar a las bases de ambos grupos, porque su incorporación a la actividad política no tiene las mismas motivaciones; tampoco es igual su respectiva visión de los problemas sociales ni entienden las luchas políticas de igual manera.

No se puede ver con la misma óptica política a los grupos populares controlados por ambas cúpulas, aunque se identifiquen como “liberales” unos y “sandinistas-orteguistas” otros, pues eso es efecto de la enajenación que sufren. Es obligado, entonces, tratar de verlos tal cual, y a cada uno según su situación real respecto a las actividades, propósitos y los estilos de gobierno que hacen sus cúpulas cuando están de turno en el control del Estado.

Segundo, que los pobres instrumentos ideológicos de los cuales se han valido las cúpulas para atraer simpatizantes entre el pueblo, se los presentan dorados, atractivos y llenos de valores, para hacerles creer que las luchas que encabezan los caudillos apoderados de sus partidos y de su conciencia, están animadas por el humanismo y el amor por los pobres. La intensidad y profundidad con que logran movilizar a las bases a su favor, depende el nivel de fanatismo que les logran inocular, y con el cual les seguirán, incluso hasta la muerte, como ya ha ocurrido.

Por lógica, según sea la naturaleza política del partido en el poder, sus bases moderan su comportamiento. Y siendo el orteguismo el que ostenta el poder actualmente, hacia sus miembros se orienta la mirada pública.

Ya se conoce la distancia sideral que existe entre los recursos económicos de los miembros de la cúpula orteguista y los de ciudadanos de la base partidaria (decimos “partidaria” por hábito, pues el FSLN ha perdido identidad y estructura de partido). ¿Pero cómo es la situación real del resto de los “orteguistas”?

Difícil perfilar con exactitud a cada uno de los grupos ubicados en los niveles menores de esta organización política. Pero se puede intentar una aproximación. Entre la cúpula y las bases hay una capa de individuos que ocupan altos cargos públicos y participan con mucho éxito en la obtención de recursos del Estado, pero sin autonomía, pues dependen absolutamente de la voluntad de la cúpula. Este sector forma la alta burocracia estatal. Luego, vienen los funcionarios de menor rango en las instituciones del Estado, hasta bajar a los empleados menores, a todos los cuales se les controla por medio de agentes políticos llamados “secretarios políticos”.

Fuera de esta burocracia, está la masa ubicada en las empresas, los barrios, distritos y regiones manejados por “secretarios políticos de menor nivel”, cuya función es disciplinarla en el cumplimiento de las consignas emanadas del centro de mando que dirige la esposa de Ortega, bajo el nombre de “consejos del poder ciudadano”. Ella controla las actividades y las manifestaciones en las cuales la hacen participar. Al lado de este poder, está la estructura de la antigua Seguridad del Estado, transformada en “la secretaría de organización”, con fines de control político de las bases y el “trabajo” contra la oposición.

Bajo ese doble control, los más pobres acatan las órdenes sin discusión, mientras andan a la búsqueda del “compañero secretario político” para conseguir alguna ayuda, una recomendación para trabajar o para un pariente. Hay casos de quienes nunca fueron sandinistas, y ahora se les puede ver ocupando un cargo de dirección en los barrios. Los ingresos económicos de los agentes políticos están muy por encima de los mejores salarios de cualquier sector industrial, más las prebendas y facilidades para hacer negocios (y se distinguen de las bases, porque mejoran sus viviendas en los barrios, adquieren “casas del pueblo” o en algún reparto.

De este oportunismo, deriva un fenómeno “ideológico”. A los más pobres se le condiciona como base-obediente (disciplinada, le dicen), y segura asistente a todo acto político oficialista. Su dejamiento de las ideas revolucionarias es paralelo a la deformación ideológica que la cúpula le transmite en su discurso. Sus actividades son de un sincretismo político-religioso, con todo lo enajenante que esto significa. Y cualquier resultado que tenga esa actividad a la cual es conducida, será estéril para los cambios esenciales y peligrosos para el desarrollo democrático.

Nadie desconoce que individuos mal formados y deformados por el oportunismo, ven en el gobierno el facilitador de su enriquecimiento o de sus prebendas, y como su mejor oportunidad para vivir bien, la cual teme perder, y por eso lo defiende con fanatismo e irracionalidad ante los que considera sus “enemigos”. Pero las bases pobres son otra cosa, y el germen de su liberación del tutelaje orteguista, está en su conciencia, junto a su ideal sandinista.

Esas bases, no merecen ser culpadas de nada, sino dignas de ser convencidas de que el caudillo que se les ha impuesto, pretende ser presidente vitalicio, violando la Constitución y burlándose de quienes en curso de la historia han caído luchando por la libertad, la justicia social y los derechos democráticos. Recordarles, que entre estos héroes, a cuya sombra medra el orteguismo, son sangre de su sangre, y juntos deben rescatados de la manipulación.
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