• Ene. 10, 2011, 10:04 a.m.
Empecé este blog en Enero de 2007, recién electo Daniel Ortega. Lo concebí como una bitácora, un puesto de observación del rumbo que tomaría nuestro país bajo el mando de alguien que, con tanto afán, se propuso volver al gobierno. En aquel momento, pensé cuán importante sería discutir ampliamente qué tipo de democracia seguiríamos construyendo.

No confiaba en la vocación democrática personal de Ortega. Sospechaba que, una vez en el poder, haría lo que fuera por eternizarse en éste. Daniel Ortega es todavía de esos antiguos revolucionarios que continúan pensando que sólo una vanguardia iluminada puede decidir qué es lo mejor para el pueblo y que someterlo a discusión con el pueblo mismo y especialmente con los sectores más “ilustrados” de éste, es someterse a un debate innecesario. Sospechar de los intelectuales ha sido una constante que se inició con Stalin y, como bien lo dijo Gramsci, esta represión del pensamiento y de la crítica es lo que hace que fracasen las revoluciones que verdaderamente aspiran a transformar la conciencia de las personas, pues al suprimir a los intelectuales y por ende el debate, se suprime precisamente al sector de la sociedad que reproduce la ideología.

Es interesante en este sentido observar la reproducción ideológica del sistema capitalista. Precisamente porque opera con amplitud de acción y sometiéndose al debate constante, este sistema se ha reproducido mucho más exitosamente, a pesar de sus obvias iniquidades y fallas. La amplia discusión, la lupa de la prensa, los constantes “wiki-leaks” que desnudan los problemas de este o aquel grupo político, la libertad de acción de cualquiera que se proponga criticar, promueven que la gente interiorice la ideología, que no la sienta ajena o impuesta, sino parte de su propio pensar y sentir. Es un espejismo, pero un espejismo que funciona, y que ya desearía haber tenido el socialismo cuyos líderes, por el contrario, imponen la ideología “correcta” a ladrillazos, declarando enemigos a todos los que se atreven a cuestionar o criticar,  cerrando así la necesaria apertura del debate esencial para poder construir cualquier sistema a partir de un consenso consciente.

Este actuar es muy claro en la manera en que operan Daniel Ortega y su gobierno, negándose al debate y calificándolo de satánico y mal intencionado. Que, como jefe de estado, Daniel Ortega y su gobierno no se hayan sometido al escrutinio de una conferencia de prensa, y que el Presidente, en el tiempo que ha gobernado, sólo haya concedido entrevistas a un inglés, David Frost y a una rusa, Elena Rostova, negándose a dirigirse a alguien de su propio país, es inaudito y revelador del absoluto desdén que le inspira a nuestro presidente el cuestionamiento o el debate con su propio pueblo.

Cuando inicié esta bitácora, optimista que soy, no pensé que retornaríamos, en sólo seis años, a la miseria del debate, ni que la imperfecta democracia que, mal que bien, había llevado a la condena de Arnoldo Alemán y a la derrota de Enrique Bolaños, sería conducida sin escrúpulos y a través del poder de don dinero de Venezuela, al callejón sin salida en que se encuentra hoy en día.

Desde la revelación de que dos diputados electos con votos del MRS, eran fichas de Ortega, hasta el desmembramiento artero de la ALN, la compra o soborno de conciencias de otros diputados o bancadas enteras, el sabotaje a la Corte Suprema para garantizar que se pudiera pasar por encima de la Constitución negándole valor a uno de sus predicados esenciales como es la no-reelección, la continuidad del pacto con Alemán y su retorno a la libertad sobreseído de toda culpa hasta el punto de que ahora pretende, o dice pretender, la presidencia de nuevo, pasando por la pérdida de autonomía de la policía y del ejército, la purga de oficiales independientes para sustituirlos por allegados al régimen, el fraude descarado en las elecciones municipales de 2008, la testarudez para mantener en sus cargos a funcionarios electorales que carecen ya de toda autoridad moral y que operan en el país con dineros que nadie sabe de dónde salen, la persecución a los medios de comunicación independientes como fue el caso de Esta Semana, el incipiente monopolio familiar de los medios de comunicación y la represión burdamente disfrazada a figuras como Ernesto Cardenal, la presidencia de Daniel Ortega ha sido un retorno triste y anunciado a un pasado que tantos creímos finalizado el 19 de Julio de 1979.

En pocos años, el destino del país le ha sido arrebatado a su gente; a unos por las buenas –vía láminas de zinc y dádivas que en nada se diferencian de las criticadas “obras de caridad” de las asociaciones burguesas de beneficencia; o por sobres gruesos de dinero pasados debajo de las mesas; y a otros por las malas, ya sea mediante veladas amenazas, demandas tributarias antojadizas e injustas, juicios inventados, o las mil y una advertencias o amenazas que abierta o indirectamente pesan actualmente sobre una ciudadanía que de nuevo vuelve a experimentar la parálisis del miedo y la cautela consecuente, ya sea para decir abiertamente lo que piensa o a para actuar según se lo manda la conciencia.

De pensar que teníamos poder como pueblo, hemos vuelto a la indefensión, a la filosofía del guegüense en toda su contenida agresividad y lamentable engaño. Es palpable la corrupción a todos los niveles. Es palpable la desesperanza y el yoquepierdismo. Basta ver la basura en las calles para darse uno cuenta que ya dejó de importarnos la civilidad, el respeto al otro, el respeto por el espacio colectivo. Como pueblo, estamos atrapados en un ring de boxeo, unos confrontados con los otros si disentimos o insistimos en que no puede ser que volvamos al tiempo donde sólo a pedradas se podían solucionar o dirimir las contradicciones o diferencias de opiniones.

Este blog ha sido una muestra de cómo en pocos años cesó la discusión constructiva y convertimos el espacio común en una competencia de quién grita más o quién insulta mejor y con más gracia o ingenio al otro. Rara vez, últimamente, hay argumentos. Se trata de acusar a quién piensa diferente, achacándole defectos, motivaciones mezquinas o frivolidades sin sentido.

El problema es que no hay mucho que decir en un país donde el poder está restringido a una casta y donde a los ciudadanos se nos obliga a observar cómo se doblega la ley, la justicia y la razón a los intereses particulares de unos cuantos “iluminados “ que se sienten con derecho para manejar los hilos de sus títeres como mejor les place, porque, según ellos, nadie más puede pretender saber qué nos conviene más y sólo ellos tienen la piedra de qué es lo que hay que hacer por el “pueblo” y con esa convicción están dispuestos a pasar por encima de cualquier ley o cualquier contrato social, sin pensar en las consecuencias que esto puede tener para la futura autonomía o independencia de sus gobernados.

La triste realidad es que de poco sirve ya lo que digamos. La suerte está echada.

No quisiera abandonar este blog, pero ciertamente las ganas no me faltan.


Enero 2011
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