• Ene. 18, 2011, 3:05 p.m.
Los teóricos Marx y Engels le dieron, supuestamente, a la clase obrera, un sentido de clase y dirección, para cumplir con su papel: ser la vanguardia dirigente de una nueva sociedad.

Desde la edición del Manifiesto Comunista en 1848, se vio en la historia un abanico de propuestas, revoluciones y tomas del poder, donde elementos de la pequeña burguesía intelectual se convirtieron en los profetas de una clase que aunque teóricamente vanguardia, no estaba preparada para dirigir un gobierno. Mejor dicho, ni siquiera estaba apta para dirigirse a sí misma, de ahí la imperativa necesidad de fundar movimientos obreros y partidos comunistas.

Las experiencias fueron catastróficas hasta hace poco. Marx, quien dijo que la religión era el opio de los pueblos, en clara referencia a los protestantes alemanes, no sólo le dio vuelta a la filosofía de Hegel, sino que copió la Biblia, para darle una articulación creíble a sus artículos de fe. Las Sagradas Escrituras comienzan su gran relato en el Paraíso, surgen los demonios, el hombre cae, aparecen los profetas que proclaman una nueva sociedad libre y anuncian al Mesías, llega éste y se recupera el sentido de la vida, y después, el Juicio Final para culminar con el Reino de los Cielos.

El Reino de los Cielos marxista
Marx habla del comunismo primitivo, de las progresivas Formaciones Económico Sociales, y llega a ver en los profetas, a la intelectualidad, los demonios son los que se oponen al avance de la historia --- reaccionarios, pues---, y en vez de una personalidad que asuma el papel del Redentor, organiza un Mesías colectivo, el Partido Comunista: la elite iluminada que le hace el favor de pensar al resto, y que al desarrollar la lucha de clases, acaba con el capitalismo no importa si salvaje o educado; crea las bases para el socialismo y por último, como final de suspense, la versión marxista de este otro relato del Reino de los Cielos: la sociedad sin clases. El “Espíritu Santo” de todo esto es la Dialéctica y si no funciona bien, los grupos de choque.

Los agentes de esta doctrina escasamente provinieron del seno de la clase obrera, peor en Latinoamérica. La intelectualidad que nutrió a este pensamiento surge de la clase media y de los hijos de sectores pudientes. Este problema lo resolvió Lenin, menos romántico que los fundadores del comunismo científico, cuando decidió construir un partido fuerte, monolítico, entrenado para una sola misión: la toma del poder y el pensamiento único.

Y llegó un obrero metalúrgico
Debieron pasar 132 años para que la realidad impusiera un modelo que les dijera a todos que el relato de la izquierda escrito por Marx, Engels y Lenin, es inconcluso. Que también los obreros pueden pensar y mejor, aspirar y respetar, luchar por un mundo sin exclusiones, y no para una nomenclatura o un Gran Líder. Luis Inázio Da Silva fundó junto con otros el Partido de los Trabajadores en 1980 y en 2010, rubricó en los hechos que una democracia a la izquierda, también eleva, y de qué forma, el nivel de vida de los ciudadanos, sin recurrir al clientelismo político o caer en la tentación de averiguar la identidad partidaria del vecino.

154 años después de la edición del Manifiesto Comunista, por primera vez en la historia, un obrero, de esos que tanto hablan los marxistas, como masa, pasivo y sólo activado por el PC, toma el poder. Lula nació en una familia analfabeta, fue vendedor de maní, lustrador de zapatos y apenas a los diez años aprendió a leer, señala una apretada biografía de la BBC.

Más tarde fue obrero metalúrgico, perdiendo el dedo meñique de la mano izquierda en un accidente. Con el paso de los años se hizo líder sindical, fundó el Partido de los Trabajadores y ya dirigiendo los destinos de Brasil, vimos, lejos de las cartillas ideológicas, que una Izquierda Pasteurizada tiene todo el potencial para consolidar la democracia de una sociedad moderna.

Hace poco, el primero de enero, Lula abandonó la presidencia. Su paso por el gobierno en ese gran país hizo y hace historia, no sólo ahí, sino en el mundo, en los mismos claustros universitarios y entre los intelectuales. Es un antes y después para la izquierda, como el mismo Manifiesto de Marx y Engels redactado para la “Liga de los Comunistas”. Lula acabó con los dogmas del marxismo en el terreno real, que es donde importa y dijo: no teman al partido, que siga el juego.

Se fue del gobierno con un insólito 80 por ciento de popularidad en sus ocho años de gestión. Redujo el número de pobres e indigentes. Generó 14 millones de empleos fijos y promovió, ¡oh, gran hereje del marxismo!, el aumento de la clase media.

No sólo contribuyó con su nación en el plano social y económico, sino que sentó las bases para que Brasil ganara respeto en la arena internacional y se convirtiera en una bandera, porque el gigante del Sur es una de las mayores economías emergentes que integran el llamado BRIC (Rusia, India y China).

Y por si fuera poco, este outsider del marxismo-leninismo, se fue del poder sin querer regresar más a él, por ser fiel al pensamiento único que lo ha guiado en la vida: la democracia en vez del culto a la personalidad. Se fue cuando recién se anunciaban nuevas reservas de crudo que auguran todavía mejores tiempos para esa nación, sin apresurarse a constituir una petrolera para financiar sus aventuras políticas. Este es Lula, el Heresiarca que lo ha hecho todo diferente y mejor, tanto que nos termina dando una gran lección de humanidad que harían rasgarse las vestiduras al mismo Marx, al comentar los hallazgos del oro negro: “Es un regalo de Dios”.
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