• Ene. 23, 2011, media noche

Nunca imaginé que ese obsesivo afán de ubicuidad y eternidad latente en la obra del escritor argentino Jorge Luis Borges, me llegara a ser tan familiar ahora, cuando eventualmente me encuentro frente a las infinitas posibilidades de la web, o sintiendo en mi mano la simple maravilla del control remoto de un televisor conectado al cable, a su vez conectado a una antena parabólica que a su vez hace contacto con un ubicuo satélite que gira en la estratósfera.


No debería parecerme extraño, puesto que Borges, más que cualquiera de sus contemporáneos, preconizó de muchas formas lo que McLuhan llamaría “Aldea Global”, o lo que hoy se menciona tanto y se alude como “fenómeno de globalización”. Aunque, de cierta forma, sí debería parecerme extraño, puesto que, también, nadie como Borges, entre los grandes autores hispanoamericanos del siglo veinte, aborreció tanto esa terminología.

Caprichosa analogía la de Borges y la cibernética. Su mundo era un mundo de libros. Su obra designa el tiempo y el espacio en una totalidad simultánea: un autor, un texto, una circunstancia, para la noción borgiana, significa todos los autores, todos los textos, todas las circunstancias actuando en el presente, coincidiendo en el tiempo y el espacio. Su obra literaria fue una de las primeras de la lengua española en intentar liberarse de las demandas de la cronología o de la sucesión lineal.

Prácticamente toda la obra de Borges es un híbrido muy peculiar que oscila entre la ficción y el ensayo, un constante ejercicio intelectual, metafísico, que rebasa cualquier clasificación genérica. Un continuo reciclaje de escritura y lectura, lectura y escritura, en el que el tiempo pierde por completo sus tradicionales dimensiones.


Un juego intemporal de la inteligencia y la capacidad de invención, un ejercicio permanente que ha de hacer capaz —a quien lo practica— de imaginarse o sentirse otro en otro sitio del planeta, en el mismo instante en que lo imagina o lo siente él mismo en una oscura biblioteca de Buenos Aires; o explicarse y sentir como propio el instante sublime, heroico o ridículo en el que toda la vida de un hombre se sintetiza.

Sus poemas devienen en reflexiones profundas (diríase que surgidas desde lo hondo de la “sensibilidad” de su inteligencia) acerca de lecturas obsesivas de obras escritas por otros eruditos que como él hundían con infinita agudeza su escalpelo sobre vidas, obras y pensamientos que se suceden infinitamente hasta fundirse, como lo hace él en cada texto suyo, en una zona nebulosa y eterna en donde es imposible distinguir entre la realidad (la historia) y la ficción (la imaginación).

Difícil ilustrar con palabras ese prodigioso reciclaje, es decir, el hecho de que todo lo que Borges escribía se transformaba siempre en antigua lectura y viceversa. Sus cuentos podrían ser ensayos o reseñas de libros, o ensayos y reseñas más cercanos a la ficción, en fin, textos obstinadamente ambiguos, inclasificables, que hacen de este escritor el fundador de una teoría particular de la literatura.

Caprichosa analogía la de Borges y la cibernética. Analogía que precisamente recuerda su obsesión por los caprichos del tiempo y del destino. Como caprichosa fue la absurda analogía de Isodore Ducase, Conde de Lautréamont, que luego subrayaría con agudeza Rubén Darío y que preconizaría el surrealismo: la sombría belleza del encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección.

Caprichoso como el hecho de que ahora Shakespeare, Byron, Eliot o Keats, entre tantos otros autores antiguos y contemporáneos, naveguen juntos día y noche en la web, revueltos con las opciones de realidad virtual pornográfica de los holandeses; o como el hecho de que el propio Borges, Neruda y Darío compitan en el caos de las autopistas de la información con los últimos adelantos en genética molecular o la más reciente biografía de la princesa Diana.

Imposible imaginar ahora lo que diría Borges frente a la web. Especulo yo que se le ocurriría quizás buscar en la tabla de opciones de Google, o en Wikipedia, el vigésimo cuarto capítulo del libro séptimo de la “Naturalis historia”, dedicado a los casos de memoria prodigiosa registrados en la historia de la humanidad hasta la época de Plinio.

O compararía quizás la capacidad de memoria ram de su computadora, con la abarrotada memoria de su personaje Irineo Funes, el memorioso, lúcido y solitario espectador de un mundo multiforme, intolerablemente preciso, en el que le estaba vedado olvidar hasta el menos importante de sus recuerdos, y que según la artificiosa anécdota borgiana, era más minucioso y más vivo que la percepción de un goce o un tormento físico para un hombre normal.

Lo más probable, sin embargo, es que con esa evidente buena fe de los ciegos, aunque no sin algo de sorna, Borges se hubiese sorprendido ante el hecho de que tales prodigios tecnológicos nos maravillen y nos absorban tanto a nosotros.

¿Cabe –me pregunto yo ahora- el Aleph en el disco duro de una laptop? Difícil, aunque no descabellado, creer que el punto del espacio que contiene todos los puntos, el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos, donde cada cosa es infinitas cosas porque se ven claramente desde todos los puntos del incesante y vasto universo, pudiese caber en la memoria de una computadora.

En cambio —alegaría Borges—, un hombre torpe y extravagante como el personaje Carlos Argentino Daneri, pudo ser capaz de apreciarlo sin esfuerzo, casi por diversión, colocado en posición de cúbito dorsal, con la vista fija en el décimo noveno peldaño de la escalera de un sótano, acostado sobre el piso de baldosas en su inveterada y vieja casa de la calle Garay, en Buenos Aires.

Es verdad que ahora, quien cuenta en su casa con servicio de Internet y además paga TV por cable, tiene a la mano todo lo que se ve, se sabe, se escucha, se siente, se dice, se descubre o se rechaza en el planeta cada milisegundo. Pero el anhelo borgiano, me parece, es menos ambicioso y más humano.

Ya lo señaló, a propósito, Carlos Fuentes en su “Valiente mundo nuevo”: se puede concebir un tiempo, un espacio y un conocimiento ideales, pero el poder sobre semejantes absolutos está en manos de quienes los conciben, y éstos son siempre seres plurales, imperfectos, mortales, es decir: nosotros, los encargados de mantener viva la memoria y el deseo, la tradición y la creación.

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