• Ene. 16, 2011, media noche

Hay peligro en la carretera y llama mi atención que esa “carne” no ha sido abordada con eficiencia por los medios de comunicación, sin reparar, al menos, así lo considero, que la impunidad a los choferes del transporte público de nuestro país son uno de los más silenciados focos de corrupción.

Los interlocales aparecieron en nuestro país a finales del 90 como una alternativa cómoda para aquellos trabajadores que habitaban en “las ciudades dormitorios”. Sus servicios en su momento fueron una novedad celebrada y aunque tenían que pagar un poco extra, las reglas del juego eran respetadas: se te llevaba de un punto A a un punto B de manera segura y responsable.

Con el incremento del precio de la gasolina, se atribuyó a mediados del 2000 su descomposición. Entonces los interlocales, si había sillas vacías, empezaron a detenerse entre el punto A y el punto B para levantar a alguien en el camino; tenían que “rebuscarcelas”, se justificaban.

Al poco tiempo, las inversiones dieron resultados y no sólo se sustituyeron flotas de buses por otros más grandes, sino también cada empresa empezó a tener una competencia paralela. Esto dio lugar a dos cosas: uno, a una guerra por ganar pasajeros en la carretera, es decir, a jugar con las velocidades moviéndose desde lentitudes como a 40 por k/h hasta llevarlos a más de 120 k/h.

Además, por otro lado, los nuevos buses empezaron a tener pasillos, por lo que podían además duplicar la cantidad de pasajeros, unos sentados, otro de pie, así empezó el “sarninismo interlocal” y los cobradores a retomar la inhumana frase de “avancen que atrás está vacío”.

En un país socialista, cristiano y solidario, me cuesta entender por qué la vida cientos de miles de personas pende diariamente de las voluntades de chóferes irresponsable, sin reparar que al momento de producirse un accidente no existen seguros ni indemnizaciones para sus pasajeros.

Lo cierto es que hay un negocio redondo detrás de todo esto. Los chóferes son forzados por los dueños de los buses a cometer esos abusos, es decir, por diputados, militares y otros funcionarios del gobierno que no quieren ver sus negocios en ruinas y se aseguran no sólo de que las leyes rijan a su favor, sino también que las negligencias logren quedar en la impunidad.

Todos los que viajamos diariamente en interlocales hemos sido testigos alguna vez de cómo los chóferes le dicen al cobrador cuánto dinero debe darle a un funcionario del MTI, a esos hombrecitos de naranja que esperan el menor fallo de estos para poder parar el bus y recibir sus coimas.

Por su parte, la policía ya sin hablar del hecho de que no aplican las infracciones por excesos de velocidad, la lucha contra las maneras peligrosas de conducir no parecen ser asunto suyo; para ellos, es más eficiente estar alerta de los vehículo que salen de sus carriles para hacer cumplir tranquilamente la ley y sacar para su “fresquito”.

Es un organismo altamente corrupto en que todos los síntomas de nuestra sociedad se reflejan a la luz del día. Por un lado, pasajeros temerosos que callan, acostumbrados a que alzar la voz los haría ver como bichos raros o esperando un escarmiento tonto de parte de los chéferes, que casi siempre se adjudican la razón.

Por otro lado, los silencios e intereses de parte de los propietarios de los buses, personas protegidas por el poder, crean un circo de migajas para esos funcionarios del MTI y para los agentes de la policía que ven pasar el peligro a sus narices, pero ellos sólo están pendientes del vehículo que salga de sus carriles.

Son episodios de humor negro a los que diariamente se ve expuesta nuestra ciudadanía. Y aunque las cifras de accidentes de estos intermortales van en ascendente silencio, ellos siguen teniendo brutalmente el control de las carreteras con una licencia de impunidad.  

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