• Mar. 23, 2008, 9:02 a.m.

Probablemente parezca alguien sin sentimientos, sin corazón, hasta un monstruo por mi pensamiento. Pero lo juro, por amor prefiero dejar ir a un ser querido, despedirlo para que dé el paso a la eternidad, antes que retenerlo egoístamente a costa del sufrimiento suyo, del sufrimiento de todos.

El caso de la profesora que fue hallada muerta en Gijon, Francia, pocos días después de que solicitara vanemente a la justicia gala que le permitiese una muerte “decente”, asistida por un médico en el momento que ella dispusiera, me hizo sentir deprimida, porque pensé en los hijos de esta mujer, en lo difícil que era para ellos verla deformarse más cada día.

Pero más allá de la estética, pesa el dolor que esa mujer de 52 años sufría. Un tumor deformante le había distorsionado el rostro, la nariz, los ojos, la vida.
Supuse que no podía dormir, ni hablar, ni comer, ni poner atención a nada, y más sufría viendo a sus seres queridos, consumirse con ella, y ante la imposibilidad de una cura, sólo la muerte era avizorable como una solución para la enferma.

Estuve frente a una situación no tan similar, pero familiar. Tener a mi esposo enfermo de cáncer de la laringe significó una fuerte batalla emocional.
“Nadie ha dicho que el cáncer se cura con una aspirina”, le recalcaba cuando flaqueaba ante el tratamiento, pero evidentemente el cáncer es difícil de vencer, sobre todo cuando has fumado una vida.

Y perdimos la batalla, con la diferencia que mi hijo y yo no supimos detectar el momento exacto para ceder el paso a la naturaleza.

A estas alturas hubiésemos preferido estar con él los últimos días, sin aquellas sesiones de quimioterapia que lo dejaban en tan mal estado, sin trasladarlo cinco veces a la semana para hacerle radiaciones, sin someterlo a la traqueotomía que lo hizo infeliz los últimos tres meses y por la cual en alguna ocasión nos escribió “sólo por ustedes soporto esto”.

No quiero inspirar lástima, pero deseo reflexionar sobre la realidad de muchos enfermos terminales, tal como fue la angustiada profesora francesa Chantal Sébire, que quizá un día seamos nosotros, y en la apremiante necesidad de legislar o acordar una salida “humana” a tal situación.

Sébire debió acudir a sus propios métodos, ante la negativa de la justicia de su país para proporcionarle el bienestar en los últimos momentos que ella misma hubiese elegido, y estoy segura que serían frente a sus tres hijos, los que se sentirían agradecidos ante el cese del sufrimiento de su madre.
La palabra “eutanasia” no significa maldad, aunque las interpretaciones de los principios religiosos nos digan lo contrario. Significa “bien morir” y nos habla de la dignidad hasta el último momento, ese instante que yo considero tan sagrado como el del nacimiento, tan privado que sólo deben estar los necesarios presentes.

La eutanasia, querramos o no, va a ser un tema muy fuerte en un futuro inmediato. Nos hará pensar en que si es humano retener a nuestros seres queridos sólo por el egoísmo de saber que su corazón late y ellos respiran, mientras el dolor más espantoso se apodera de su organismo.

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