• Feb. 7, 2011, media noche

El desánimo es parte de la vida. Tan parte de la vida como el entusiasmo. En mi último blog expuse mi pesimismo frente a la situación nacional. Nada de lo que ha sucedido en los últimos días me lleva a cambiar mi posición. Cada día leo los periódicos, veo los medios audio-visuales, miro a mi alrededor y no puedo evitar la sensación de estar en una máquina del tiempo que viaja irremisiblemente hacia el pasado; ese pasado en el que crecí y contra el que me rebelé: la consolidación de un poder autoritario y omnímodo que maneja ya los hilos del estado y de la sociedad y que nos entrampará a los nicaragüenses por muchos años por venir.

Sin embargo, la dialéctica de la historia me obliga a pensar que, por mucho que ese pasado se parezca a uno ya conocido, la repetición no será exactamente fiel. Sigo creyendo que la revolución sandinista no fue en vano y que dejó semillas profundas en las conciencias de muchos, muchos incluso que hoy creen ver en Daniel Ortega el retorno de sus viejos sueños. Igual que quienes como yo, estamos desilusionados ante las distorsiones y amañamientos del Orteguismo, hay un buen número de quienes, supuestamente, profesan lealtad al Gran Líder que, precisamente por su pasado, no logran dormir tranquilos por la noche.

Sabemos de intelectuales orteguistas deprimidos, de ideólogos que, de pronto, caen en el silencio, y de la actitud sarcástica y prepotente de otros que compensan sus inseguridades con patanería y unas sonrisas mefistofélicas. Como me decía uno de los comandantes de la Revolución años atrás: “Entre bomberos, no nos pisemos la manguera” El Orteguismo no reina seguro. En primer lugar porque entre quienes lo componen hay gente inteligente con dudosa vocación suicida. No sé cuántos darían la vida por su Gran Líder, pero entre los peces gordos, pienso que pocos. Están allí porque les conviene y les beneficia, o sea por una transacción. No hay fidelidad ideológica, ni puede haber cuando se ha terminado la ideología y la práctica es el rasero de medir con que operan nuestros actuales y desaforados políticos. La selva que habitan estos ciudadanos es espesa y traicionera y los caracteres de sus jefes son impredecibles y pueden mutar de un día para el otro. El que ayer era ángel, puede súbitamente convertirse en demonio, y esa tensión y ese equilibrio es precario. Lo saben ellos y lo sospechamos los demás porque en algún momento, en menor medida, lo experimentamos. Supimos de la delgada cuerda sobre la que caminábamos y en aquel momento, si la anduvimos, fue porque confiábamos en un “ideal” más grande que nosotros mismos.

Para algunos, sobre todo los más desinformados, ese principio todavía opera: su fidelidad está motivada por la convicción de que apuestan a un ideal más grande que ellos mismos. Los jóvenes, sobre todo, amamantados por la perspectiva de los ríos de leche y miel que sus padres sandinistas les prometieron, apuestan a esta reedición de la revolución que no conocieron, con un entusiasmo digno de mejor causa; pero la historía, igual que la justicia, camina sin importarle los abrojos que va dejando en el camino. En este siglo XXI resulta difícil pensar que la ignorancia y el engaño pueden mantenerse largo tiempo: la repetición de patrones, la aceptación de “verdades” disonantes con la realidad, la entronización de un modelo neo-social-capitalista generará sus alarmas; la omnipotencia engendrará sus rebeliones.

Apuesto a la historia para sostener mí esperanza.

Feb 5, 2011

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus