• Mar. 10, 2008, 3:16 p.m.
"Entre más conozco a mis amigas, más quiero a mi perro", escuché decir el otro día a una veterana periodista. Debo confesar que su comentario me chocó, porque me pareció terriblemente grosero y lo único que atiné a pensar es: ¡Ah saber qué tipo de amigas tiene…! pues hice una paralela instantánea con las mías y jamás se me hubiese ocurrido decir eso.

No obstante, debo reconocer que hay una buena cantidad de personas en Nicaragua y el mundo que prefieren la amistad de un canino a compartir sus alegrías y preocupaciones con un ser humano, pero mi asombro es mayor aún cuando noto que la mayoría de mis amigos y amigas se preocupan más por la alimentación de sus mascotas y por sus citas al veterinario, que por su alimentación y la salud propia, rayando, a mi manera de ver las cosas, en lo absurdo.

Y mi historia con los perros, los que para nada me gustan y a los cuales les temo, apenas empieza: Recuerdo que mi ex marido, cada vez que teníamos una discusión acostumbraba salir al patio para conversar con el "Pigüi", un pequeño perro que nos habían prestado con el interés de espantar a los ladrones, ya que el día se le hacía pequeño para ladrar.

Después de tres años de divorcio, decido darme una oportunidad y empiezo a salir con un hombre que llena mis expectativas en todo sentido, pero que a medida que lo fui conociendo descubrí que su afición por los perros no tiene límites.

Muy orgulloso de su mascota, un Pincher, sacó el celular y me mostró la fotografía, la que lleva en el móvil como protector de pantalla.  Luego me enseñó otras, en la que aparece el pequeño can sacando la cabeza por la ventana del vehículo, otra cuando se está alimentando y así sucesivamente…

Empezó a revelarme las virtudes de "Killer" y mi asombró crecía.  Ese animalito vive a "cuerpo de rey", es decir mejor que más de un millón de niños y niñas de este país.

Me relató que todos los días cocina para "Killer", y que es muy cuidadoso porque a él no le gusta la comida grasosa, debe llevar además sazón, y que cuando ya está servida se hace el rogado para comer por lo que ha tenido que aprender algunos trucos para llamar su atención hacia la comida.

De igual forma, maneja un rol de baño, visitas al veterinario y diversión, porque admite que su pequeño can es “trasero de carro” y el día que no lo lleva a pasear se pone estresado.

Pero sin ánimos de aburrir con esta historia perruna, debo narrarles que su amor hacia especie es tal que anoche que estuvo de visita en mi casa me propuso una idea loca: "me gustaría que en Nicaragua existiera un prostíbulo para perros, donde hallan perritas en celo de la raza de "Killer" y yo pueda pagar para que él se quite el stress".

Y a reglón seguido me explicó que su perro tuvo dificultades para perder la virginidad, porque él cree que no le gustan las perras de su tamaño y que la única vez que ha tenido sexo fue con una perra callejera mucho más grande, por lo que se tuvo que esforzar el doble para realizar el acto.

Creo que me echaron la maldición del perro, porque para terminar con este relato mis dos hijos todos los días me exigen los deje tener un perro en casa, ya que el "Pigui", el perro prestado que anteriormente les conté, lo atropelló un carro y por gracia de Dios ahora no hay, pero cada amanecer libro una batalla para evadir el tema, empero cada día me pregunto ¿Hasta cuándo dejarán de perseguirme?

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