• Mar. 14, 2011, media noche

El terremoto y tsunami en Japón nos enfrentan con la precariedad de la existencia humana. Somos frágiles, vulnerables e indefensos ante las fuerzas de la Naturaleza. Qué pequeñas resultan las ambiciones y preocupaciones cotidianas cuando nos percatamos que un minuto de sacudida de la Tierra o de desborde del mar puede alterar para siempre el curso, no sólo de nuestra vida, sino de todo cuanto considerábamos estable, seguro, predecible.

El Japón, un país próspero, la tercera economía del mundo, el más preparado para enfrentar terremotos y tsunamis, se bambolea y sufre bajo el efecto de una tragedia de magnitud sin precedentes. Uno no puede menos que preguntarse cómo sobreviviríamos nosotros en Nicaragua si otra vez experimentáramos un terremoto como el del 72 o peor.  ¿Qué tipo de reservas hemos acumulado para esta eventualidad? ¿Dependeremos únicamente de la ayuda externa?

Ya que me ha tocado vivir tanto el terremoto del 72 en Managua, como el de 1994 en Los Ángeles, no puedo dejar de recomendarles lo importante que es contar con una provisión de terremoto. En las primeras horas, y a veces días de una gran catástrofe natural, no hay ayuda accesible. Uno y su familia dependen de sus propios recursos. En países como el nuestro, especialmente, en los que no hay sistemas de rescate bien organizados, es elemental saber que uno tendrá que defenderse solo por un buen rato antes de recibir ayuda. Los que tenemos más posibilidades, cuando hagamos preparativos, tendremos que pensar en otra gente que necesitará de nuestra solidaridad.

Por lo mismo, hay que poner en una caja de plástico, o de cartón: baterías, un radio portátil, latas de comida, galletas de soda, arroz y frijoles, azúcar, café y sobre todo, varios galones de agua. Los que puedan, incluyan fósforos, colchas, lámparas de mano, leche en polvo, si tienen niños. Esa provisión, por elemental que sea, puede significar la diferencia entre no tener ni agua y la relativa tranquilidad de saber que podremos sostenernos hasta que se normalice la situación. Es también importante elaborar un plan con la familia de qué hacer en caso de que el terremoto suceda a la hora en que cada quién está en un lugar diferente; tener un sitio acordado de reunión en caso fallen las redes y los celulares. Debemos asegurarnos de que los colegios de nuestros hijos tienen un plan y un refugio o punto establecido donde podremos recoger a los niños en caso de emergencia. (Otra buena costumbre, para los que tienen vehículos, es no esperar la mañana para rellenar los tanques cuando se estén quedando sin gasolina).

Tragedias como ésta deben hacernos reflexionar en lo súbito que pueden ser estos terribles hechos de la Naturaleza. La única verdadera lección dentro de la incertidumbre que lo invade a uno contemplando esta tristeza,  es la conciencia de que en países con alto riesgo sísmico, es necesario prepararse, no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy cuando brilla el sol y tenemos firmemente los pies sobre la tierra.

Marzo 14, 2011

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