• Abr. 5, 2011, media noche

 

 

Para quienes no lo sepan, George Orwell es un escritor inglés (1903-1950) autor de dos de los libros más leídos del siglo XX: La granja de los animales y 1984. Agudo, divertido y revolucionario, Orwell plasmó en su ficción retratos de sociedades injustas, utilizando para esto un lenguaje metafórico y de fábula. Actualmente, se dice que algo es “orwelliano” cuando recuerda las parodias que él utiliza para evidenciar o burlarse de los sistemas de gobierno que vía represión, manipulación o propaganda aspiran al control social. Orwell es una especie de García Márquez de la novela política; utiliza la exageración y el humor para mostrar cosas que pueden no ser evidentes a simple vista. Les recomiendo ambos libros.

Traigo a Orwell a colación porque en estos días, no he podido más que pensar que este período de la historia de nuestro país bien alcanzaría en una novela suya. Y es que realmente aquí tenemos un gobierno que no sólo hace lo que le da la gana, sino que está empeñado en PROBARNOS que lo hace. Otros gobiernos tratan de disimular sus manejos; el nuestro no. Se ufana de ellos y nos los restriega en la cara. Entre tantos trucos, como el de darle volantín a la Constitución para instituir la reelección o declarar la prolongación de términos para funcionarios que ya han cumplido su término legal, creo que es digno de mención el manejo que hacen del tiempo. A la prueba me remito: díganme ustedes, ¿en qué parte del mundo hay árboles de Navidad en Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo…todo el año?

Cuando, pasado Diciembre, uno llega a Managua en avión, hay que ver las exclamaciones de los no-nicaragüenses. Sacan calendarios, se vuelven a ver. Les desconcierta no sólo la prolongación de la efeméride, sino el derroche de luces decorativas en estos tiempos de petróleo caro, donde hasta en los países más ricos ahorran en esas cosas. ¿Cómo es que hay árboles de Navidad en su país cuando ya pasó la Navidad? -le preguntan a uno- y uno tiene que sonreír y decir que es una tradición indígena ancestral o algo así, igual que la medicina chamánica que recién fue legalizada por el Ministerio de Salud. Pero hay que preguntarse, en serio, de qué se trata este espejismo. ¿Será que vivir en un estado de Navidad perenne tiene un efecto en la siquis?, ¿un efecto Orwelliano, quizás?

¿Será que ver los árboles de Navidad nos pone en el ánimo conocido como de “venado lampareado”? ¿Nos pone mansitos y hace que la música de Noche de Paz, Noche de Amor, suene en lo íntimo de nuestros cerebros, para decirnos que no es conveniente, en Navidad, estar furioso porque en este gobierno en el que somos “pueblo presidente” no se escuche más que la voz y la opinión del Gran Hermano?

A los árboles de Navidad, corresponde también –y por eso se me ocurre sugerir esto del manejo del tiempo- otro salto en el calendario: el retorno a los años 60. Lo vimos por primera vez cuando, para evitar que los jóvenes protestaran ante el Consejo Supremo Electoral por no impugnar un candidato que nuestra Constitución considera vetado para serlo, se armó de la noche a la mañana, en las aceras de este poder del Estado, un campamento de jóvenes amantes del Amor y la Paz. Los símbolos de los hippies (que esos jóvenes ni conocieron) de  repente salen a bailar en nuestro paisaje político en el año 2011 de nuestra era, ya cuando aquellos que vivimos esa época poco a poco cruzamos a regañadientes, los umbrales de la Tercera Edad.

Y claro, si se le puede ordenar al tiempo que se reinvente y regrese para una campaña electoral donde parece haber la disposición de imponer la consigna del Amor y Paz a garrotazos, ¿por qué no se iba a impedir una marcha de la oposición con la historia de que los jóvenes inocentes de nuestro terruño, querían, al mejor estilo de Woodstock, acampar en una plaza de Managua para un concierto? Da la casualidad, sin embargo, que era precisamente por esa plaza por donde habría de pasar la marcha convocada por otros ciudadanos para protestar porque un mismo señor se sienta con derecho y utilice su poder para proclamar que, sin importar que haya sido ya presidente DIECISEIS años en total, quiera serlo por otros SEIS.

Así sucedió que, mientras los jóvenes con sus camisetas de Paz y Amor, escritas en la caligrafía de la Primera Dama (la misma que domina la publicidad del gobierno), llegaban en cantidades navegables en abundantes buses de todas partes del país, la marcha de unos cuantos valientes que no se arredraron por los tranques de la policía impidiéndoles el acceso, o por los rumores de que serían linchados o apedreados por la paz y el amor, fue detenida y acorralada por un despliegue policial sin precedentes. La razón de esta sinrazón era, supuestamente, que si la marcha llegaba al lugar donde se cantaba la Paz y el Amor, habría derramamiento de sangre.

(Les dije que era Orwelliano todo esto) Para cerrar el episodio con la cereza del colmo: la institución que dice operar para el bien de todos, colocó, en primera línea frente a los manifestantes que reclamaban avanzar hacia el sitio que ellos en primera fecha solicitaron, a sus jóvenes mujeres policías. Un uso maquiavélico del amor y paz y del género que recién se estrena en estas lides

Los manifestantes, hay que decir, abrazaron el espíritu de la época cuyo tiempo se intenta hacer retornar: se tiraron al suelo y los tuvieron que cargar –lo mismo hacían los policías en los años 60 con los hippies que protestaban- y cantaron el himno obligando a los agentes del orden a esperar y no moverse mientras durara el canto.

En una parte de la calle se vio la parafernalia de los años 60, patrocinada por un Estado que intenta que hasta el tiempo le obedezca; en la otra, abundó el espíritu rebelde que sí hizo de los sesenta una época revolucionaria.

Como bien dijo Heráclito: Nadie se baña dos veces en el mismo río.
 

Managua, Abril 3, 2011

 

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