• Abr. 4, 2011, media noche

 

Libia

 

Lo que inició como otra revuelta ciudadana en el mundo árabe, ha pasado a convertirse en una guerra desatada, cuyas consecuencias son imprevisibles.

Hay insurgencia en Libia. Su población, tras muchos años de soportar un dirigente como Gaddafi, cada vez más endiosado y desprestigiado, decidió unirse a la ola rebelde que se extiende en el mundo árabe y que ya logró desalojar a varios tiranos del poder.

En este caso, se trata, después de todo, de un dirigente y un gobierno a quienes se les probó su involucramiento en el estallido de un avión comercial sobre Lockerby, en el que murieron más de 300 civiles inocentes.

No es de extrañar entonces que en Libia, a diferencia de otros sitios, su “gran líder”, seguramente escarmentado y temeroso por los avances populares en países del área, optase por enfrentar la rebelión de su propia gente con una respuesta armada y despiadada, que incluyó sacar el ejército a combatir los grupitos de rebeldes y hasta bombardear las ciudades donde se concentraban los focos de rebelión de la ciudadanía Libia desafecta (igual hizo Somoza en la insurrección nicaragüense).

El inicio de esta “operación limpieza” de Gaddafi contra la población civil generó, en la Casa Blanca, la reacción de un grupo de mujeres importantes: la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, la Embajadora ante las Naciones Unidas, Susan Rice y la consejera del Consejo Nacional de Seguridad, Samantha Power.

Esta última, sobre todo, es un personaje interesante. Alta, pelirroja, y pecosa, es una mujer joven y brillante, ganadora del Premio Pulitzer por su libro: “A problem from Hell” (Un problema infernal), en el que critica severamente la indiferencia de Estados Unidos y del mundo ante la masacre de Ruanda. Ella es una intelectual estimada en los círculos académicos y profesora de la Escuela Kennedy en Harvard. Incluso, fue despedida del equipo de campaña de Obama, por decir que Hillary Clinton era un “monstruo”. De su experiencia en Ruanda, surge su planteamiento y propuesta de que en el mundo moderno, es ético recurrir a lo que ella llama “intervenciones humanitarias”, cuando la vida de cientos de civiles es amenazada por la acción de gobiernos o grupos que masacran a sus conciudadanos por razones políticas, religiosas o tribales.

Su razonamiento es que el mundo (y Estados Unidos como potencial mundial) tiene la responsabilidad de detener las masacres de civiles inocentes víctimas indefensas de gobiernos autoritarios que controlan ejércitos y  recursos militares, y que la doctrina de la “no intervención”, no puede justificar la inacción ante situaciones como la de Ruanda donde ocurrió un verdadero genocidio.   

Difícil es, sin duda, el conflicto entre lo que es ético y lo que es lícito, cuando lo “lícito” lo definen quienes actúan en contra de la legalidad y violando los derechos ciudadanos de sus gobernados. El problema es que la decisión de cuando se trata de una “intervención humanitaria” y cuando no, supone una objetividad que, a menudo, está fuera del alcance siempre interesado -no hay que ser ingenuo- de las grandes potencias.  Así es que no intervinieron en África pobre y olvidada, pero el clamor de la misma Power, de Hillary Clinton y de Susan Rice, de que debía actuarse en Libia para evitar una previsible masacre de civiles, fue atendido sin demora.

Por mucho que uno celebre que los rebeldes libios no hayan sido aplastados inmisericordemente; por mucho que, desde la masacre de Lockerby, Gaddafi haya pasado a engrosar la lista de líderes deleznables e imperdonables del mundo, hay razones para albergar  serias reservas y objeciones por la manera en que esta supuesta “intervención humanitaria” ha escalado en tan corto tiempo hasta convertirse en una guerra aérea cuyo propósito claro es terminar con el actual régimen libio. Y estas reservas pueden considerarse también de índole humanitaria: No se requiere experiencia de combate para deducir, a partir de los reportajes en los medios, que los rebeldes libios, por mucho coraje y decisión que tengan, son grupos desorganizados y anárquicos a quienes aún les faltaba tiempo e historia de lucha para constituirse en un alternativa de poder para el pueblo libio. Uno tiene que preguntarse si no sucederá allí lo que en Irak, si no le costará al pueblo libio centenares de muertos y años de inestabilidad peores aún que el gobierno de Gaddafi, esta ingerencia extranjera. La historia tiene sus tiempos y cuando éstos se aceleran, con la fuerza desmedida de una intervención militar a gran escala,
el resultado puede ser tan destructivo como el mal que se pretendía evitar.

Si de argumentos humanitarios se trata, la coalición de naciones que está tomando en sus manos las riendas del destino de los libios, tendría que detenerse a contemplar la necesidad de discutir con el propio Gaddafi, los términos de una transición que impida el caos y proteja la existencia y las vidas de los civiles. Puede que resulte repugnante la idea, puede que Gaddafi, siendo quien es, rechace cualquier arreglo, pero la ética propuesta por Power, a la que se aludió en la ONU, debe ser honrada y las vidas de los civiles y el destino de Libia requiere que se piense en cómo hacer menos costoso y doloroso el recambio.

     
Abril, 2011

 

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