• Abr. 13, 2011, media noche

 

"Abril es el mes más cruel" dice T.S.Eliot en su famoso poema “La Tierra Baldía”.

No entendí este verso si no hasta que pasé una temporada en un país con cuatro estaciones. Para mí, habitante de una nación con sólo una estación seca y otra lluviosa, Abril era, sin duda, el mes más cruel: un mes de sequía, de tierra desteñida, de calores insufribles. El sentido del poema de Eliot, sin embargo, es diametralmente contrario a este concepto.  Para él, Abril es el mes más cruel por ser el mes más bello de todos: el inicio de la primavera, el reverdecer del mundo hasta entonces envuelto en la austera belleza del invierno. Comparar el árido corazón del poeta, con la magnificencia de la naturaleza a su alrededor, era lo que, para Eliot, hacía de Abril el mes más cruel de todos.

Abril, principios de Mayo, se me hizo a mí de una inusitada crueldad cuando me enteré de que la gerencia de El Nuevo Diario estaba en negociaciones con el gobierno para que éste comprara sus acciones y la sacara del atolladero económico en que se encontraba. Empecé a pensar que la profecía de Camping, de que el mundo terminaría el 21 de Mayo, no sería quizás una locura suya: cambiarían todos los signos, lo que antes era nuestro, dejaría de serlo, el mundo conocido dejaría de parecerse a sí mismo, entraríamos en una etapa de dislocación, de nombrar todo otra vez de acuerdo a la voluntad de unos gobernantes empeñados en cambiarle el sentido a la historia y las palabras.

El Nuevo Diario ha sido parte de mi historia desde los años 80. Viví de cerca la separación de Xavier Chamorro y su equipo de periodistas, del diario La Prensa. Era el lugar donde encontraban desde las más alocadas noticias (nunca olvidaré una que hablaba de un concurso de “lanzamiento de enanos” en Australia) hasta los editoriales más sentidos y verdaderos o los artículos más brillantes. El Nuevo Diario, a veces me dejaba pasmada por sus exageraciones, pero era y siempre fue una suerte de “obra en progreso” que, poco a poco, aspiraba a mayor profesionalismo de sus periodistas y a ser más centrado y veraz.

Cuando estuve fuera de Nicaragua, la lectura de El Nuevo Diario era mi manera de estar conectada con el país. Antes de que existiera la edición electrónica, mi papá se encargaba de mandarme los rollos de periódicos mensuales, que yo desempacaba a fin de mes con la alegría de quien descubre un regalo al lado de su cama. Me lo leía de cabo a rabo, incluyendo los clasificados y me parecía que el periódico olía a tierra mojada o a las flores silvestres de Diciembre, o a la pólvora de la Purísima. Ese periódico guardaba en blanco y negro, la historia de mi país. ¿Cómo imaginar que no seguiría siendo así?

En medio de las alarmantes noticias de la venta del periódico, fui testigo, junto con otros muchos nicaragüenses que nos reunimos en las redes sociales, de iniciativas hermosas como la de generar un movimiento popular de “accionistas solidarios”, todos contribuyendo en la medida de nuestras posibilidades, para comprar acciones del periódico y evitar que éste tuviera que venderse al mejor postor y dejar de ser lo que era; escribí cartas a amigos de la iniciativa privada, me escarbé el cerebro en pos de ideas creativas que aportar a ese movimiento en gestación organizado alrededor de la Operación Salvamento de El Nuevo Diario.

Afortunadamente, el revuelo de tantos tuvo su efecto. La apatía -a menudo lamentable- del sector privado, celoso de sus privilegios, frente a las arbitrariedades políticas del país, fue sacudida por la posibilidad de perder esa voz independiente en un panorama cada vez más mediatizado por la propaganda oficial.

Y aparecieron los Pellas y después Rodrigo Ortiz Gurdián, y la crisis se resolvió con el margen suficiente para asegurar la supervivencia de la línea editorial del periódico, con la permanencia de su director, Francisco Chamorro y del personal a quien el periódico debe su solidez. Como le dije a alguien que planteaba cuál era la diferencia entre el gran capital y los Ortega-Murillo: entre la espada y la pared, prefiero la pared.

En algún momento pensé que este blog emigraría de estas páginas, donde ya no habría  espacio para decir lo que opino con toda libertad. De manera que me siento muy contenta de retornar a la pequeña caseta de observación que ha sido esta bitácora en los últimos cinco años y volver a escribir desde aquí. Me alegra retornar a la comunidad cibernética que existe alrededor de este blog y en la cual hay muchos que ya considero amigos aunque sólo nos conozcamos las plumas.

Estoy segura que el mundo no se va a acabar el 21 de Mayo, igual que estoy segura de que El Nuevo Diario, gracias a esta experiencia, se empeñará en seguir mejorando para corresponder al cariño y la fidelidad que los nicaragüenses le han demostrado en estos momentos de crisis.
Mayo 19, 2011

 

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