• Jun. 1, 2011, media noche

 

A Alex Uriarte Acuña

Verlo de nuevo acostado en su cama abrazando a su muñeco favorito “Bob, el Constructor”, o como Alex suele llamarlo de forma particular, ‘wache’, me regresaba la felicidad, y sentido a la vida.  

Difícilmente olvidaré esa imagen cuando ingresó de emergencia en el Hospital Fernando Vélez Paiz, mientras lo canalizaban y ponían sonda nasogástrica para que le ayudara a defecar, y la enfermera de anteojos con marcos negros juveniles irónicamente cuestionaba nuestra angustia de padres, “vieron que gastaron su dinero para nada en esas clínicas de garajes porque al final vinieron a parar aquí. No se cuando van a entender que en este hospital están los mejores pediatras”. Alex se quedaba sin aire, casi desmallado, su llanto se apoderaba de toda la sala. Lesbia lo acompañaba en su dolor, actitud que sirvió de pretexto para que la enfermera, también nos llamara la atención: “No señora no se ponga a llorar, eso no le ayuda a su hijo. Si no coopera, ¡se sale por favor!”

En un par de horas, la excelente intervención profesional del equipo comandado por la doctora Salinas, diagnosticó que se trataba de un íleo paralitico. Alex después de 48 horas, por fin pudo defecar y se le quitó el dolor. ¡Fue la mierda con el aroma más rico del mundo! Algo que no funcionó con los pediatras y clínica previsional con quienes habíamos consultado. El primer pediatra luego de escuchar los motivos por los que Alex no iba al baño mágicamente sacó un diagnóstico casero “Póngale un par de supositorio para que defeque”; y luego en la clínica previsional la funcionaria indicó que con el suero que le había aplicado se le quitaría el dolor y luego defecaría. El dolor en el estomago continuaba desesperando a mi hijo Alex, eso me obligó a solicitarle ayuda a mi amigo José Miguel Fonseca, para que me atendieran literalmente de emergencia; de esta forma Alex por primera vez en cinco años tuvo que visitar el Hospital Fernando Vélez Paiz.

La buena imagen que llevaba en relación a la atención que brindaban en Emergencia, cambió luego que ingresé a la Sala de Gastro. Con solo hacer contacto con la puerta de madera sin cerradura de la sala denotaba que el ambiente era precario: los muebles donde almacenan los medicamentos están sin pintar y los orificios son cubiertos con un afiche de la efigie del Comandante Ortega; y para colmo, las pocas sillas y el único baño medio decente están “auto asignados” para el personal médico; las bañeras lucen amarillo pálido por falta de cloro, alimentadas únicamente por los vómitos y heces de las pacientitas y pacientitos.

Cuando ingresamos a esta sala, los rostros llenos de cansancio y ojeras, en su mayoría de madres y abuelas, apoyados en las pequeñas camas metálicas blancas y sillas medianas destartaladas nos dieron la bienvenida combinada con una mirada seca, sin esperanza y como queriendo decir: “Bienvenidos a pasar el Niágara en bicicleta”. La mamá de Adrianita, procedente de Matagalpa amablemente nos saludó mientras se deslizaba con dolor en sus pantorrillas inflamadas producto del desvelo de 8 días, aprovechó la bienvenida para orientarnos las reglas de oro del pequeño territorio de la doctora “Muerte”. Aquí no es emergencia. Todo camina lento y las enfermeras muerden. No suba a su hijo en esa bañera porque únicamente son para los niños con calentura, diarreas, etc.

El hacinamiento campea. El problema obedece a que los dos pisos de arriba no funcionan me dijo una doctora de turno, dato que no pude corroborar. Pero  comprobé que al fondo de la sala había más espacio el cual era considerado largo para las enfermeras. Mejor como la gallina con sus pollitos bajo el ala, dijo otra auxiliar de enfermería una de las pocas que atendían con humor.

Los doctores jóvenes recién egresados de la universidad son quienes más humanismo muestran con las niñas y niños. Nada parecido con los doctores y enfermeros con más años de servicio. Recuerdo la mirada apenada y sin argumentos de la madre que trataba de calmar a su beba. La doctora de turno a la una de la madrugada se le acercó fríamente diciéndole que controlará los llantos desesperados de su hija, que así como se animó tenerla también mostrara carácter.

Le dijo, Esa niña no te puede dominar, además sos una mujer con hijos ya adolescentes, para qué tuviste más hijos.

La madre compungida respondió: Es que me sentía sola.

La doctora le espetó, -Pero si uno al final queda solo, esos son pretextos…bueno ya sabe la norma en este lugar.

A los tres días que me volví a encontrar a la enfermera de anteojos con marcos negros juveniles, como si le había quedado algo pendiente en su discurso de la primera vez, con su peculiar sonrisa sarcástica me dijo: recuerde que en Nicaragua solo hay dos hospitales de referencia infantil, y el de los Pellas, ¡vos escoges!

Los diarios y La Guerra de los mundos, me sirvieron de buenos acompañantes en las 96 horas de desvelos, compartidas con Lesbia, para que en medio del bullicio me sumergía en la visita de los marcianos en Gran Bretaña descritos por Hebert George Wells, pero una vez que buscaba como descansar, en el piso rojo con blanco que ofrecía como recámara a sus huésped el coloso del doctor Fernando Vélez Paiz, me recordaba que estos eran los verdaderos marcianos con los que debía luchar para conciliar un poco el sueño.

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