• Jun. 14, 2011, media noche

Muy probablemente les ha tocado llamar a empresas para preguntar si tienen algún producto, quizás una silla semiejecutiva -no confundir con la secretarial ni la ejecutiva deluxe-. Lo bueno es que tiendas especializadas en sillas parecen no escasear en Managua, hay combinaciones de la palabra muebles y oficina en distintas formas, seguro también hay una “Casa de las Sillas”, como hay una “Casa de las Mangueras” o “Casa del Perno”.

Espero, por su propia paz mental, que no les haya tocado nunca preguntar por una “goma árabe”, como sí le tocó a una colega de trabajo que cada vez que llamaba a un lugar tenía que explicar que no buscaba chicle, sino resina. Siempre que terminaba la conversación con la “encargada”, se quejaba:

-¿Por qué la gente que contesta en las tiendas nunca sabe nada?

Obviamente es una pregunta retórica, pero ahora que lo pienso, y dado que es fin de semana y tengo tiempo para estas cosas lúdicas, llego a la conclusión que no sólo no saben, sino que tampoco les importa.

El otro día llamé a una librería para preguntar si tenían 30 bolsas de regalo de papel kraft, la señora me dice que no sin dudarlo ni un segundo. Llamo a 2 librerías más, tampoco, siempre lo mismo, parece que se saben el inventario de memoria. Me empiezo a preocupar y le pido a mi compañera de trabajo que vaya a varias tiendas y pregunte, quizás en persona cambia la cosa.

A los 40 minutos me llama por teléfono y me dice que está en una librería donde sí tienen, pero que en otra de sus sucursales, casualmente a la que había llamado primero.

-Quién sabe por qué te dijeron que no había-, me dice. Yo tengo mi teoría conspirativa sobre eso, pero no vale la pena compartirla.

Y esto que estamos hablando de preguntar si hay o no hay algo. La cosa va peor cuando uno “pide” una cotización por teléfono. Primero, hay que hablar rápido porque la persona que contesta parece tener cosas más importantes que hacer y siempre suenan como si estuvieran en medio de una conversación y la interrumpiste –Qué mala educación-.

Segundo, hay que tener las cosas anotadas y en una lista, porque a la mínima duda te dicen “si quiere puede llamar más tarde”. Pues si hubiera querido llamar más tarde, hubiera llamado más tarde, ¿no?, pero mejor no le digo eso no vaya a ser y no me envía la cotización.

Tercero, termina la conversación y acordamos que él o ella me enviará la cotización por la tarde a mi correo electrónico. Yo sé que salvo un milagro eso no va a ocurrir. La otra persona también sabe que no lo va a hacer. Así que estamos jugando “al ser escondido”.

Como ejemplo extremo, una cotización que pedí hace un mes de una computadora y que todavía no me ha llegado al correo, sólo por no perder la fe busco en la carpeta de Spam, nada, sólo viagra y algún heredero de alguna fortuna que quiere mis datos de banco para transferirme todo su dinero. Les diría el nombre de la empresa que no me ha enviado la cotización, pero no vale la pena, en realidad todas las empresas con las que he lidiado tienen el mismo problema.

Entendería mejor la situación si estuviera solicitando una cotización para “diseño de un libro de X cantidad de páginas, a un tamaño de Y por Y”. Pero cuando se trata de algo tan concreto como una computadora, lo lógico sería que tuvieran una lista con los precios, todavía mejor si tuvieran un sitio Web actualizado, pero no, eso sería fácil, sería como estar llamando a una empresa cuyo negocio verdadero es vender.

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