• Jun. 29, 2011, media noche

No hace mucho les compartía que ya había empezado a dudar si todavía pertenecía a ese grupo llamado “jóvenes”. Un grupo donde hay “de todo un poco”. Está el pequeño porcentaje de la población que tiene acceso a la universidad y carreras técnicas, otros que se buscan la vida desde que salen de secundaria, otros no terminan la primaria por diferentes motivos y así sucesivamente se va desgranando el quesillo en trenza que es ese grupo diverso.

Hace muchos años, cuando no había duda que era joven, recuerdo que mi jefe me regañó cuando me quejé por una manifestación del 6%: “qué barbaridad”, me dijo “si estás en la edad en que tenés que pensar que una mejor vida es posible, ¡imagínate después!”. De repente sentí como si me hubieran tirado un balde de agua, tenía toda la razón, tal parece mi vida prematura de almuerzos ejecutivos me estaba llevando a preocuparme más por la circulación en la ciudad, que la lucha por derechos estudiantiles.

Pasó algún tiempo, y cuando Yasser Martínez y otros líderes universitarios se tomaron la UCA, pensé que tenía la oportunidad de hacer la diferencia. Como estudiaba comunicación social pensé, “ve, puedo ayudar a llevar el mensaje a más gente”. Recuerdo que llevé a algunos líderes del movimiento a un canal de TV para que los entrevistaran, dijeran que no eran ningunos “chavalos vagos”, trataran de convencer a la audiencia de la importancia de la “lucha”. La toma duró un par de días y luego se llegó a acuerdos… lo demás es historia.

Estos días veo incrédulo que la lucha de los universitarios ahora es por mayores condenas para jóvenes y adolescentes como ellos, nada más que aquellos son criminales, no universitarios. Como decía, el porcentaje de la población que tiene acceso a la universidad es bastante bajo, toda una elite a la que yo también pertenezco, unos “culitos rosados” pué…

Hay algo de perverso cuando unos jóvenes piden mano dura contra otros jóvenes. Estoy más que claro que algunos pensarán que estoy justificando un crimen, aunque en ningún momento he dicho eso, hay personas que les gusta sacar conclusiones ligeras o poner palabras en boca de la gente, mala costumbre esa si me preguntan.

No me mal interpreten, un crimen es un crimen, y no me refiero a crímenes que no ocasionan ni muertos ni heridos, como el de los jóvenes de REJUDIN, cuyo crimen no fue beber licor, porque eso no es ningún crimen, sino utilizar recursos ajenos para diversión personal, como las oficinas de su organización, que tampoco es penado, pero al menos debería de darles un poco de vergüenza y renunciar a la organización para no perjudicarla más, pero dejemos eso que ya en las redes sociales se le ha dado bastante vuelta al asunto.

Todo esto más bien lo digo por el caso del joven Ponce. Cuando me di cuenta, me entristecí mucho. Yo doy clases como profesor invitado en la UCA a jóvenes de más o menos esa edad, y pensar que uno de mis alumnos podía ser ese muchacho, me dolió. Entendí la reacción inicial de los jóvenes en pedir justicia, pedir la máxima condena por lo sangriento del crimen, pero todo ha ido escalando con tal velocidad, que algunos diputados (en año electoral, ve qué casualidad) están pidiendo una reforma al Código de la Niñez y la Adolescencia. Mientras, los jóvenes parecen estar contentos con los diputados que ahora sí, escuchan sus reclamos, no como en mis tiempos, que hasta muertos hubo por la represión a una manifestación cercana a la Asamblea, precisamente por el 6%.

Y de repente se oye a periodistas y comentaristas decir más seguido cosas como “chavalos vagos”, “niños asesinos”… y así seguirá subiendo el tono, sin ninguna duda, hasta que no haya ninguna diferencia en nuestra mente entre un joven esperando en una esquina a un amigo, a un posible ladrón esperando a ultimarnos.

Tomar decisiones con la cabeza “caliente” puede ser imprudente, tal vez es por eso que existe la frase “lo consultaré con la almohada”. Ahora que lo pienso, tal vez es por andar diciendo frases como estas que los amigos de mi hermano me dicen Don.

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