• Jul. 11, 2011, media noche

Cuando la contestadora del teléfono público me pidió cinco centavos de dólar más para poder hacer la llamada que podía resolverlo todo, me sentí chiquito. Los únicos 45 centavos de dólar que me acompañaban, estaban exactamente dentro de la misma máquina que me pedía más dinero ubicada cerca de la salida del aeropuerto internacional de San Diego en California.

Todo mi dinero se había quedado en mi cartera cuatro horas y media antes, exactamente en el área de Seguridad de Migración del aeropuerto internacional de Miami.

Al escuchar el requerimiento monetario del aparato, me reí de mi mismo. Eran el equivalente a lo que cuesta un huevo en mi país. Vi de un lado hacia otro en la terminal en busca de alguien que  adivinara lo que me ocurría, pero la gente solo hablaba entre sí o por celular, algunos abrazaban a amigos o familiares que los llegaban a buscar y otros corrían en busca de algún transporte que los esperaba fuera del sitio.

Quería llamar a mi tío en Miami, para que indagase por el destino de mi cartera en el aeropuerto y cuando colgué frustrado por no tener los cinco centavos ¡sorpresa! El teléfono público había decidido no devolverme los 45 centavos y dejarme sin nada. Era lo último que podía ocurrirme después de cada aventura que me había tocado vivir en el viaje más accidentado que he tenido en mi vida.

Por suerte el hotel en el que me hospedaría era de línea gratuita para que me llegasen  a buscar al aeropuerto. Llamé desesperado temiendo no estar registrado, pues la reservación no la había hecho yo, sino un equipo del Instituto de las Américas, de la Universidad de San  Diego, que me había invitado para participar en una conferencia sobre “Periodismo y riesgo”.

José es el nombre del mexicano que se encontraba en el lobby y desde el otro lado de la línea, luego de unos minutos de búsqueda me confirmó que estaba en la lista. “En 20 minutos llegan por usted”, anunció y yo respiré profundo.

La película otra vez
Salí del aeropuerto y sentí el gélido ambiente de la ciudad a 14 grados, me acerqué a la banqueta donde me habían indicado llegaría a buscar el conductor del hotel de nombre Ryan. Me senté y empecé a recordar todo lo ocurrido.

Me vi en el cuarto de mi casa en Managua, Nicaragua, acomodando las últimas cosas en la maleta y pensé en lo diferente que hubiese sido si antes de salir, hubiese distribuido el dinero una parte en la maleta, otra en el bolsillo del pantalón y el resto en la cartera. ¡Dios! Ya era inútil pensar en eso. El pasaporte estaba conmigo con el boleto y eso era un alivio.

Y continué con el repaso de todo lo que había ocurrido. Vi a mi madre encomendándome a Dios, luego mi llegada al aeropuerto de Managua y recibiendo ahí la llamada de mi tío desde Miami, que sabido que estaría al menos 2 horas con 30 minutos en el aeropuerto de esa ciudad en espera del vuelo que me llevaría en escala a Dallas, llegaría a buscarme para almorzar juntos, como en efecto ocurrió.

 Me vi comprando un café en el aeropuerto de Miami, en busca de monedas para llamarlo a su celular e indicarle la puerta del aeropuerto por la que saldría. Luego de comunicarme me quedaron en la bolsa 45 centavos de dólar que guardé en el bolsillo pequeño de mi pantalón.

Mientras recordaba sentí de nuevo en mi boca el gusto del pollo a la plancha, con fríjoles molidos, ensalada y tortilla caliente, que habían preparado en casa de mi tío y que degustaba en medio de una plática amena sobre cualquier cosa y me vi nuevamente tomándole fotos a la enorme panza de mi prima embarazada a punto de dar a luz en esos días.

Nunca perdí de vista el reloj que se apresuraba a marcar la hora en  que yo debía abordar el vuelo hacia Dallas. Faltando 40 minutos para que ese momento llegara, pedí que me llevaran a la terminal en donde estaba 15 minutos después. Me despedí e ingresé al aeródromo y aquí comenzó todo.

“Sr. Su cartera por favor”
La hilera de personas que se encontraban en el área de Seguridad de Migración, era interminable y yo tenía solo 25 minutos para llegar hasta el área de abordaje. El frío del temor se alojó en mi estómago, sabía que había abusado del tiempo a mi favor y que podía pagarlo caro.  Y en medio de indicaciones que quitarse zapatos, fajas, relojes, monedas, celulares y demás, fui avanzando hasta la “caja detectora”.

Me despojé de todo para evitar cualquier atraso y lo puse en la banda para que las máquinas lo analizaran. “Señor su cartera”, me pidió el oficial de Migración, lo cual me llenó de asombro, pues nunca me la habían solicitado y se la di. La acomodó en una pequeña pana y me ubiqué en la detectora. “Mantenga sus manos arriba”, me ordenó en inglés el oficial encargado, mientras yo desesperaba por salir en busca de la puerta para abordar mi vuelo.

Sin que me lo dijera bajé los brazos y la máquina se activó, provocando el cierre y apertura continua de la puertas del aparato, y vino el regaño del oficial, que me envió donde uno de sus compañeros para que me revisara en detalle, mientras mi tiempo se agotaba. “Todo está bien”, me dijo y procedí a buscar mis cosas, medio me puse los zapatos, la faja, la chaqueta, metí la computadora en su bolso, los 45 centavos de dólar y corrí.

El abordaje se había cerrado cinco minutos antes de que yo llegara y supliqué que me dejaran subir al avión, argumentando que era de conexión y que si lo perdía, me complicaría todo. Luego de discutir entre si las dos mujeres que estaban a cargo del asunto, me dejaron subir. “Gracias Dios”, pensé, me acomodé en el asiento y dormí tranquilo.

Para llegar a la puerta de abordaje que me llevaría de Dallas a San Diego, tenía solo 40 minutos y solo en bajar de la nave que me traía de Miami, tarde 25, entre el espacio que se tomó el avión en la pista para llegar a la puerta que le correspondía y el que se tomaron los pasajeros en salir del aeronave.

Bajé nuevamente con el estómago frío y las piernas me empezaron a temblar mientras corría hacia un área de información que me indicara como llegaría hasta la puerta 28 D del enorme aeropuerto de Dallas. “Usted va tarde para este vuelo”, dijo a manera de regaño, la señora que se encontraba en la cabina viendo que me quedaban solo 15 minutos. “Tiene que tomar el tren, suba las escaleras y corra”.

La noticia
No deje que terminara de hablar. A como pude subí las escaleras apartando a pasajeros que cómodos conversaban uno en cada extremo de la escalinata que lentamente se aproximaba hacia el final. Abordé el ómnibus y pedí nuevamente tener la suerte de que me esperaran. Acomodé mi maleta de mano acercándola a mi cintura, halé mi chaqueta en busca de cerrar el zíper y busqué mi cartera, sintiendo como mi mano tocaba en seco mi nalga derecha.

Y la palidez se ubicó en mi rostro, el frío del estómago se agudizó y tuve ganas de llorar. Regresé mentalmente el vídeo de todo lo que había ocurrido hasta ese momento, y vi el aeropuerto de Miami, el oficial de Migración dando instrucciones, vi como me quitaba la chaqueta, la faja y ahí estaba otra vez aquel hombre pidiéndome la cartera antes de pasar por la “detectora”. Caí entonces, en que no había recuperado la cartera, luego de aquella revisión a la que fui sometido, después de no hacer caso a mantener las manos arriba. Si hubiese distribuido el dinero entre la cartera, el bolsillo de pantalón y la maleta. ¡Dios! Que inútil era pensar en eso.

El ejercicio de recordar lo ocurrido, provocó que olvidara cual era mi parada en el tren y me había pasado, por lo que tenía que buscar el ómnibus que fuera al lado contrario, pero a esas alturas yo estaba claro que habían perdido el vuelo.

Llegué por fin al área de abordaje, tres personas pedían información y yo esperé mi turno. Mientras me acercaba a la cabina, pensé “¿Qué voy a hacer cuando me diga que debo pagar una multa por haber perdido mi vuelo y buscar algún espacio en otro si no tengo dinero?” ¿Qué podía hacer en Dallas, un Estado donde no conozco a nadie, no se habla casi español y con solo 45 centavos de dólar conmigo, sin tarjetas de crédito ni nada más?

Me acerqué a la joven que atendía y con mi inglés estropeado, le relaté lo ocurrido. Movió en negativo su cabeza, desaprobando, y empezó a buscar en su monitor. “Hay un vuelo que sale en 20 minutos hacia San Diego, es en la puerta 38 A, corra suba las escaleras y tome el tren”, me recomendó sin decir nada más.

Impávido y en espera de que hablara de lo que debía de pagar de multa la quede viendo y me dijo “¿qué espera? ¡Corra!” y arranqué nuevamente en la lucha desesperada contra reloj, con mi corazón acelerado, mi estómago con miedo y mis piernas temblando.

La pesadilla de la maleta
Llegué justo a tiempo. Me acomodaron en el último asiento que generalmente está junto a los servicios del avión. No lo podía creer y hablé con Dios, indicándole que no entendía de qué se trataba, que me habían invitado al evento, que no había pedido venir y que todo estaba saliendo mal. Dormí unos minutos, pero una pesadilla relámpago me despertó. Era un hombre de la línea aérea que me decía que porqué estaba sin ropa en el avión y toda la gente me miraba extrañada.

Desperté agitado y fue cuando me di cuenta que el sueño tenía un sentido. Mi maleta, se había ido en el vuelo anterior y llegaría a San Diego antes que yo. De no encontrarla estaría sin ropa, sin dinero más que los 45 centavos y sin nada más que yo mismo y el pesar de los demás, que no me ayudaría de mucho.

Hora y media después, a las 10 de la noche hora local, estaba en San Diego, bajé viendo sus monumentos y réplicas de aviones de la Guerra Mundial en la terminal, pero sin poder disfrutarlos, iba en busca de mi maleta cruzando los dedos y pidiendo clemencia.

“¿Es alguna de estas?”, me consultó un enorme y gordo gringo, con cachetes rosados y bigote puntiagudo al estilo del Siglo XVII. Ninguna era y me dije “estoy frito”. Pero el hombre notando mi aflicción me recomendó ir dos mangas hacia la derecha y esperar ahí. Luego de varios minutos de ver pasar decenas de maletas ahí estaba la mía, rota de un lado, con una abertura que parecía hacer un gesto de reclamo por dejarla sola tanto tiempo.               

“Soy Ryan, lo llevaré al hotel”, dijo el joven vestido de camisa blanca, pantalón negro, interrumpiendo mi retrospectiva.

En el hotel, me comuniqué  por Facebook con un amigo en Nicaragua, avisara  a mi familia que bloquearan mis tarjetas, que se comunicaran con mi tío y que necesitaba que me llamara a la fonda. Minutos después entró la llamada, le expliqué lo ocurrido y dijo que me calmara, que me enviaría dinero por medio de una casa de remesas y que llamaría al aeropuerto en busca de mi cartera, y así lo hizo.

A pedido mío, me envió lo mínimo de dinero para sobrevivir ante cualquier eventualidad. Estuve en la conferencia por cuatro días y durante los últimos dos tomé y guardé algunos bocadillos, galletas y una que otro dulce pensando en que tenía que ahorrar la mayor cantidad de dinero posible ante cualquier asunto fortuito que me sorprendiese al regreso.  No podía sentirme tranquilo hasta recuperar mi cartera.

El retorno
Salí de San Diego a las 6:20 de la mañana, viajé a Dallas y de ahí a Miami sin ningún contratiempo. Comí todo lo que había en mi bolso, acompañado de alguna soda o jugo que  dan en los aviones. Lo único que me volvía dificultoso el regreso, era el tiempo entre bajar del último vuelo y abordar el que me llevaría hasta Managua, tenía no más de una hora, pero debía de ir en busca de mi cartera y para ello salir de la terminal y con ello pasar le revisión de Seguridad en Migración.

Bajé del vuelo y corrí. Llegué al sitio de objetos perdidos y expliqué a la joven que atendía todo lo ocurrido cinco días antes, me preguntó características de la billetera, sacó todas las que tenía y ninguna era la mía. Luego de 10 minutos entre consultas por teléfono y revisión de cada cartera ante mis ojos, me dijo que no había caso que no estaba en ese lugar.

“Quizás en el otro sitio de objetos perdidos se encuentre, suba la escalera, doble a la izquierda y llegue hasta el final del pasillo”, recomendó. Y así lo hice corrí nuevamente con mis piernas temblando y el corazón pequeño, llegué hasta el final del pasillo y el lugar no estaba. Pregunté a un trabajador de la terminal y me dijo que estaba al lado contrario, y corrí nuevamente desesperado viendo cómo la aguja del reloj avanza nuevamente con amenaza de que el vuelo me dejara otra vez.

No daba con el sitio y mientras corría me detuve en un área de información, en la que un señor de enorme barba cana discutía con el encargado sobre si el mejor sitio para pasar vacaciones en la Florida era Disneylandia en Orlando o un viaje a las Bahamas en Crucero, saliendo de Miami.  

Desesperado interrumpí la plática preguntando por el sitio que yo buscaba, el encargado quiso detenerme haciendo de seña que el señor estaba antes que yo, pero le argumenté que el abordaje de  mi vuelo empezaba en 20 minutos y que era lo que me restaba de tiempo para recuperar mi cartera, la cual me dijeron estaba en objetos perdidos.

Le pidió disculpas al barbudo y llamó al lugar, advirtiéndome que era posible que no estuviese nadie, porque se iban temprano. Pero si hubo quien contestara y el hombre de información empezó a bromear con el del otro lado, recordándole la última noche de juerga que habían tenido, estallando en carcajadas incontenibles. Le hice de señas al reloj y dejó de sonreír. Le indicó que estaba ahí y me comunicó.

Al fin en mis manos y la distribución
El hombre me pregunto 10 mil cosas sobre mi cartera, tamaño, color, identificación, cantidad de dinero en dólares, nombre de las compañías de tarjeta de crédito que tenía, si andaba dinero de mi país, que si tenía fotos y de quienes eran, que si era nueva o vieja y hasta la marca de la billetera. “Señor tiene mucha suerte, está aquí”, dijo.

Inmediatamente me dirigí al sitio, pero al llegar y saludar al interlocutor del teléfono personalmente, me salió con un formulario como con 30 casillas, el cual debía llenar antes de obtener mi cartera. Escribí rapidísimo y la tuve en mis manos. El abordaje había comenzado hacía 10 minutos, pero ya no me importaba si el vuelo me dejaba, tenía dinero con qué responder y también a mi familia en Miami.

Pero salí del lugar, muy cerca de ahí estaba el área de Seguridad de Migración, delante de mi habían ocho personas que debían pasar por la “detectora”, de pronto de súbito apareció alguien diciéndole a los de delante de la hilera que el vuelo en que viajarían, se había retrasado y que tenían tiempo de comer algo. Seis personas que iban adelante, se retiraron de la fila y quedé a uno de pasar.

Antes de que llegara mi turno, tomé el dinero de la cartera y metí una parte en mi bolsillo de pantalón y otra en el bolso, no podía pasarme lo mismo otra vez. La revisión fue rápida, esta vez no me pidieron la cartera ni me hicieron subir los brazos y de un momento a otro estaba del otro lado.

Tomé mis cosas  y aceleré el paso, todo parecía estar de mi lado al regreso. Llegué a la puerta que me tocaba y estaban terminando de abordar, ingresé al avión, busqué mi silla que se encontraba justamente a la mitad, al lado del pasillo, mientras a mi lado estaban dos sitios vacíos.

¿No quiere ir en Primera Clase?
Me senté y di gracias porque todo me había salido bien, aunque moría de hambre. Pero faltaba lo mejor, pues una joven que estaba una silla delante de mí en el lado contrario se voltio y me preguntó si viajaba solo, le dije que sí. “Lo que pasa es que un amigo de mi novio está en primera clase, la señora que está al lado nuestro no quiere cambiar el lugar con él ¿será que usted que tiene dos sillas al lado, si sería tan amable de cedernos el espacio e irse para primera clase?”.

Desconfié, ella lo notó. “Por favor”, imploró con la cara del gato de Shrek, mientras el amigo del que hacía referencia me levantaba la mano desde adelante y la unía con la otra haciendo el gesto de ruego, desde su lugar en Primera Clase. Imprudentemente acepté pues nadie sabe qué puede pasar en un avión. Minutos después una joven azafata, me consultó si comería algo. Era carne de res a la milanesa, papas fritas y arroz, con ensalada Cesar, que fueron consumidos exquisitamente con un trago de ron. Me acomodé en el sillón reclinable, di gracias a Dios por traerme en Primera Clase y dormí, los 45 centavos de dólar que me robó el teléfono en San Diego eran historia. 

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