• Abr. 11, 2008, 12:51 p.m.
El dictador no necesita de sillas presidenciales, secretarías, poderes mundanos o eclesiásticos, ni siquiera de intrascendentes cargos para existir, aunque estas plataformas sean fértiles terrenos donde crecerá lo que de malo podamos llevar dentro. El poder no corrompe. La gente llega corrompida al poder.

El hombre colocó su carretón en medio cruce de la carretera. Y se dispuso a hablar con otro como si ambos estuvieran en la sala de su casa. Un conductor le sonó el pito y el tipo como si nada. De tanto pitazo que interrumpía su amena plática, el tipo se encolerizó y trató al del vehículo, pero no se apartó de la vía pública.

Sí, usted puede llamarlo falta de educación. También soberbia. Yo lo que digo es que puede haber un dictador agazapado en cada uno de nosotros. Alguien podría atribuirlo a la presencia histórica de regímenes fuertes que, al final, se nos sedimentó en nuestras vidas, sin que muchos tengan conciencia todavía de que cada día asumen el papel de un déspota sin cámaras ni glorias.

¡Cuidado con esa inclinación bárbara, casi vocacional, de ser caudillos sin uniforme ni muchedumbres fanáticas atentas a la voz del Führer! Con la mujer, el hijo del otro, el pasajero, el empleado de la nueva jefa, el peatón que cruza la calle basta y sobra para exhibir el poder en sus diversas presentaciones: económico, mediano o tamaño intrafamiliar.

El atropello contra una mujer en una cuartería sólo puede provenir de un opresor. Nosotros hemos confundido “humildad” con pobreza y “arrogancia” como otra forma de decir Carlos Slim. Pero hay hombres paupérrimos convertidos incluso en acosadores de sus propias hijas, cometiendo actos nefandos en versión doméstica de las perpetradas por antiguas dictaduras latinoamericanas. De tal manera que los abusos no se ejercen exclusivamente desde un palacio, una corporación o un Estado, si no desde un corazón podrido.

No es extraño encontrar dictadores de cualquier sexo en los diversos estamentos sociales. El dictador o la tirana desea que todos asumamos sus puntos de vista o desmanes y se deleita destruyendo la historia de los otros para imponer la suya.

Coloca su vehículo a la par de otro en una calle estrecha, impidiendo el tránsito de los demás. Se apodera del asiento del transporte colectivo como si de su cama matrimonial se tratara. Disemina su falso testimonio o rumor para desbaratar a alguien porque-me-cae-mal. Si hay una larguísima fila, al primer descuido se coloca a la cabeza. Relata su cuento y ahí está resumida la verdad del Universo y asentamientos cercanos.

El consenso, los puntos divergentes, el respeto al derecho de los demás, los enfoques multilaterales no son las herramientas más útiles para el dictador o dictadora de cualquier pelaje. No cede espacio. ¡Este es mi lugar y punto! Está entrenado para la imposición. Peor en aquellos que al asumir un cargo forman su propia corte. ¿No los han visto demostrar en cada momento que son los nuevos faraones? Pareciera que nacieron con el puesto. Llegan a un trabajo en son de conquista, a no dejar piedra sobre piedra y en considerar a sus subordinados en algo menos que hijos a quien maltratar.

Hasta hoy, nosotros hemos querido señalar al dictador de cualquier gobierno o partido, para sentirnos cómodos con nuestras célibes conciencias. Es otro el totalitario y yo la víctima. Pero cada “víctima” deriva, en algunos casos, en señoríos no tan famosos aunque con las mismas secuelas de la peor escuela.

Un simple conductor de buses urbanos o interlocales es una muestra básica del tirano sobre ruedas. Va por las pistas invadiendo carriles, apartando a medio mundo y considerando que los altos y semáforos sólo fueron hechos para el resto de la humanidad. Aventaja donde le de la regalada gana, sin importarle la vida de los otros. La velocidad es su trono. Mata niños escolares, maltrata a las damas y las viejecitas saben que si abordan estas unidades, en el caso de Managua, podrían estar comprando su muerte subsidiada con C$ 2.50.

Y los conductores del transporte colectivo se parecen en mucho a los de almas, cuando embisten a las mujeres para que asuman como ley de la República su religión --- ¡Oh, dictadura eclesiástica! ---- para penar el aborto terapéutico.

El dictador o la mandamás que casi nunca sale en las fotos ni da conferencias -- porque vive en el anonimato-- difícilmente considerará el diálogo como la mejor vía para dirimir equis asunto. Siempre cree que todo el mundo al final debe apartarse de su camino.

Estos individuos están convencidos de que si algún dictador hay en este mundo es ése que de vez en cuando aparece en los medios de difusión locales o internacionales y jamás aquel que nos sale en el espejo, en cada acto de nuestras vidas.

esánchez@elnuevodiario.com.ni
Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus