• Ago. 5, 2011, media noche

En un grupo focal organizado como parte de una investigación sobre las identidades de género, se les pregunto a jóvenes, hombres y mujeres, cual era su mayor temor al salir a la calle por la mañana, tarde o noche; las respuestas al final fueron similares.

Una muchacha como de 17 años respondió: “Ay, a mi lo que más me da miedo sinceramente es que me violen, me da no se que, solo de pensarlo, eso debe ser algo horrible…creo que… sería algo de lo que nunca me recuperaría, no se, como una herida que nunca se sanaría”.

Al hacerles la misma pregunta a los chavalos, parecidos en las edades a la muchacha, ellos respondieron al inicio: “No pues a mi que te roben, o que te golpeen, pero más que lo que me pueda pasar a mi es lo que le puede pasar a mi mamá si se da cuenta que me pasa algo malo a mi, ¿me entiende?, es que creo que mi mamá se podría hasta morir al saber que algo me pase a mi”.

Al momento uno de los muchachos, que no había hablado, con tono reflexivo expresó: “La verdad es que uno de los temores que como hombres tenemos pero que no lo hablamos y ni siquiera nos damos el derecho o la oportunidad de pensar, es lo mismo que decía ella”, a lo que se le preguntó: ¿Lo mismo de que? Y el añadió: “Pues lo de la violación,  lo de ser violados”.

Al recibir esta respuesta se marcó un ambiente abierto y propositivo en el que se pudo hacer una serie de reflexiones en torno a lo que este hecho, la violación sexual, significa tanto para hombres, como para mujeres.

Algo significativo de la respuesta del último muchacho es; que no lo hablamos ni nos damos derecho o la oportunidad de pensarlo”, en cuanto a la violación sexual, es decir un hombre construido desde un sistema machista, es cercenado una y otra vez en su afectividad y al mismo tiempo entrenado en el criminal arte de negar el miedo, la inseguridad y el dolor, por lo que la violación o el pensar en ella es una amenaza a su masculinidad, a su identidad, por lo tanto no es un tema posible de conversación.

Para las mujeres, este temor a ser violadas es algo que se enseña desde que nacen, justificado por el hecho de ser mujer, física y biológicamente hablando. Desde que nacen las mujeres son educadas en el arte de temer, dudar, sentirse inseguras y sufrir, por lo que la aceptación tácita de que este temor se haga realidad en la vida de las mujeres es parte de las programaciones sociales y culturales de lo que se le asigna a la identidad  femenina y como esta lo asume y lo vive.

Hombres y mujeres caminan a diario por las calles de la capital y de los diversos departamentos o ciudades del país con temores parecidos, pero con maneras de reaccionar y de enfrentarse a ellos distintos. Como vemos en este ejemplo pequeño pero aplicable a muchos hombres y mujeres, los hombres niegan el miedo y obvian la preocupación; la mujer en cambio lo mantiene permanente en su pensamiento y en muchas ocasiones limita su vida a ese miedo, a no salir de noche, a no andar lejos de la casa; acciones que se convierten al final de día en mecanismos de control y de dominación social para con la mujer, que conecta con su aprendizaje del miedo y con la personalidad temerosa que tiene construida.

El hombre cuando una mujer lo citea o lo morbosea (si es que ocurre en nuestros países) no siente en su respiración y en sus latidos el miedo que hierve de la posibilidad de ser violado o perseguido y manoseado por esa mujer. En cambio las mujeres que durante el día o la noche transitan de sus trabajos a sus casas, o de sus casas a las universidades o colegios, escuchan el citeo y la frase de acoso y sienten la necesidad de correr, de apresurar el paso, de no voltear, de salir de ahí.

Aún cuando  la mujer siente esa necesidad de correr en la mayoría de casos no es lo que la mujer hace. ¿Por qué? Porque la mujer tiene asimilado e insertado en su cabeza que el hombre es mas fuerte, pero no necesariamente en cuanto físico, sino en cuanto a poder, a autoridad, a dominio; ella no es mas que una súbdita, ya sea en relación al padre, hermano, tío, abuelo, amigo , novio o acosador urbano. Ellos son sus dueños, es un asunto psicológico y emocional y es algo que mata. Entonces el miedo aprendido desde la infancia, congela la posibilidad de respuesta, estanca cualquier tipo de defensa, y en muchos casos lo que queda como salida es la disociación.

Por eso es tan difícil en el sistema judicial de un país como Nicaragua entender la dimensión del sistema machista, que mas que evidente es sutil y se mezcla en las condiciones mentales, psicológicas y emocionales de hombres y mujeres. Un hombre viola un día a una mujer, anciano, niña o a su propia madre y otro día puede estar llorando de verdad  durante el juicio, es dos personas, emocional y psíquicamente hablando, es el que responde al modelo machista social en el que fue formado y es el otro que se arrepiente de lo que hizo.

Esta fragmentación la sufren hombres y mujeres, mujeres que trabajan y reconocen cambiar conductas tradicionalmente femeninas pueden ser violentadas por sus pareja, violadas por sus esposos, sin darse cuenta o sin reconocerlo, porque este sistema causa una ceguera conveniente que hace que tanto el hombre como la mujer por más sufrimiento que resulte de la práctica de los modelos de masculino y femenino, den cada uno y una continuidad a estos patrones que desempoderan y que mutilan.

Las formas de experimentar estas mutilaciones también a su vez siguen los patrones de masculino y femenino, la mujer llora y sufre en evidencia, el hombre agrede, toma, se mata o mata a otros y otras. Es así como se ha aprendido a vivir, a amar y a estar con el otro, con la otra. Las calles son una amenaza para ambos, pero la mujer lo habla mas, el hombre calla.

Ambos pueden ser violados, unas (las mujeres) aún con todas las limitantes, invalidaciones institucionales y sistema machista denuncian más y hablan más del tema, de sus experiencias. Los otros (los hombres) la mayoría de veces  no dan cabida al tema.

Una violación como decía la muchacha del grupo focal, es una herida, puede llegar a ser mortal, marca la vida de la persona, de las familias, como en el caso de Fátima Hernández y sobre todo cuando una violación es permitida, es aprobada socialmente y es perdonada por el sistema de justicia, es una expresión simbólico y tácita de la permisividad de más violaciones, utilizando mas excusas y reforzando aun mas estos modelos desiguales, crueles, mutiladores y mortales con los que conviven hombres y mujeres, en las casa, relaciones de pareja, trabajos, calles y en la vida misma de las sociedades. En Nicaragua.

http://gabrielakame.blogspot.com/

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