• Abr. 12, 2008, 10:30 a.m.
(Texto leído en la presentación de la novela "El Infinito en la Palma de la Mano", en el Parque Japonés, el 4 de Abril, 2008)
 
Nicaragua, con sus alegrías y dolores, es mi Paraíso Terrenal. Ningún lugar tiene para mí la dulzura de este rincón del mundo; no hay rostros en todo el planeta que más quiera ver que los rostros de ustedes que me acompañan hoy; los rostros de mi historia, muchos de los cuales guardan las claves de cuanto soy, la razón por la que amo lo que amo y escribo lo que escribo.

Dediqué este libro a las víctimas anónimas de la guerra de Irak, pero al hacerlo, pensaba en Nicaragua. Pensaba en tantos de nuestros muertos que nunca fueron noticia en los periódicos, igual que no lo son los cientos de iraquíes que perecen a diario. El vacío de esos seres, lo mismo que el de todos nuestros muchachos, marcará para siempre la interrogante de lo que podría haber sido nuestro futuro de no haber muerto todas esas personas. ¿Cuántas mentes lúcidas perdió nuestra generación?  A nivel personal, ¿cuántos no habrían llegado a ser nuestros amigos y a enriquecer nuestras vidas?

Tremendo esto de la muerte. Tan tremendo como tremenda es la vida y el misterio de la vida.  Ese “no saber dónde vamos, ni de dónde venimos” del verso de Rubén.

La humanidad ha intentado explicarse los misterios del ser. De allí nacen las religiones y de allí nacen las relatos que componen la Biblia, ese libro extraordinario y bello cuyas historias han acompañado por milenios a la humanidad y sobre las que se han fundado magníficas civilizaciones que, sin embargo no han logrado desterrar de la tierra ni el hambre, ni la crueldad, ni la guerra. Se ha construido belleza en nombre de esas narraciones, pero también se ha destruido y matado. El Bien y el Mal siguen siendo parte intrínseca de nuestra humanidad.

Adquirimos cada día más conocimiento. El conocimiento que nos sirve para sobrevivir y dominar el mundo, también nos amplía los límites de la libertad y nos va confrontando cada vez más claramente con las alternativas que, como especie, tenemos: vivir o morir; hundirnos junto con nuestras creaciones o aceptar los límites de nuestra ambición. Es la disyuntiva del bien y del mal expresada de otra manera. La historia de Adán y Eva y del fruto prohibido la seguimos viviendo. De cierta forma en ella nos vemos reflejados cada uno de nosotros.

Fueron muchas las reflexiones que me suscitó esta historia que se me reveló a medida que la escribía. Supongo que, como la mayoría de nosotros, criados a la sombra de la Biblia, yo nunca le había dedicado mucho tiempo, ni pensamiento a Adán y Eva. Como mujer, me dolía que mi género apareciera, en este episodio primero de la humanidad, como el causante de la muerte y  del pecado original. Me pareció siempre una noción masculina, prejuiciada y fácil, echarle a la mujer la culpa de todas las desgracias y de la pérdida del Paraíso. Aunque más de una vez reivindiqué a Eva en mi poesía y hasta tengo un libro que se llama “De la Costilla de Eva”, el tema de esta novela no se concretizó para mí sino hasta que el azar me llevó a descubrir las múltiples historias y leyendas apócrifas que, si bien, existen desde tiempos ancestrales, no fueron incluidas dentro del canon eclesiástico.      

La posibilidad de descubrir los entretelones de este relato que sólo ocupa cuarenta versículos del Génesis, el deslumbre de descubrir lo desconocido en un cuento que creía conocer desde siempre, fue lo que me llevó a escribir El Infinito en la Palma de la Mano.

El título proviene del primer cuarteto del poema de William Blake, Augurios de Inocencia, que dice:

“Para ver el mundo en un grano de arena
Y el cielo en una flor silvestre
Guarda el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.”

Aunque una parte de mí estaba consciente del riesgo que significaba intentar desentrañar y reelaborar los posibles significados de este episodio, otra parte de mí  -la que se impuso- se sintió atraída de manera irresistible por estos personajes y su drama. Las figuras de Adán y Eva tienen tantas raíces en la imaginación humana que seguirlos en su recorrido desde el Jardín del Edén hasta el mundo del destierro y del encuentro con la realidad, fue como entrar en un laberinto lleno de ecos en cuyas paredes se repetían, no sólo las preguntas que ellos pudieron haberse hecho, sino las mismas que me hago yo hoy en día; esas innumerables preguntas cuyas respuestas ha perseguido la humanidad por siglos. Me interné en esa oscuridad guiada por mi instinto de poeta y de mujer, confiando en que Eva sostendría el hilo plateado y me mostraría el camino de regreso.

Así fue que sin alterar la urdidumbre de la historia esencial, pero introduciendo en ella lo que pensarían Adán y Eva sobre su propio destino, sobre el Creador que los había expulsado del Jardín y sobre la Serpiente que les había puesto sobre aviso en cuanto a lo que habría de sucederles, tejí con mis palabras una manera nueva de mirar esta vieja historia.

Fue toda una aventura interior llegar a encontrar la voz para narrar las peripecias de estos primeros seres humanos. Están tan lejos ellos, en la niebla de un cuento tan antiguo, pero apenas uno se acerca no puede evitar conmoverse. Adán y Eva se me metieron en el alma. Sentí por ellos, por esos seres que nunca tuvieron infancia, que nacieron adultos, sin padre, ni madre que los tocara y acunara, que no tuvieron ombligo, ni tenían pasado; que cuanto sabían provenía de la sabiduría de la mente del Creador y no de la experiencia, que no tenían ningún conocimiento práctico, una enorme ternura y simpatía. Me los imaginé inocentes, curiosos, probando la fruta, queriendo saber para qué estaban en ese Jardín donde para nada se les necesitaba. Imaginé su deslumbre, el privilegio de sentir todas las sensaciones por primera vez: el sabor del higo, del agua, la sensación de calor, de frío, la primera mirada, el primer acto de amor, la sensualidad de la belleza del mundo percibida por sus ojos. La imaginé a ella decidiéndose a dar el mordisco para dar comienzo al tiempo que los llevaría de ese comienzo de utopía al camino donde tendrían que labrarse la utopía por sí mismos. Ese camino donde conocerían la libertad y donde se reconocerían absolutamente solos y absolutamente responsables del futuro de la especie.

Esta novela, es pues, una puesta en escena de esa primera relación entre un hombre y una mujer que, tras descubrir la vida se dan cuenta de que los han condenado a muerte, que sólo reproduciéndose accederán a un remedo de inmortalidad y que para sobrevivir tienen que comer y por ende, matar. Es drama, pero es también celebración de la existencia, de las diferencias de cada uno y de las posibilidades de crear y evolucionar que son intrínsecas a la naturaleza humana.

Igual que uno tiene un hijo y lo entrega al mundo para que tenga su propia vida, yo les entrego hoy este producto de mi imaginación, esperando que ustedes lo reciban, esperando que les cante, los enamore y les brinde nuevas palabras por donde asomarse al misterio de la existencia.
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