• Sept. 9, 2011, media noche

 

 

 

Esta es una historia, que se dio hace mucho tiempo, sin embargo sigue siendo tan válida y vigente hoy como antes, ya que las migraciones de centro americanos hacia Estados Unidos de América y algunos de los países de Europa, sigue viento en popa, a pesar de las restricciones que existen, en estos países para detener el flujo de ilegales, sin lograrlo completamente.

Toda historia, tiene un comienzo y tiene un final, ambos extremos entretejen la vida de aquellas personas que buscan mejores oportunidades en la vida, en este caso particular, se trata del caso de José Francisco Lebrón Espinoza, de veinte años de edad, quien era un hombre afortunado, muy trabajador, sin vicios, muy formal y había conocido a su actual esposa, Camila Saravia de 17 años de edad, cuando eran todavía muy jóvenes, se habían enamorado y se acompañaron, cuando ambos estudiaban en la “Escuela Mercantil”, de la Ciudad de Chinandega, sin embargo la situación de la familia se encuentra en crisis, por la situación económica, es así que emprende un sueño de tener una mejor oportunidad de trabajo en el país del norte, el quiere vivir el sueño americano en carne propia.

Era la década de los años 70, ambos habían creado una familia integrada por su esposa, con quien había procreado cuatro hijos, todos varones, con edades que oscilaban entre los 5 y los 12 años, a ella le gustaba mucho el nombre de Francisco, porque eran devotos de San Francisco, sin embargo no querían que todos se llamaran Francisco, así es que decidieron, ponerles: Francisco al mayor, luego en forma sucesiva les pusieron los nombres de: Chico, Paco y Pancho, que son los seudónimos de Francisco, todos eran unos chavalos muy estudiosos y además de buenas costumbres, bien conocidos del barrio Guadalupe, Vivian en una casita en la curva de la calle hacia el cementerio, su mama, tenía una pulpería “ El Gallo Madrugador” donde vendía productos básicos de primera necesidad José Francisco, era un hombre muy trabajador, le gustaba madrugar y escuchar los cuentos de Pancho Madrigal, que deleitaban a la juventud de esa época en Nicaragua, le gustaba escuchar la música de Otto de la Rocha, de los hermanos Mejía Godoy, además del cantautor Jorge Paladino, con la cumbia Chinandegana, la cual ponía en la Rockonola del restaurante de la Julia Herrera, la escuchaba varias veces, siempre andaba monedas de un chelín y ese era el valor de una canción, aunque él no tomaba licor, le gustaba visitar ese lugar por que tenia personas conocidas, a quienes le hacía mandados, ganándose los reales honradamente, le gustaba ir al cine “Edén”, a ver las películas de Pedro Infante, de Cantinflas, de Carlos Gardel, de quien escuchaba los famosos tangos, era un hombre de una vasta cultura musical, que había heredado de su padre Don Loncho Lebrón.

Unos de sus paseos favoritos, era abordar el bus pelón, en la esquina del parque central, les gustaba dar varias vueltas, en el bus que tenia diferentes recorridos, se iba a veces para el cementerio, otras veces Un Viaje hacia un Destino Desconocido en dirección al calvario, otras al desvío a Corinto y León, en la rotonda, luego regresaba para salir de nuevo del parque central, cobraban un chelín y por dos personas cobraban cinco reales, además les gustaba comer raspado con sirope de tamarindo, ese era la diversión de la familia Lebrón y luego iban a ver las películas del matiné del cine “Nela”, el “Edén” o el “Alhambra”, todos eran cines que cobraban una entrada de un córdoba o dos córdobas en las horas diurnas, en algunos casos en los cines regalaban penecas o pasquines, que eran unas revistas de colección, que luego se intercambiaban con los demás chavalos.

Todos los chavalos de la época, les gustaba citarse con sus novias en los cines, durante las funciones nocturnas, allí se daban cuenta quienes andaban en parejas y andaban jalando, quien era novia de quien, para luego hacerles bromas.

Los paseos del fin de semana, eran en el tren o el carril hacia Paso Caballos, o el balneario de el Chorizo o Costa Azul en Corinto, también les gustaba ir al realejo, a Potosí, para ver el ferri, que circunnavegaba del puerto de la Unión en El Salvador hacia Potosí en el Municipio del Viejo, en el departamento de Chinandega, era un lugar turístico, donde viajaban los comerciantes para vender y transportar sus mercaderías por el ferri o por medio de lanchas de motor fuera de borda.

La Camila era una buena cocinera, y vendía comida por encargo, aprovechaba prepararle a Francisco y sus cuatro hijos, su gallo pinto favorito, le agregaba el queso frito, ella compraba en el mercado los quesillos de Nagarote y de La Paz Centro, preparaba la carne asada con plátano frito, café negro, los nacatamales en fines de semana, el Vaho, la yuca con vigorón, el chancho con yuca, acompañado del tiste, cacao con leche, Chía, linaza para refrescar los riñones, por el gran calor que hace en esa zona. Un Viaje hacia un Destino Desconocido.

 

 

 

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