• Sept. 9, 2011, media noche

Después de 6 horas de viaje en tren y sortear un par de picados en la estación central de Copenhagen, ya estaba en casa de Irene. Juguetes, ring y demás eran prueba de su presencia. Pero ya que era la 1 de la mañana, tenía que esperar para conocerla, después de todo, despertar a un bebé de 8 meses a esa hora debe ser el peor crimen contra el sueño que se pueda cometer, tanto contra Irene como para sus padres.

Fue hace unos 5 años que Álvaro y María decidieron mudarse a Dinamarca. Allá Álvaro iba a estudiar una maestría y María regresaría a su país de origen a terminar sus estudios y estar más cerca de su familia después de varios años de disfrutar, de entre otras cosas, la música ranchera en Los Ídolos en la Rotonda Bello Horizonte, antes de que "se volviera puro Tip-Top", como ella dice.

Muchos años han pasado, y ahora estoy aquí para conocer a mi sobrina. Una danesa-nica de pura "cepa" (o será al revés). Tanto ha pasado, que Álvaro ya domina el danés, dice él que "con acento de Copenhagen", no sabría decirlo porque para mí todo suena a Arameo. Tiene un buen trabajo, en lo suyo que es ingeniería, algo cada vez más difícil de conseguir en cualquier lado, ya sea Nicaragua o Dinamarca. María es líder de un equipo de trabajo, y es uno de esos casos extraños de gente que le gusta lo que hace.

De repente alguien llora, son las 7 de la mañana. Es Irene, no hay duda. Subo las escaleras para conocerla, y la encuentro un poco enojada con sus papás porque quieren que se vaya a dormir de nuevo. Negativo comandante, esta niña está lista para empezar el día y no hay poder humano que la haga volver a la cuna.

Me ve y se queda extrañada, no conoce a ese broder que está de pie con una sonrisota, pijamas y anteojos, y se muere por cargarla. De repente me sonríe, y Álvaro y María están expectantes de ver qué pasa. Todo parece ir bien, Irene no llora, quiere arrebatarme los anteojos, y María le dice algo que me suena a "Nien", y Álvaro le dice "No Irene, no".

Pobre mi sobrina, sino la vuelven loca con la combinación de español y danés, no sé qué lo hará. María me dice algo así como "los libros dicen que lo mejor es que yo le hablé en danés, y Álvaro en español, porque así aprende el idioma de la persona que mejor lo habla", uffff, o los niños son la fiera o los libros son unos grandes caballos, pero eso mejor no se lo digo a María.

Pasan un par de hora e Irene ya se ha olvidado del tío nuevo que acaba de aparecer. Hay dos personas más que acaban de llegar a la casa y los maes resultan más interesantes que yo. Ellos también son sus tíos, pero estos no son parientes sanguíneos. Uno es nica, mi broder de muchos años, y la otra es su novia que conoció en Copenhagen pero es española. Aquello es un gran bacanal para Irene, que juega feliz con todos.

Unas 48 horas han pasado desde mi llegada a Copenhagen, y llega el momento de irme. Irene no se despide, no sabe que me voy y en realidad hasta hace poco ni sabía que existía, así que verme salir del carro tampoco le dice mucho. Yo me voy con el corazón que se me mueve para todos lados como un huracán, aunque feliz de haber conocido a esa niña nica-danesa, que nunca ha migrado pero que desde ya es una migrante, y que entusiasma a toda la familia y amigos, ya sean daneses, nicas o españoles.

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