• Abr. 15, 2008, 5:41 p.m.
En memoria de aquella niña que conocí.

Crecí en un barrio oriental de la capital, al igual que muchos niños esperábamos las tardes de los viernes para salir a correr y jugar por aquellas calles semi urbanizadas. Siempre terminábamos sudados, con las rodillas chimadas o con la ropa jalada y una que otra vez peleados. Reconozco que era un poco llorona y algunas veces no querían jugar conmigo, pero al menos me atrevía a salir de la sala de mi casa.

Me acuerdo que habían niños a los que no les permitían jugar, o mejor dicho, mezclarse con la barriada y es el caso al cual me voy a referir. Eran tres hermanos, las dos hermanas mayores y el varón, de cierta manera callados y acostumbrados a jugar entre ellos.

El recuerdo que más conservo es el de la hermana de en medio, pues era contemporánea con mi edad. Era un tanto pasadita de peso, usaba el cabello corto, casi varonil, la mirada tímida, siempre la miraba pasar con su uniforme azul y blanco. Su nombre en esta crónica será Sofía.

Al cumplir los ocho años mis padres se separaron y mi madre decidió que debíamos cambiar de domicilio, los años pasaron y una tarde de esta le pregunté a mi tía paterna sobre los chavalos de la infancia.

Al preguntar por ella, la respuesta me sorprendió. “La Sofía murió”, me dijo mi tía. Al salir de mi asombro le pregunté la causa del deceso y me respondió: “Dicen que murió de amor”. La verdad es que Sofía murió de cáncer, pero la verdadera causa en verdad fue el amor.

Se rumoró en el barrio de mi infancia que ella se enamoró de un joven, que según su familia no estaba a la altura de su educación y posición, aunque para mí esto sólo ocurría en las aburridas y tétricas novelas mexicanas.

Sofía tomó la decisión de escapar con él y me imagino al menos tuvo meses de amor y tranquilidad. Su familia la convenció de que regresara a casa junto con el joven que ella había escogido de pareja, pues no querían que viviera en un barrio precario de la capital.

Una tarde llegó la policía, el humilde joven fue expulsado de la casa de Sofía y sus familiares le prohibieron verlo desde entonces. Lo que no entiendo es ¿cómo una mujer mayor de 25 años no pudo decidir sobre su vida?, pero en fin, todos tenemos caracteres diferentes y eso hace la diversidad en este mundo.

Meses más tarde le detectaron cáncer en el estómago, pero Sofía no luchó, para ella no había sentido vivir, realmente no lo quiso. Su vida se fue apagando poco a poco y las pocas veces que salió sólo fue para ir al hospital.

Dicen que algunas veces escucharon sus llantos, me imagino que era la mezcla del dolor de la fatal enfermedad y la pérdida de una vida que no disfrutó. Esa tarde devolví el casette de mi vida y la recordé como la niña que jugaba en el porche de su casa. Esa niña gordita a la que no dejaron jugar con la barriada y que nunca imagine que tuviera un trágico final.

Ahora a mis 29 años trato de preguntar más por aquellos niños con los que compartí una tarde, los que jugábamos a la cebollita, la muralla china, o con los que jugué a las escondidas en aquellas “noches oscuras”, mientras duraban los cortes de energía en los años 80.

Lo que sé es que algunos se fueron del país evitando ir al Servicio Militar Patriótico (SMP), otros lograron ir a la universidad y ahora trabajan para empresas privadas, lo menos afortunados laboran en las zonas francas, a todos ellos, pero en especial a Sofía les regalo este Blog.
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