• Oct. 17, 2011, media noche

La sociedad nicaragüense se ha rehusado a creer desde el principio que el asesinato del párroco de La Concepción, Marlon Pupiro, tuviera como único motivo el robo de sus pertenencias. En su lugar piensa que hubo una conspiración probablemente política que devino en la violenta muerte del sacerdote por su postura ideológica. Esto último se llama en periodismo “la noticia deseada”, la que la opinión pública elige creer a pesar de las conclusiones oficiales que le presentan.

En este caso, la noticia deseada se asienta en al menos cuatro puntos. El primero se basa en la hiperbólica cobertura que los medios de comunicación brindaron al caso desde el inicio, explicable por la investidura de la víctima, perteneciente a una organización religiosa internacional a la que la mayoría del pueblo adopta como dogma; y por lo noticiable del tema, del que cada día se conocían más detalles escabrosos, pues comprobado está que el espectáculo de la muerte en un circo global que se decanta por lo truculento genera mayor aceptación  mediática.

Y fue precisamente la revelación de ciertos detalles macabros, que daban cuenta del sadismo con que fue ultimada la víctima, lo que originó, sobre todo en los habitantes de La Concepción, una furia inusitada que pronto se volcó contra la Policía Nacional, el sistema judicial y algunas figuras ligadas al gobierno. La ira popular, el segundo asidero de la noticia deseada, fue comprensible al principio por la empatía que tenía el padre Pupiro con sus feligreses, pero luego fue alentada por la jerarquía católica, que exigió una verdadera investigación del crimen, lo que acentuó más el pensamiento de que había grandes intereses políticos en la desaparición del párroco. La noticia, presentada en términos judiciales como un crimen común, tomaba ya sesgos de atentado teledirigido en el discurso religioso.     

Las suspicacias crecieron más cuando la Policía edificó el tercer asiento de la noticia anhelada: solo detuvo a Yazker Blandón por el asesinato. Este de inmediato confesó el crimen y narró la forma como lo planeó y ejecutó. Primero refirió que el cura estaba tomando licor en un restaurante local, donde él laboraba como mesero; lo sedó, se lo llevó en la misma camioneta del religioso y luego lo golpeó con un objeto en la cabeza y le causó la muerte por asfixia. El pueblo no creyó la historia que ubicaba al padre ingiriendo alcohol en ese local a mitad de la noche. Esta actitud convirtió de inmediato el dato en noticia indeseada, el reverso de la noticia deseada, lo que la audiencia no quiere saber, pero si se hace pública, la primera reacción es la negación, borrar lo evidente, sacarlo de plano y, posteriormente, agredir al mensajero. Lo que sucedió: Blandón casi fue linchado.

Pero si la sociedad no admitió la conducta de un cura que visitaba un restaurante, por muy usual que esta fuera, ni mucho menos estaba preparada para aceptar el relato sobre cómo el asesino confeso se deshizo del cuerpo -el cuarto punto de la noticia deseada. Según él, luego de matar al padre, lo introdujo en la camioneta y lo llevó a un motel, de donde robó dos sábanas para envolverlo; luego se enrumbó hacia Ciudad Sandino, después hacia Managua, donde dejó la camioneta con el cadáver en un garaje de alquiler (nadie notó el bulto); regresó a pedir permiso en su lugar de trabajo para ausentarse; volvió a la capital, descansó en otro motel, recorrió algunos puntos de la ciudad, incluyendo una gasolinera de Carretera Norte, donde llenó el tanque de gasolina; y al fin se deshizo de los restos del religioso en un predio baldío en los alrededores de Ciudad Sandino, en pleno día y sin que nadie lo observara.

El relato minucioso resulta sorprendente y asombroso, casi con ribetes prodigiosos de novela negra, pero no por eso menos creíble. Diariamente se escuchan relatos de crímenes en los que nadie ve nada, como si el toque de la muerte los hiciera invisible, ¿por qué, pues, no creer en las situaciones inesperadas que hacen cometer las más descabelladas acciones? Porque puede más la seducción de lo espectralmente deseado. Como plantea Eduardo Subirats: “El principio constitutivo del espectáculo es la muerte, entendida como la gran ausencia  del significante”.

Surgieron, entonces, preguntas dirigidas a especular más sobre el segundo punto de la noticia demandada, una de ellas (“¿Actuó solo?”) proponía la única respuesta que podía calmar los delirios tribales de base sicosocial: que Blandón no actuó solo. Pero no hubo más detenidos ni más investigaciones. La noticia anhelada cubrió por completo el espacio. Aunque lo que no tomó en cuenta la población es que el proceso de construcción de la información no es gestado solo por los medios de comunicación que la emiten, sino también por la opinión pública que la desea.

A esto hay que añadir que la calidad narrativa del hecho, considerada en términos de apertura interpretativa, claridad de sintaxis y precisión semántica, los más básicos y superficiales  instrumentos para la fabricación del discurso periodístico, aumenta los índices de espectadores, que son directamente proporcionales a los detalles macabros del suceso.    

Por lo tanto, este caso se ha vuelto en el nuevo fantasma compartido que nos encapsula en el imperio de una mente externa que teledirige las conductas y que ha incidido en que la feligresía nicaragüense siga creyendo fielmente la versión que por sí misma había elaborado, y solo la cambiará cuando los intereses de la esfera societal que construye noticias cambien antes, y entonces, y solo entonces, se construirán otras noticias deseadas.

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