• Oct. 19, 2011, media noche

 

 

Varias personas han escrito artículos criticando o defendiendo mi último blog.

Como decía Henry Miller: “Nunca leo a mis críticos, sólo los cuento”. En ese sentido, me fue bien. Conté por lo menos tres.  Bromas aparte, quisiera abordar una de las críticas que leí pues es una opinión que me merece respeto. Se trata de la que plantea que, a falta de buenos candidatos, la mejor posición es no votar o hacer un voto de protesta porque si no seguimos perpetuando la práctica de votar de forma contestataria, es decir  “para que no gane fulano o sutano”. 

 

Ciertamente que es de lamentar que la polarización política conduzca a estas posiciones. Sin embargo, plantearse que uno no votará por nadie hasta que surja la fuerza nueva, bondadosa, noble y positiva, por la que de gusto votar es una posición que se separa de la realidad histórica por la vía de pregonar algo que, en términos concretos, aún no existe. Porque si bien es verdad que tendría que haber otra alternativa más propositiva, lo cierto es que mientras nuestro sistema político siga reproduciendo formas de actuar que violentan la ley y las instituciones, mientras permanezca el actual Consejo Electoral y los mismos magistrados, no habrá posibilidad de que nuevas fuerzas políticas lleguen a ocupar un sitio en la propuesta electoral nacional.  Si al MRS, la fuerza alternativa más consolidada después de las elecciones del 2006 se le arrebató su personería jurídica; ¿qué puede esperarse que suceda con fuerzas aun menos numerosas o reconocidas a nivel nacional? Suponiendo que apostáramos a su crecimiento, ¿no sería mejor apostar al candidato que mejor propiciara el espíritu de libertad y respeto a la ley requerido para que esta aspiración se cumpla?

La historia no es una sucesión de borrones y cuentas nuevas. La Revolución Sandinista en 1979 permanecerá por mucho tiempo como el mojón en nuestro pasado donde existió la oportunidad de edificar un nuevo constructo de nación desde los cimientos. Sin embargo, aun en esas condiciones, el pasado somocista nos persiguió. Las nuevas fundaciones resultaron ser apenas una sombra de las que se aspiró a construir.

Si algo ha demostrado el pensamiento utópico que privó en los sesentas y setentas en América Latina, es que las utopías son válidas como aspiración pero dejan de ser utopías apenas las habitan personas concretas, apenas se trazan sus calles, se designan los puestos y se nombran los líderes.  Valoro enormemente las utopías, pero creo que hay que construirlas con los pies bien asentados en la realidad; no con el pragmatismo resignado, que calificara el valioso intelectual y amigo, Andrés Pérez Baltodano, sino con un TOPOS activo y escalonado; es decir sin la “U”, sin esa connotación de lugar ideal que no es, que no existe, (u: sin  topos: lugar) sino sobre un topos real, un territorio definido, con materiales locales y en los espacios temporales posibles.

Las estadísticas, los sondeos, demuestran que la población en Nicaragua, separada por décadas de su derecho a votar, valora enormemente este ejercicio periódico de su existencia ciudadana, y asiste a las urnas casi en un 90%. Es muy prematuro plantearle que use este derecho para descalificar todo el proceso. Es vano pensar que descartará un instrumento democrático que, hasta las elecciones municipales, había demostrado ser eficaz. Hacerlo es oponerse a la voluntad y al instinto popular que ve en las urnas la mejor forma para manifestar su voluntad, por muy limitadas  e imperfectas que sean sus opciones.

 

Es difícil aceptar condiciones tan estrechas como las que enfrentamos. Es importante trabajar para que eventualmente nuestros deseos puedan generar acciones de masas capaces de poner coto a los desmanes del poder, pero mientras tanto es fútil negar la realidad y pregonar la negación de ésta como la única alternativa válida.

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