• Oct. 19, 2011, media noche

 

 

Dichoso Daniel Ortega que está convencido que tanta gente cree en él.  Pero como Presidente de Nicaragua por otros cinco años, con la popularidad de cifras jamás vistas en nuestra historia patria, ahora lo que le toca es pensar seriamente en los que no votaron, ni creen en él.  Hasta ahora, Daniel ha sido violentamente implacable con quienes se oponen a sus designios. La violencia, a veces, ha sido sicológica: insultos, desprestigio, aislamiento, cercos económicos; otras veces física: morteros, piedras, golpes, por no mencionar las más graves sospechas que se han manejado. Si esa violencia quizás era natural para alguien con su pasado y sólo un 38% de apoyo gracias a un pacto odioso, esa violencia no tiene razón de ser en esta era cuando él se apresta a volver a ser Presidente, alardeando un apoyo del 62% y tras la desaparición de quien fuera su adversario más connotado. Un presidente tan popular tiene la obligación de transformar verdaderamente su país, tiene la obligación de permitir que existan, se organicen y se expresen quienes disienten con él, tiene la obligación de asumir sus 66 años de existencia y pasar a jugar este juego político con madurez y sabiduría, dejando para sus recuerdos y nostalgias al chavalo pendenciero cuya sombra todavía se cierne sobre nosotros. Porque lo más terrible y criticable de su pasado gobierno han sido dos cosas: la ferocidad y ausencia de escrúpulos con que ha buscado ganar y dominar el país al precio que sea y la manera en cómo ha instigado entre sus partidarios, sobre todo entre la juventud, la noción de que la oposición es un enemigo que debe odiarse y aplastarse.

Al inicio de su período pasado, lo recuerdo bien, muchísima gente que se le oponía aceptó su triunfo y esperó una actuación madura de su parte. Apenas se cuestionó su derecho a ocupar la presidencia. En un fenómeno bastante interesante, Daniel Ortega fue muy hábil para diluir el temor de los verdaderos representantes del capitalismo: el poder económico y empresarial del país y armó con ellos un kupia-kumi que, a nivel de la economía, creó una paradójica y pragmática colaboración entre lo más graneado de la alta sociedad nicaragüense y este Presidente “de los pobres”.  Es interesante, sin embargo, ver cómo las ideas pre-concebidas de un individuo pueden actuar en su contra: Daniel Ortega necesitaba, dado su pasado enquistado en un Leninismo del que no logra evolucionar, construir no sólo una vanguardia hegemónica, sino un escenario de lucha y odio de clases. Al arreglarse con el capital, enfocó su discurso antagonista hacia la clase media: una clase media que es,  si acaso, pequeño-burguesa: dueña de pequeños negocios, trabajadora por cuenta propia, profesional, intelectual y, a menudo, empleada de sus aliados, los grandes empresarios. Esta mal llamada y arbitrariamente bautizada “derecha” que atacan sus jóvenes hordas y sus medios de comunicación, es entonces una fabricación, una entelequia construida por Ortega y su partido. La manufactura de este “enemigo de clase” la han utilizado para dar la apariencia de un sistema de valores “sandinista” y poner en el escenario nacional los actores con quienes reproducir la épica cuyas hazañas muchos jóvenes mamaron de sus padres y que ahora Daniel y Rosario les han hecho creer que les toca a ellos revivir. A punta de morteros, pañoletas en la cara, imágenes del Che y violencia contra grupos desarmados e indefensos de manifestantes, hacen creer a los jóvenes que ése es aquel sandinismo del que oyeron hablar. En esta transposición amañada de símbolos, a la clase media  se le ha asignado el papel del somocismo, del capitalismo, del imperialismo. Esta falacia histórica, esta construcción antojadiza, esta vilificación de la clase media durante cinco años de gobierno de Daniel Ortega, terminaron curiosamente por generar un sentimiento de atropello en un amplio sector de la población, un sector vario pinto donde predomina la clase media y el campesinado pobre que, atacado en sus derechos democráticos, se aglutinó en estas elecciones en  la Alianza PLI.

Cualquiera puede revisar quienes componen esta Alianza y darse cuenta de que sus miembros NO representan ni una ideología homogénea, ni son el resultado de una contradicción económica. NO se aplica en este caso la cita de Marx de que “la política es la expresión concentrada de la economía” No son los reclamos económicos los que permitieron la fundación de una alianza que, en términos objetivos, alcanzó en estas elecciones uno de los triunfos más rotundos jamás vistos en la política nicaragüense. Lo que hizo que esta fuerza con poco dinero, poquísimo tiempo de existir, un liderazgo sin experiencia, un candidato con la desventaja de 80 años encima y un tendido electoral inexistente hace un año, conquistara el segundo lugar y obtuviera una avalancha de votos capaz de aniquilar al PLC,  fue el mismo Orteguismo; fue su guerra sin cuartel contra la clase media, la intelectualidad, y todos los que se sienten excluidos, atacados injustamente y cuya libertad está amenazada por un proyecto político que se basa en “si sos leal, todo; si no, te quedás afuera y te atenés a las consecuencias”.

Se dice que a la gente poco le importa la democracia; que votan con el estómago y no con la cabeza. Eso es falso. Si algo ha demostrado esta elección, es que en un año de campaña, una fuerza que no existía como tal, pudo colocarse como segunda fuerza, a pesar de sus innúmeras deficiencias, con sólo esa promesa: democracia.

Aunque nunca sepamos los reales resultados de estas elecciones, lo que sí sabemos, moros y cristianos, es que quienes entregaron o no las cédulas, los que integraron las mesas de las JRV, la mayoría de los fiscales y de los que contaron los votos, así como los magistrados del CSE eran casi en un 100%, afiliados, empleados, reclutas o infiltrados del partido de gobierno, con un claro mandato de asegurarles el triunfo abrumador. Suficiente evidencia para creer que hubo trampas y que las elecciones no fueron transparentes como lo atestiguaron observadores de la OEA y la UE. O sea que refuerzo mi argumento: si todo eso fue necesario para adjudicarle a Daniel Ortega la mayoría necesaria para controlar la Asamblea Nacional, la segunda fuerza sin duda sacó un número aún mayor de votos que los reportados. De manera que Ortega y los suyos, que saben cómo salieron las cosas en realidad, bien harían en poner su barba en remojo y meditar sobre el mensaje alto y claro que les ha dado el pueblo nicaragüense.

Ese mensaje claramente indica que su política violenta, agresiva y de abusos hacia el sector que no apoya sus tácticas intimidatorias y excluyentes es su talón de Aquiles y que esa política es lesiva, no sólo para sus propios intereses, sino para la estabilidad futura del país.  La paz, bien deberían saberlo, no es una canción de los Beatles. Es una construcción difícil en un país con nuestra historia. Echar a pelear a jóvenes contra jóvenes, a policías contra el pueblo, a medios contra ciudadanos críticos, es sembrar los vientos que levantan tempestades.

No pienso que Daniel Ortega vaya a ceder ni un ápice en sus ideas de triunfo y en sus porcentajes. Creerse sus propias cifras, sin embargo, debe llevarlo a pensar seriamente en cómo gobernará Nicaragua sin que ésta se convierta en un polvorín. Ya es hora de renunciar a las tácticas de pandilla. Los jóvenes que salen a atacar a ciudadanos que piensan diferente están siendo convertidos en actores violentos y esa violencia no se limitará a los morterazos. Empoderarlos para que se dejen guiar por sus instintos más destructivos es malearlos como ciudadanos. Ya vimos lo que pasó en El Carrizal. Eso no es casual; es producto de una violencia  instigada y permitida por el Estado. La pegajosa miel de los discursos de la primera dama mientras no se corresponda con la realidad no es más que engañosa trampa donde quedan aprisionados, como moscas, los incautos.

Como ciudadana, yo hago un llamado a este gobierno a meditar y a poner límite a esas brigadas y pandillas que, tanto para la policía, como para la ciudadanía, se han convertido en la encarnación más evidente de la violencia de un estado que castiga sin reparo la crítica y la disidencia, y que no está dispuesto a darle a la democracia más que migajas y apariencias.

Con el porcentaje con que se aprestan a gobernar de nuevo, es su obligación recapacitar sobre el rumbo del país. Ya que se aliaron con el capitalismo y la clase alta; ensañarse con la clase media es el error más grande que pueden cometer. No en balde es una verdad como una casa que todas las revoluciones, sin excepción, han sido lideradas por la clase media.

Seguir por el camino que llevan es labrar su propio fin. No lo pensarán ahora que están mareados por la sensación de poder, pero miren los resultados y piensen. Recuerden aquella sabia cita bíblica: “No sólo de pan vive el hombre” Tampoco la mujer.

Este pueblo quiere democracia, no remedos de democracia. Y la obtendrá. Es un pueblo luchador, un pueblo que sabe que los sueños, tarde o temprano, pueden hacerse realidad. Ojalá lo tengan en cuenta.

 

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