• Abr. 21, 2008, 10 a.m.

Todos los extremos son malos. Conducir a temprana edad es causa de innumerables accidentes de tránsito y hacerlo en la tercera edad también es causa de preocupación para un sector de la población, por que se consideran conductores que padecen demencia o desordenes sicóticos y que se mantienen bajo los efectos de medicinas que alteran sus facultades. Bueno, es lo que dicen los que han escrito sobre el tema, aunque a mí no terminan de convencerme.

No obstante, el tema no fuera de mi interés si no es porque esta semana me reuní con un líder religioso y éste me comentaba que mocionará para que en Nicaragua se cumpla con una disposición de Salud Pública y es la de no permitir que personas de avanzada edad y otras que se mantengan bajo efectos de medicina a causa de sus padecimientos, se les impida conducir automóvil y que la Policía Nacional de Tránsito deberá de ser enérgica para hacer respetar esa disposición, que a su juicio contribuiría a reducir los índices de accidentes.

La idea me asusta, porque soy una mujer que nunca me decido a tomar el volante.  Confieso que soy tímida en ese asunto y que llevo más de doce años posponiendo esa importante actividad, tan vital para mi independencia, y en el ánimo de justificarme públicamente cada vez que me preguntan: ¿Y por qué no manejas tu carro? respondo que la culpa la tienen las personas que me rodean, las que siempre me llevan y traen al lugar o sitio que se me ocurre.

Por el momento les puedo afirmar que soy una mujer de 37 años y muy sana, pero reconozco que el tiempo “vuela” y si de verdad un día me llegara a decidir, lo más probable es que cuando lo haga ya sea víctima de alguna enfermedad crónica o en el peor de  los casos, me declaren “out por regla” para darme una licencia de conducir, por ser una mujer de la tercera edad, aunque no se me demuestre padecimiento alguno.

¡Qué terrible seria para mi historial personal! Pues me considero una mujer invicta y rompe esquemas en muchos ámbitos de la vida, siempre haciendo lo que me place, a la hora que me place…

Y no es que me avergüence llegar a la edad súper-adulta, sino que considero que a medida que vamos “haciéndonos grandes”, contrario a lo que se podría pensar, de que se está alcanzando la máxima madurez intelectual, de experiencia de vida y de realización personal, el sistema te reduce a un ser humano de descarte no apta para esto, ni apta para lo otro.  Como si envejecer fuera un delito.

Ojalá que nuestros “padres y madres de la patria” sean serios al momento de decidir sobre estos temas, pues cada día sentimos que la globalización y las normas sociales nos etiquetan.  
Pero lo más terrible es que la gente a la que verdaderamente deberían regular, que piden subsidio al gobierno todos los días, que no son viejos y que a veces salen en sus unidades a asaltar o matar gente a la calle, los vemos diariamente en sus vehículos por las avenidas de la capital irrespetando a cuanto transeúnte se les cruza, ¿Y las Leyes de Tránsito?, Bien gracias.

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