• Dic. 20, 2011, media noche

Este 14 de diciembre se conmemoró el Día Nacional del Psicólogo, una fecha propicia para reflexionar sobre el impacto de la Psicología como ciencia, en el contexto actual de Nicaragua.

Las personas del S XXI, seguimos siendo seres bio-psico-sociales y espirituales, con una raíz genética, pero sobre todo, somos producto de la familia en que nacemos, la sociedad en que crecemos y de los valores, tradiciones y creencias que profesamos.

Un niño desafiante en una familia disfuncional, un adolescente adicto a los video juegos o al alcohol, una muchachita embarazada, un hombre adúltero, una mujer codependiente o un anciano agarofóbico, son evidencias de una ruptura con nuestra espiritualidad, la separación de nuestro cuerpo físico- cargado de pulsiones, deseos y expectativas sobredimensionadas por la anticultura y nuestra base espiritual-que nos invita a una vida plena, en armonía, paz interior y amor.

Ya no digamos los múltiples casos de violadores, abusadores de niños, feminicidas, parricidas, o en su versión más liviana, pornógrafos, voyeuristas, froteuristas o exhibicionistas, y una frecuencia cada vez mayor de personas incapaces de llevar una existencia coherente y funcional.

Nadie cuestiona la relevancia de la Psicología como ciencia, la sociedad reconoce la conducta inconsciente, nos preocupamos por mejorar la autoestima, la asertividad y las habilidades “resilientes”, subrayamos el poder de la inteligencia emocional y reconocemos la relevancia de las “lealtades generacionales”. En la oficina o en la escuela realizamos “terapias de grupo”, en el hogar recurrimos a “técnicas de comunicación”, en la empresa mejoramos el “clima organizacional”, en fin, la Psicología se ha ganado un lugar en el desempeño cotidiano individual, familiar o colectivo.

En el abordaje de los problemas de la posmodernidad, asistimos al fracaso reiterado del uso y abuso de fármacos, las insuficiencias de la terapia convencional, de carácter conductista o psicodinámico o basadas en el modelo biomédico tradicional. Estamos posiblemente ante una pandemia de carencia de valores y principios, sobredimensionando el poder del hedonismo, el dinero y las tecnologías de comunicación (teléfonos móviles y aparatos electrónicos), como hacedores de nuestro falso Yo, ante una familia ausente, medios de comunicación compulsivos, estados clientelistas y sociedades asentadas sobre antiparadigmas de corrupción y desligitimidad.

En un escenario como este, se debe y se puede trascender a la dimensión espiritual de los problemas y conflictos psicosociales, reconociendo que todos, creyentes y no creyentes, disponemos de recursos y potencialidades más allá de lo biológico y tangible conductualmente. Se trata de tomar como eje y modelo de cambio, el poder de la espiritualidad, que nos invita a una relación personal con Dios y a una vida renovada, en armonía con nosotros mismos y nuestro entorno.

Creyentes y  sin credo, somos seres espirituales, poseemos una divinidad, somos hijos e hijas de Dios, somos parte de un poder superior, que nos anima, nos acompaña, nos guía y nos genera la energía psicológica necesaria, para enfrentar los conflictos cotidianos que llegan a la consulta psicológica. Una cada vez más creciente escuelas y organizaciones han incorporado en su abordaje el reconocimiento de la espiritualidad en nuestras vidas. ¿Por qué no intentarlo en el entorno de Nicaragua?

Invitamos a psicólogos y escuelas de psicología, organizaciones y movimientos laicos que trabajan con la familia y grupos vulnerables, a integrar la dimensión espiritual en el abordaje terapéutico. No se trata solo de un cambio de actitud, sino y sobre todo, una actitud de cambio. Para el ser humano hay muchos limitantes. Para Dios no hay imposibles.


(El autor es médico-psicoterapeuta, psicólogo clínico, catedrático universitario e investigador)

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