• Mayo 1, 2008, 7:40 a.m.
Se supone que ser de izquierda es ser antiimperialista. Pero ¿es el antiimperialismo el único distintivo de la izquierda? ¿Puede el antiimperialismo justificar acciones tiránicas, crueles? ¿Debemos deshumanizarnos para calzar la medida?

Leyendo sobre el tema, por demás complejo en este siglo XXI, me topé con una discusión muy interesante. El portavoz de esta discusión es un profesor de una Universidad llamada Edge Hill en Inglaterra, que ha organizado grupos de apoyo para los trabajadores de Irak, entre otras cosas; una persona con claras credenciales de izquierda.

En un brillante análisis, el mencionado profesor, Alan Jhonson, plantea:

“Reduciendo la complejidad del mundo que emergió tras la Guerra Fría, a un simple enfrentamiento entre el “imperialismo o el imperio”, y “el antiimperialismo o la resistencia”, muchos sectores dentro de la izquierda se transformaron en una post-izquierda reaccionaria que decidió que todos los enemigos del imperio, fueran quienes fueran, eran sus amigos. Los Estados Unidos eran el opresor global y Bush el Terrorista No. 1. De allí que cualquiera que les disparara a los norteamericanos se convertía, a través de esa acción, en un foco de resistencia contra el imperio. A esto siguió un colapso de la sensibilidad humanista y un reduccionismo teórico que dio licencia a formas de pensar y sentir bien conocidas por los estalinistas: exaltación de la violencia, extrema simplificación del pensamiento y relativismo moral.

Es de vital importancia para el futuro de las fuerzas progresistas que nos definamos claramente contra aquellos que han reducido toda la agenda progresista y democrática a una simple y ciega posición anti-imperialista y anti-norteamericana. Los valores y metas de una agenda de izquierda: democracia, respeto a los derechos humanos, la batalla continua contra el uso injusto e inadecuado del poder y los privilegios, contra la desigualdad y la solidaridad con quienes luchan contra la tiranía y la opresión, son los valores que mejor definen esa izquierda a la que vale la pena pertenecer”.

Me parece importante traer esto a colación a propósito del espectáculo de los últimos días en que el Presidente Daniel Ortega ha usado el caso de la joven mexicana, Lucía Morett, para exaltar su lealtad a las FARC y a la guerrilla colombiana. Como nicaragüense me da no poca vergüenza ver la desesperación de Ortega por salir en las noticias mundiales a cualquier precio, su falta de juicio y de mesura para tratar asuntos delicados y complejos como éste, la burda manipulación que está haciendo del mal momento que ha pasado una joven latinoamericana en búsqueda de una revolución por la cual apostar.

Atrapado en una simplificación atroz de la realidad circundante, el Presidente condena a nuestro país a aplaudir a dudosos enemigos del imperio. Uno puede ser crítico de la labor de Uribe en Colombia, de que haya armado para-militares y se haya sometido a política estadounidenses, pero no puede dejar de criticar así mismo a las FARC, con sus 700 secuestrados, sean o no secuestrados por razones políticas. Les criticamos a los dictadores que tengan gente en la cárcel sin proceso judicial, y ¿no vamos a criticar a un grupo guerrillero por privar de libertad, de condiciones humanitarias, a 700 personas, por tiempo indefinido?

Ortega y Murillo, con todas sus oraciones y llamados al amor, podrán ser indiferentes ante el rostro de Ingrid Betancourt, pero yo no puedo serlo. Siete años tiene esa mujer –el caso más notorio es cierto, hay muchos más con menor publicidad- de estar sin rumbo, sin contacto con sus hijos, sin saber cuando terminará su privación de libertad, y ella y los otros 699 ¿están supuestos a no importarnos sólo porque nos decimos antiimperialistas? ¿Debemos apoyar a una guerrilla que trafica con drogas, secuestra y mata; que ya no tiene posibilidades de llegar al poder pero persiste en lo que se ha convertido en un modus vivendi, sólo porque profesa odio a los Estados Unidos? ¿Tenemos derecho a cuestionar, tras haber nosotros en los 80 entrado a Honduras para perseguir a la contra, a un presidente que entra al Ecuador para perseguir a lo que él considera su “contra”?

En lo poco que lleva Ortega en el poder, lo hemos visto justificar tanto desatino en nombre del antiimperialismo. Las mujeres lo hemos visto condenarnos a muerte si un embarazo pone en riesgo nuestras vidas, saludar como hermano a un hombre que niega que existiera el holocausto nazi contra los judíos y que defiende un sistema que somete a las mujeres a una condición de subordinada impotencia, profesar su admiración y lealtad por una guerrilla que parece, como él, haberse quedado sin ética y sin corazón.

¿Es esa diz que izquierda que sacude colorines, flores y música en actos que cuestan tanto como una calle por el barrio donde los llevan a cabo, la que enarbolará la bandera de la decencia en Nicaragua?

¿Es eso ser antiimperialista?
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