• Ene. 10, 2012, media noche

 

Durante la campaña electoral del 2006, le expresé a un amigo y viejo compañero de lides mi convicción de que si ganaba Daniel Ortega, nunca más nos lo sacaríamos de encima. Él, un gran optimista, me respondió enfático: “No Gioconda, ya este país no es el mismo. No va a poder hacer eso.”

Desafortunadamente, fui yo la que acerté. Parece mentira, pero aun en un país que sufrió tanto y guerreó tan valientemente para sacudirse una larga y repetitiva dictadura, fue posible rebobinar la historia y volver a colocarla en la vulnerable posición de someterla al designio de quien maneja autónomo todos los instrumentos del poder.

Es así que Daniel Ortega, que desde 1979 ha ocupado, de una u otra manera, una posición clave en la política nicaragüense, se consagra al retomar las riendas del gobierno, como el dirigente de más larga trayectoria que hemos tenido jamás.

La política sagaz y sin escrúpulos que ha sido el distintivo más sobresaliente de Ortega se consolidó en estos cinco años más allá de toda expectativa, gracias al apoyo de su esposa Rosario Murillo. A ella le debe Daniel una política de comunicación no por manipuladora menos eficaz, que le ha permitido reciclarse como una figura mítica depositaria del mérito colectivo, no sólo de Sandino y del Sandinismo revolucionario, sino también del conjunto de valores acumulados por nicaragüenses de la talla de Rubén Darío. Bajo la conducción de Rosario Murillo, el lenguaje de su gobierno se ha convertido en una amalgama de adjetivos amorosos y edulcorados que toman en iguales partes los clichés más entronizados del cristianismo y los eslóganes revolucionarios, para crear una suerte de vapor de algodón de azúcar color rosa chicha, una pantalla de humo espesa detrás de la cual se va tejiendo día a día una red apretada y pegajosa destinada a inmovilizar cualquier dinámica social que contradiga la absoluta acumulación de poder que detenta este binomio.

La natural aspiración de la gente por la paz, la armonía, y todo lo que se exalta y se repite como un mantra en la propaganda oficial, el uso del idealismo de la juventud norteamericana en los años setentas con el movimiento hippie, la música y el arte pop, ha sido convertido por Murillo en un sirope meloso que los chavalos no vacilan en tomarse, necesitados como están de un sentido colectivo que encauce su legítimo deseo de ser partícipes del destino de su país.

La racionalidad ha sido así vencida en Nicaragua en un acto gigantesco de presdigitación, digno de quien cree en el sustrato mágico de la imaginación popular y no tiene escrúpulos para sacarle partido. Para colmo, hasta un Príncipe de verdad lograron conjurar. Dudo que el Príncipe Felipe esté consciente de la cereza con que está coronando este postre que la Primera Dama ha cuidadosamente urdido, a partir del uso refinado del simbolismo más primitivo y elemental.

Hace cinco años inicié en El Nuevo Diario esta bitácora con la intención de seguir los pasos del gobierno de Daniel Ortega, pensando en que quizás mi amigo tenía razón y que ya no sería posible que volviera jamás el pasado. Me interesaba llevar el récord histórico de la obcecación por el poder que en América Latina ha inspirado a la literatura, pero como suele suceder, la realidad superó mi imaginación: Daniel Ortega y su séquito llegaron para quedarse. Se quedarán por las buenas, por las malas y al precio que sea, convencidos de que son la panacea para todos los males que nos aquejan.

Esta cronista confiesa que ya no tiene estómago. Ni ánimo para una crónica que el 19 de Julio de 1979, creyó no volvería a escribirse en su país, al menos en su tiempo de vida.

Con la nueva ascensión al poder del Caudillo y su Morgana, la realidad nicaragüense quedará convertida en un espejismo. Por mucho tiempo, no sé cuánto, ni siquiera las palabras tendrán significados precisos: viviremos dentro de la niebla engañados por artificiosos encantamientos de navidades eternas e ilusiones teatrales.

Me voy entonces con mis palabras a otra parte. No me callo. Los espero en mis novelas, en mi poesía, en esas otras ficciones que, hoy por hoy, me parecen más claras que ésta.

Agradezco a los fieles comentaristas que acompañaron mi blog estos años; a los que me atacaron y a los que me elogiaron. Todo ellos fueron partícipes de este ejercicio.

Agradezco a Francisco Chamorro, que también se fue con sus palabras a otra parte, por la acogida que siempre me dio en su viejo diario que ahora, ciertamente, es nuevo.

 9 de Enero, 2012

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