• Ene. 12, 2012, media noche

La verdad, el padre no lo dijo con estas palabras. Pero si al final de este texto no se infiere esta afirmación, voy a dejar de creer en los niveles de lectura que les enseño a mis estudiantes. Aunque esto no le ayudará a Hillary Vázquez, la niña autista de 12 años y con Síndrome de Rett, para comulgar  por primera vez,  el deseo de su abuela materna, quien se ha hecho todo lo posible para que su “ángel” complete al menos dos de los sacramentos del catolicismo que profesa.

Su historia comenzó a mediados de diciembre, cuando Marta Álvarez, la abuela de la niña, llegó a la iglesia Santa Gema, en la Colonia Morazán. Esa mañana dejó sus cotidianos quehaceres hogareños y, con una alegría casi pueril, se dirigió al templo con la idea que desde hacía buen rato venía saboreando. Ella, una vieja católica preceptista de 62 años, se imaginaba a su nieta vestida de blanco haciendo la fila para recibir el cuerpo de Cristo. Pero su aspiración pronto se vio truncada por el estrépito que representa la incurable enfermedad genética de Hillary, que fue el obstáculo que esgrimieron en la parroquia para negarle la eucaristía.

Al principio se negó a creerlo. Se preguntaba ¿cómo, una iglesia que no admite sesgos, le negaba este ritual a una a niña? Sí, una niña sin adjetivos tan relativos como “normal”. Poco después, y con más calma, lo aceptó de buena gana, como asumió la fe en su religión, aunque con una tristeza que se le veía en los ojos, que estaban a punto de caérsele de la cara. Ella sabía que, más que un buen argumento, lo que le habían brindado había sido una larga hilera de excusas que dependían más de la inocente y ciega fe que promulga, aprendida de su madre  gracias a  una inflexible disciplina dogmática.

Esa mañana -cuenta Álvarez- la primera en recibirla fue la secretaria del lugar, una mujer adulta, de pelo platino ensortijado. Luego de que ella le explicara su deseo, la mujer comenzó a hilvanar sus hipotéticas dificultades con el caso de Hillary.

-Si esta niña no se come la hostia, sería una profanación –dijo calmada.
Marta no objetó, solo ladeó la cabeza y le replicó que la niña no haría eso, a la vez que le manifestaba que Hillary no entiende mucho, y que al contrario, come todo lo que le dan. Además, no podría ser profana por el simple hecho de que ella no cometería ese pecado con conciencia. La ingenuidad primitiva en su exposición no fue suficiente para convencer a la mujer.

-Estos tipos de niños necesitan de un profesor especial –contra argumentó la señora, ahora un poco impaciente-. Mejor hable con el padre encargado de la catequesis.

Álvarez aceptó. De pronto se vio frente a un hombre pequeño, con facciones asiáticas y con una voz aguda, pero delicada. Era el padre Miguel Godoy, auxiliar de la parroquia. Otra vez Álvarez expuso su deseo vehementemente, con la precisión de su angustia porque dentro de su creencia, con esta ceremonia salva el alma de su nieta. Pero lo que le dijo el cura la dejó con perplejidad incontenible.

-¿Y si la niña me muerde la mano cuando le dé la hostia? –preguntó el padre Godoy, empezando así sus nada creíbles evasivas, con las que parecía poner más trabas que un estilista. ¿Y si bota la hostia?...

Álvarez escondió su enojo más por respeto a la iglesia que a su representante. Calló y regresó a su casa. No dijo nada a nadie de su familia. Cuando me lo comentó, parecía desahogar su disgusto. Así que decidí entrevistarme con el padre, para preguntarle los requisitos que debe tener cualquier persona para recibir la primera comunión. La que me recibió en el pequeño despacho de la enorme y lujosa construcción junto a la iglesia, fue la secretaria. Le comenté el caso.

-Sí, recuerdo a la señora –dijo-. Pero estos niños “especiales” necesitan de un profesor que les ayude.

-Pero lo que desea la señora es un acto más que simbólico, porque la niña es autista y no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor –rebatí.

-Una  vez a un niño de estos le dieron la hostia, y no se la comió, sino que la tuvo en sus manos y jugaba con ella. Tuve que quitársela y comérmela yo –comentó la señora.
 -Pero ellos no saben…

-El que ingenuamente peca, ingenuamente se condena –me dijo hacia el final con su voz suave, aunque rápida.

Ya no pude hablar con el padre, no estaba disponible. Llegué al día siguiente, y tampoco lo localicé. Solo lo pude ver de largo, mientras oficiaba misa. Leía con sus anteojos de marco dorado un pasaje de la Biblia. Me quedé un rato en la celebración, tratando de poner atención a lo que decía, pero la última y estólida frase de la señora  me enervaba los pensamientos.

Al fin, regresé donde Álvarez, y le comenté lo que me habían dicho. Ella no se perturbó. Volvió a ver a su nieta, que sostenía un juguete en sus manos y apoyaba su mentón sobre la baranda de la puerta de entrada de su casa, enredada en el mundo que le obsequiaron solo para ella. Sostuvimos el silencio por un rato. Pero los dos sabíamos qué pensábamos: que probablemente Hillary, la niña autista de 11 años y con síndrome de Rett, no recibirá su primera comunión por no ser “normal”.

Periodista y docente
leslinicaragua@yahoo.com

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