• Ene. 31, 2012, media noche

Una muerta más y nos quedamos suspensos, así como si sólo se tratara de un filme del que somos espectadores. Esta vez, la noticia nos estremeció, los noticieros no presentaron sangre, pero sí el cadáver cubierto por una sábana (como de costumbre). Los hechos ya los conocemos. El hombre que un día le juró “amor eterno” la mató. Suficiente para que toda una generación reflexione en cómo se nos educó, qué realmente esperamos de la relaciones de pareja y qué hacemos para cambiar esta situación.

Otra vez, la realidad nos exige reflexionar en las normas absurdas de género, en esos ideales construidos socialmente de los “comportamientos adecuados” para hombres y mujeres. Es más que necesario socavar y poner en tela de juicio todo ese sistema de enseñanza tradicional del que hemos sido herederos.

Esperamos recetas políticas para la “equidad de género”, mientras como sociedad dejamos que hombres “célibes” llamados sacerdotes decidan sobre asuntos como el aborto terapéutico que, a mi juicio, sólo deberían decidir las mujeres. Y qué decir de la ineptitud de un sistema de justicia que ni siquiera hace justicia y el largo etcétera de situaciones a las que la condición de pertenecer a un género nos someten.

Quejarse no sirve de nada, reflexionar sí.  La educación más importante la recibimos en la familia y si tenemos familias donde se les inculca a las niñas un equívoco como, por ejemplo: “una mujer se debe casar para toda la vida”, o que, por orden “divina”, ha de obedecer y serle fiel a su esposo… Es realmente enorme la lista de mandatos “para ser felices”. Las rígidas diferencias y desequilibrios siguen dejando secuelas.

Creo que mi generación debe replantearse conceptos como el “amor”, lo que es una relación en pareja, qué es la familia, lo que significa ser hombre en nuestra sociedad, entre otros. No hablo solamente de una emancipación intelectual femenina o masculina (aunque no estaría mal). Me refiero a democratizar esa libertad que da la información, deconstruir esos arquetipos morales que causan tanto daño.

Los programas de desarrollo siempre le han apostado por empoderar a las mujeres; sin embargo, creo que está más que demostrado que se necesita trabajar con ellos. El final de la violencia intrafamiliar y el femicidio podría estar en el trabajo directo con los hombres. Creo que siempre llega el día en que se rompe la cadena y ese día podría ser hoy. Nicaragua es valiente y fuerte. Podemos lograr la libertad para todos, aunque suene a fantasía de chavalo veinteañero.

http://www.ruizwaldir.blogspot.com/

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