• Feb. 20, 2012, media noche

Hace 125 años Rubén Darío desembarcó en el ahora patrimonial puerto de Valparaíso en Chile, en donde dio sus primeros pasos literarios convirtiéndose en el líder y padre del movimiento modernista que encantó al mundo de las letras de aquella época. A sus escasos 21 años, publicó en Chile la primera edición de ‘Azul’, obra que aparte de marcar el inicio de su impresionante legado literario lo enlazó de por vida con el país austral… el país del misterioso y fascinante Pablo Neruda.

Y es precisamente en la casa-museo del poeta Chileno en Isla Negra, donde Darío reside como un permanente huésped de honor. Un cuadro con el busto del príncipe de las letras castellanas cuelga en una de las paredes de la recepción de la casa del premio Nobel de Literatura. A pesar de no haberse conocido por transitar por el mundo en distintas épocas (cuando Darío murió Neruda tenía 12 años), ambos son grandes referentes Latinoamericanos de las letras y el pensamiento. Darío como padre del Modernismo, Neruda como pionero del Vanguardismo. Ambos innovaron en literatura, cada uno en su respectivo movimiento.

Para cualquier adicto literario es un verdadero manjar recorrer la increíble casa que construyó Neruda en la playa de Isla Negra. Apreciar sus variadas y secretas colecciones de ‘cosas’, descubrir sus pasiones reflejadas en cada habitación y observar el azul intenso del mar que le sirvió de inspiración para muchos de sus poemas. Y la visita se vuelve aún más sorprendente al observar al gran Rubén instalado en una de las paredes. Sobre todo cuando la literatura se lleva en el alma y más aún cuando sos de la misma patria que vio nacer a Darío.

Cuenta la historia que Darío llegó a esa pared de la casa por obsequio de un ex-presidente de Nicaragua. Esta vez no desembarco en Valparaíso, esta vez viajo por avión al aeropuerto de Santiago. Esta vez no llegó a Chile a trabajar y escribir, llegó a visitar a un amigo al que nunca conoció. Ahora Darío es huésped de honor permanente de Neruda… el cual probablemente lo hubiese invitado a tomar ‘el once’ a su casa y debatir sobre asuntos literarios y no literarios si hubiesen coincidido en época.

El mundo de las letras y el arte de las casualidades me permitieron llegar hasta Isla Negra y llevarme esta grata sorpresa cargada de emotividad y orgullo patrio. Contemplar en el pensamiento las musas de Darío y Neruda en un solo tiempo y espacio, evocar los poemas de amor, la canción desesperada y los cantos de vida y esperanza al unísono, divagar en las obras sensuales del Nica y los trabajos herméticos del chileno. Espero que no sea la última vez que los encuentro juntos, después de todo dos inmortales del género no pueden vivir alejados.

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