• Abr. 28, 2008, 11:47 a.m.
Se disfraza de espadillo, se disfraza de mozote,
y se convierte en pocollo, conejo, garrobo, cuzoco y pisote.
Hnos. Mejía Godoy

Hasta el día que cayeron las Torres Gemelas, yo no sabía qué eran las Torres Gemelas. Nunca había escuchado la palabra World Trade Center ni el nombre Osama Bin Laden.

Para entonces, trabajaba yo en Oslo como ayudante de cocina en el food court de un exclusivo centro comercial sobre la calle Karl Johans, a cuatrocientos metros del Palacio de la monarquía noruega. Trabajaba yo ahí, junto a otros emigrantes de diversos orígenes en condiciones adversas; la mayoría oriental, musulmana, ilegal y refugiada.

Fue en ese restaurante que por primera vez conocí a iraníes, afganos, kurdos, paquistaníes, etíopes, turcos, sudaneses: sólo en el barrio que vivía habían más de cien nacionalidades representadas.

Tras los meses, en pláticas en el trabajo, en la barbería de los turcos, en el puesto de periódicos de Grønnland, en la pulpería de los paquistaníes, en los Kebabs de la equina, con mi vecina viuda de Palestina del cuarto piso y a través de las cicatrices que Agassi constantemente me mostraba, fue que por primera vez creí entender la magnitud del odio entre las civilizaciones.

Ese 11 de septiembre de 2001, eran las cuatro de la tarde y estaba yo a punto de dejar mi turno. Y fui tras bambalinas a depositar unas charolas en el lavadero, cuando desde el pasillo, a lo lejos, divisé a Agassi y a Malik bailando enroscados de brazos y gritando en círculo en su frenética lengua ¡شهيدات مقدّسة, شهيدات مقدّسة, شهيدات مقدّسة! Y junto a ellos, en la televisión, CNN mostraba a dos enormes edificios humeando.

Luego llegué a casa, mi esposo ya había servido la cena --los noruegos cenan temprano-- y desde el sofá, frente al televisor nuevamente y con el primer bocado en la boca, vi desplomarse a la primera Gemela. Hasta ese momento el mundo para mí se resumía entre estar de éste o del otro lado del charco, pero en esa hiperlenta caída, mi cosmovisión del mundo se fue ampliando hasta llegar a asociar las razones de estancia de todos aquellos emigrantes orientales que me rodeaban.

Para esos tiempos yo ya no rezaba, pero en ese instante creí intuir el concepto de Dios. Creí hasta entonces ver su golpe hecho materia, masa, motivo y sinergia. Un sólo golpe parado en seco y aterrando al mundo, regresando a Babel, a la serpiente, a esas bolas de fuego sobre Sodoma y Gomarra, y a la banalidad de un rótulo de Coca-Cola, que a la caída de la segunda Gemela, impotente, se destruye con los mordiscos de la expansión del viento.

En los días subsiguientes seguí visitando la biblioteca municipal de Oslo, pero interesado por los acontecimientos, dejé de frecuentar el pasillo de los libros en castellano para quedarme en la sala de los diarios y darle seguimiento al fenómeno mediático que habían levantado las opiniones de Huntington y Chomsky alrededor de esa catástrofe.

Pasaron los días, los meses y los tennegers gringos empezaron a tomar cervezas en Kabul (¡Vaya borrachos sin fronteras!). Luego regresé divorciada a Nicaragua y me decidí a iniciar mis estudios en la UNAN, no obstante, Osama seguía aún sin ser rastreado en Tora Bora a pesar de aquella sistemática guerra satelitalmente dirigida.

He de admitir que perdí fe en el mundo, en los comandos de elite, en la ciencia, en el Geografical Position System y en la disposición del ejercito paquistaní por encontrar a ese cadejo. Nadie encontraba a Osama y holísticamente el mundo empezó a derrumbarse.

Luego subió el pasaje a tres pesos, pero nos tomamos las calles y le quemamos tres buses a la Parrales Vallejo. Logramos bajar los dos chelines, pero volvió a abrirse otra gotera, y la tortilla se disparó a dos pesos, luego subió la papa, la zanahoria, el frijol, y exponencialmente la leña, el cilindro, el litro, el barril y todo, absolutamente todo, empezó a ser víctima del miedo.

Aún recuerdo el día que vi el poder de Dios partir en dos la historia de la humanidad. Y tras ese recuerdo miro a Dios salir por el mundo buscándose a sí mismo para vengar su propio golpe. Aún recuerdo ese día inicial en el que Agassi y Malik enroscados de brazos, bailaban y gritaban ¡Santos mártires! ¡Santos mártires!, mientras un hombre histérico con una Louis Vuitton azul, manga larga, desde el piso 87 se lanzaba al vacío.

Aún recuerdo aquel hombre que apareció por mi casa un día que Dios estuvo enfermo*. Golpeó a la puerta y traía una maletita gris envuelta entre sus prendas de kuffaar. Era alto, barbudo y tenía una pronunciada cicatriz en uno de sus pómulos. No dijo nada, pasó adelante atravesó la sala y sin más se perdió entre la paredes de mi miedo.


* Verso de Espergesia del poemario los “Heraldos Negros” de César Vallejo.

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